El intruso- Sergio Gaut vel Hartman


—¿Un tipo? —La ficha de Lucrecia Mortellini se estremeció hasta el crujido.
—Richard Remington, un escritor de San Francisco adicto a las anfetaminas, dice aquí —respondió la ficha de Amanda Cutuli.
—¿Aquí dónde?
—En la ficha del tipo. Yo estaba arriba de la pila y pude ver cuando la terapeuta lo escribía.
—¿Cuántos años tiene?
—Qué importa; las fichas no tenemos edad.
—¿Y cómo es? Alto, rubio, atlético…
—Estás calentita, muñeca, ¿no?
—Leeme.
Amanda leyó lo que la terapeuta había escrito en la ficha de Lucrecia y al terminar dio un salto y silbó. —¡La pucha, qué cuadro!
—¿Te das cuenta?
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada. O sí. Trataré de conocerlo, intimar, ¿no te parece?
—Por un lado estás de suerte. La terapeuta acaba de mandar al archivo las fichas de Rosa Núñez y Jorgelina Pessoa, por lo que el frente de él quedará pegado a tu dorso.
—Lo que más me gusta. ¡Soy feliz!
—No tanto, chiquita, no tanto. Richard Remington es gay.

Acerca de la "extraña locura" de un tal Josesito- Dagoberto Friguglietti


Josesito gritó con todas las fuerzas que pudo - ¡Anoche unos astros cruzaron mi sueño y me dijeron que estaba listo para cambiar el mundo!- Tras un suspiro agregó -¡Vamos, vamos que podemos hacerlo. Acompáñenme, yo les diré cómo!- Luego esperó la respuesta. La gente en los asientos enseguida silbó y gritó burlándose de él -¿Qué raro bicho te picó?¡Fuera! ¡Fuera! otra vez vos con esas locuras delirantes, ese tonto desvarío. ¡Bajate de ahí pedazo de alcornoque!- En un rapto de excitación Josesito se había apoderado del escenario y del micrófono ante el descuido de los organizadores. Exultante dijo lo que dijo dándose el gusto y desafiando a los que conducían el espectáculo. Su arenga disparatada y “subversiva” se difundió por los altoparlantes elevándose como globos recién escapados de las manos, arenga que llegó hasta unos cuantos oídos repletos de convencionalismos ancestrales. Josesito sentía que un aura benefactora lo protegía y era cómplice de sus sueños. Él estaba inusualmente feliz.
El gentío que lo había escuchado en la plaza festejaba el trigésimo aniversario en que el pueblo fue declarado ciudad, por eso la fiesta era todo un jolgorio con plena participación popular. Y una vez que pudieron dominar al exaltado los actos continuaron sin más sobresaltos hasta el final tal cual lo programado.
Josesito era conocido por todos. Vivía en la intemperie de las calles, en el atrio de la iglesia, en las plazas, soportando frío, calor, tierra y abandono. No tenía familia y solo unos pocos de vez en cuando se compadecían de él, arrimándole un plato de comida, cigarrillos, o algún abrigo que casi nunca usaba. Se decía que había enloquecido a causa de dos hechos que lo marcaron para siempre y que estaban relacionados con el padecimiento del amor. El primero fue la muerte de su mejor amigo a raíz de una brutal encefalitis cuando tenía solo nueve años. El segundo hecho tuvo que ver con el abandono de su novia cuando acababa de cumplir los diecisiete, estando en aquellos días muy enamorado. A partir de aquellas pérdidas pareció que todo en la vida le dolía.
Desde entonces su deterioro fue progresivo, sin remisiones, a lo sumo se benefició con breves estancamientos. A pesar de que lograron internarlo varias veces en un hospital de La Plata siempre se escapó ganándoles por abandono. Tampoco quiso ingerir más medicamentos.
En su accionar de vagabundo cierto día encontró junto a un tacho de basura una pila de libros. Entre ellos hubo uno que al leerlo lo marcó a fuego. Se trataba de una novela corta titulada “La posibilidad del amor”. A Josesito le gustaba leer, había recibo instrucción escolar básica, pero también le hubiese gustado ser escritor. Tenía gran facilidad para contar historias disparatadas surgidas de sus propios sueños, sin embargo hubo dos razones por la que jamás nadie le prestó atención: primero porque lo consideraban simplemente un loco, y segundo, porque nunca le fueron reconocidas condiciones naturales para dichos menesteres.
“La posibilidad del amor” en realidad lo había deslumbrado. En el texto se hacía referencia a las aventuras de dos que se amaban locamente y las vicisitudes que debieron sortear hasta lograr la ansiada felicidad. Más de una vez Josesito sintió que la ficción expresada en el texto le había permitido recrear lo que le estuvo siempre vedado en la vida. El solía repetir frases como esta -” la felicidad, el amor y la locura se necesitan siempre. Se esperan, se transitan, y a veces se juntan” - Decía además que la locura, para que sirviese de algo, debía ser encerrada en una habitación del cuerpo, de esa forma se haría más dócil y prudente, pudiendo entonces ayudar a cambiar el mundo. Para la mayoría estos dichos reflejaban ante todo un sueño irrealizable. Cuando le preguntaban porqué decía tales cosas él respondía más o menos lo mismo - “hablar así sirve para mi salvación”-.
Josesito lamentablemente murió poco tiempo después a causa de un accidente. Un automóvil lo atropelló en plena calle, la misma por la que hoy muchos enamorados pasean y se encuentran para el disfrute. Alguien de la ciudad comentó al poco tiempo de su desaparición que “por suerte la extraña locura de ese tal Josesito había muerto con él”. Todos debían permanecer tranquilos y a salvo porque de ningún otro se tenían noticias de un contagio. Al parecer el mundo seguiría igual no habiendo por qué preocuparse, y mucho menos temer que más personas padezcan ese disparatado y raro extravío que provoca a veces el amor.

Promesas, burocracia y organización – Héctor Ranea


Dedicado a GM, MAD y DF

Prometieron un trasplante de córneas. Es muy importante para mí que se haga en tiempo. Administro la red de trasplantes integrada y sé que del éxito de este tipo de operaciones depende mi buena situación económica y mi techo laboral se amplía cada vez que se logra uno. Pero éste es especial. El paciente que entrega sus córneas lo hace esta vez a cambio de que le sustituyan unas piezas molares deterioradas. El que las recibe entrega, a su vez, parte del hígado para tener dónde poner sus dedos cuando acaricia sus ojos. Hay quienes requieren imperiosamente de córneas sólo para poder acariciarlas lánguidamente. Es una larga cadena que debe seguir el monitor, o sea yo, y en toda la burocracia que eso implica pueden ocurrir desgracias. Mi predecesor, de hecho, perdió el puesto debido a que una mujer recibió un implante de testículos por un error de tipiado en la orden. Ella quería, de hecho, un par de vértebras renovadas y una cirugía externa de abdomen aparte de plástica vaginal gratuita que había ganado en un concurso. A su vez, a la dama le quitaron sus senos, ya que supusieron, por el documento que llegó del monitor, que ella buscaba un cambio de objetivo sexual, sólo porque un político quería tener senos donde apoyarse para dormir a la noche, tan solo había quedado. Todo debido a un simple error. Con el puesto de trabajo, el monitor, perdió algo más. Le sacaron las amígdalas, un tercio del esófago (sustituido con un tubo de cloruro de polivinilo) y la retina del ojo derecho que fue a parar a un poeta a quien se le estaban desprendiendo como escamas de una vieja pintura al óleo.
No tuve nada que ver en ese desaguisado. No señor. Nada que ver.

Ada- Claudia Cortalezzi


Como todos los domingos, me levanté temprano y, después de desayunar, me puse el vestido verde con los zapatos de charol. Entonces salí hacia la plaza Dorrego. Me encantan las antigüedades y la muchedumbre me ayuda, por un rato, a olvidar la soledad.
En la plaza, atestada de gente, había un titiritero, una pareja bailando y mucho bullicio. Sin embargo, no podía sacarme la tristeza de encima.
De golpe te vi. Parecías tímida, desvalida, concentrada en un juego en el que tus manos simulaban abrir una puerta invisible con una llave vieja y oxidada. Tenías el pelo revuelto, hecho una maraña. Me llamaron la atención tus zapatos de charol, se veían estrambóticos al lado de esa especie de túnica blanca que usabas. Por un momento tuve la fantasía que de esos zapatos eran los míos.
Empecé a seguirte, quería encontrar tus ojos pero siempre mirabas hacia abajo. Caminaba detrás tuyo casi empujando a la gente que se interponía entre nosotras.
Estábamos muy cerca una de la otra cuando alguien apareció de la nada.
—Ada —te dijo. Era un muchacho que también iba vestido de blanco—. Ya es la hora.
Y te fuiste con él.
Algo me dijo que no podía perderte. Vi cómo te mezclabas con la multitud y desaparecías detrás del puesto de espejos.
Te busqué durante toda la tarde por San Telmo, pero fue inútil. Corrí a casa y me encerré a vivir un duelo incomprensible. Lloré tu fuga, Ada, como si hubiera sido tu muerte.
Sentí que te habías llevado algo imprescindible, una parte de mi.
Semanas después, me consolaba repitiendo tu nombre.

Me vi con un sombrero cargado de flores. El espejo se transformó en una puerta, en el marco de madera apareció una inusual cerradura. Pensé en tu llave, quizá pertenecía a esa puerta.
Del otro lado, a través del vidrio sucio, una guirnalda de flores, como la de mi sombrero.
Necesitaba trasponer la puerta. Era imperioso, no podía dejar de hacerlo.
Rompí el vidrio de un puñetazo y salté.
Te busqué entre los espejos, pero no logré encontrarte. Estaba oscureciendo y quise volver.

Cuando desperté temblaba de frío, una mujer muy buena me acariciaba el pelo. Me dio ropa limpia, completamente blanca.
Ahora tengo un cuarto para mí sola, con rejas en la ventana. Ellos me cuidan, por poco me dan de comer en la boca, hasta me cortan la carne.
No sé cuál era mi nombre. No obstante, sigo repitiendo el tuyo.
Hace tiempo que me incluyeron en los paseos. Me permiten usar mis propios zapatos y caminar sola por la feria de antigüedades. Me pruebo sombreros, siento una extraña atracción por las llaves viejas y los títeres.
Una vez vi a una mujer que usaba zapatos de charol iguales a los míos. No dejaba de mirarme. Me dio tanta vergüenza que bajé los ojos y caminé entre los puestos. Ella empezó a acercarse, ya estaba a punto de tocar mi mano.
Pero en ese momento me llamaron:
—Ada, ya es la hora.
Debía volver antes de que oscureciera.
Por los espejos, vi que la mujer me seguía para siempre.

Médium - Gilda Manso


Eliseo era médium; poseía ese don desde muy pequeño. No interactuaba con espíritus, su talento era otro. Eliseo percibía, debido a un fenómeno de electricidad y a su fino poder de observación, a dos amantes en medio de una multitud. Y no sólo los percibía sino que a menudo también usaba ese poder en beneficio propio. Eliseo era, además de médium, chantajista.
Si Eliseo asistía a una fiesta, enseguida buscaba, hurgaba y centraba su atención en los dos concurrentes que se trataran con mayor indiferencia. Eliseo había aprendido que, a menudo, la indiferencia extrema, casi inexplicable, era síntoma de relación amorosa oculta y tal vez clandestina: dos personas que no se hablan ni se miran ni se rozan en medio de una reunión en la que toda la gente se habla, se mira y se roza, despiertan sospechas. Más si los contempla un hombre como Eliseo, con un poder especial para detectar y hasta sentirse tocado por la electricidad corporal que dichos amantes desprenden sin saberlo. Cuando Eliseo al fin ubicaba a los amantes del lugar y el momento circunstancial, los llamaba aparte y les exigía dinero a cambio de su silencio. De eso vivía.
Una noche, en una fiesta de un club del barrio, Eliseo presintió a Juan y a María. Los llevó a un rincón y les hizo una oferta. Juan y María se miraron, más sorprendidos que enojados. Le dijeron a Eliseo la verdad: no eran amantes, no se conocían, era la primera vez que se veían; Eliseo se había equivocado. Eliseo pidió disculpas y se marchó estupefacto, pensando que estaba perdiendo facultades.
Esa madrugada, mientras daba vueltas insomnes en su cama, María se descubrió pensando en ese tal Juan, y sintió la imperiosa necesidad de desmayarse en su cuello de macho taurino. Esa madrugada, mientras daba vueltas insomnes en su cama, Juan se descubrió pensando en esa tal María, y sintió la imperiosa necesidad de ver en su propia almohada sus crines de hembra espléndida. A cuadras de distancia pero innegablemente amalgamados, entendieron que el amor, o como sea que se llame esa fuerza motora, no era de ningún modo ese campo de algodón al que estaban acostumbrados cada uno por su lado. El amor y el deseo no era eso, al menos no para ellos, al menos no desde ese momento.
Días más tarde se buscaron y se unieron en una ceremonia privada sin valor legal ni religioso, y luego invitaron a Eliseo a brindar con ellos. Eliseo levantó la copa sintiéndose fuera de lugar, como se sentiría cualquier sembrador de cizaña que se ve, de golpe y sin aviso, vestido de Cupido.

Soledades - Sergio Patiño Migoya


Todos a los que nos gusta escribir nos encontramos de vez en cuando con el mítico síndrome de la hoja en blanco. Cada uno lo combate a su manera. Personalmente, cuando me sucede, me dedico a hacer listas disparatadas. Sí, tengo una carpeta llena de listas, listas de profesiones raras, de maneras de atravesar una puerta, de cicatrices, de clases de héroes en los cuentos, de formas de saludar, de hijos de parejas de animales o cosas diferentes, de tipos de sombreros... A veces, de esas listas, sale luego algún que otro relato. El caso es que ayer, aburrido, me puse a escribir una lista de cosas solitarias. Por ejemplo:

•Una botella flotando en el océano sin un mísero mensaje con el que pasar las horas muertas.

•Un espejo de cara a la pared abandonado en un trastero sin luz.

•Un anacoreta por las calles de una gran ciudad.

•Un bidé en el piso de un hombre soltero.

•Un calcetín desparejado que, irremisiblemente, va siendo relegado poco a poco hacia el fondo del cajón, hasta que un último empujón lo aboca al suicidio de ese mundo paralelo que es el hueco entre los cajones y el cuerpo del mueble.

•Una lata de sardinas vacía en el fondo de un mar por el que pasan sardinas que, con una actitud completamente egoísta, nunca quieren meterse dentro.

•La Luna que, con la edad, ha perdido vista y ya no puede ni entretenerse con las tonterías del mundo.

•Un dos que quisiera ser un veintidós pero ni siquiera es un uno para poder congraciarse con su soledad.

•San Pedro, funcionario ocioso ante unas Puertas del Cielo por las que últimamente no pasa ni Dios.

En esas alturas andaba cuando a traición me asaltó una idea. Que quizás, maldita sea, lo más solitario del mundo podría ser un escritor escribiendo en completa soledad sobre las cosas más solitarias del mundo. Terrible. De repente me sentí angustiosamente solo. Miré a mi alrededor. Solo, solito, solísimo. Mis ojos se posaron en el móvil. Supongo que una persona normal habría entonces llamado a un colega, a una chica, a su madre o incluso a uno de esos programas de radio en los que la gente se siente mejor contando sus miserias. Hace ya bastante tiempo que tengo asumido que no soy demasiado normal, así que lo que se me ocurrió en ese momento fue marcar un número al azar. Al cuarto o quinto intento contestaron —una mujer— y así fue la conversación, o al menos como mi mente la recuerda:

—¿Sí?

—Hola.

—Eh..., hola. Perdona, ¿quién eres?

—Soy yo.

—¡Ah, joder, tú! Oye, ¿y este número?

—Es el mío.

—¡Coñe! ¿Y cuando lo cambiaste?

—...

—¿Oye?

—¿Sí?

—Ah, nada, ya lo guardo en la agenda.

—Es tarde. ¿No te habré despertado?

—No, tranquilo. Estaba a punto pero aún no.

—Ah, bien, menos mal.

—¡Ja, ja! Dime.

—Pues… nada. Que me siento solo.

—...

—O sea, je, que vi el móvil y me apeteció llamar.

—Ya..., bueno... Mira, es que esta noche va a ser complicado.

—¿Complicado el qué?

—Pues que vengas. Mañana tengo cosas que hacer temprano y no...

—Pero yo no quiero ir ahí.

—Ah. No. ¿Y entonces?

—Pues eso. Que me sentía solo.

—...

—...

—Jorge, tío, ¿estás borracho?

—¿Quién es Jorge?

—...

—¿Hola?

—¿No eres Jorge? ¿Quién eres?

—Sergio.

—Um... Creo que te has equivocado.

—¡Qué va! He acertado de pleno. Ahora mismo ya no me siento solo.

—Oye, yo soy Silvia, ¿a quién llamas tú?

—A ti.

—Pues no caigo en quién eres.

—Sergio.

—Ya, vale, pero no conozco a ningún Sergio que pueda tener mi número.

—Ahora sí.

—Eh..., mira, voy a colgar, ¿ok?

—Vale, que duermas bien, Silvia.
—Uh…, vale, chao.
—Chao.

Anoche dormí como un bendito. Hoy me olvidé el móvil y, cuando volví a casa, entre las llamadas perdidas estaba el número de Silvia. Me dio pena no haber estado para contestar. A lo mejor, se había sentido sola.

Tomado de: http://elcurioseador.blogspot.com/

Problemas de puntuación - Víctor Lorenzo Cinca


La conocí hace unos días, en el parque. Se sentó a mi lado y sacó del bolsillo del abrigo un par de interrogantes, con los que rompimos sin dificultad el hielo. Sin embargo, no pudimos charlar casi nada porque tras esas dos preguntas se marchó a toda prisa, dejando olvidados en el banco de madera tres puntos suspensivos, que me confirmaron que la cosa no debía acabar ahí, y un papelito con una dirección y una hora. A la mañana siguiente, ansioso, acudí puntual a la cita y la encontré de nuevo con un bolso lleno de interrogantes con los que reanudamos la conversación del día anterior, pero también unas cuantas comillas, que utilizó para citar de memoria a mis autores predilectos, y unos guiones largos que colocaba con habilidad para intercalar graciosos comentarios en la conversación. Durante la tarde me mostró rincones de la ciudad que no conocía y en diversas ocasiones tuvo que sacar del bolso unos paréntesis para aclararme detalles que no llegaba a comprender. Como en la ocasión anterior, se esfumó sin decir nada cuando, tras alcanzarme un punto y coma que aseguraba la continuidad de nuestra historia, el bolso quedó vacío. Ayer por la tarde, después de dos días sin vernos, apareció en mi casa sin avisar con una mochila repleta de signos de puntuación. Sin embargo, pronto se terminaron los interrogantes y los paréntesis, y entonces nos quedamos mirando, durante unos segundos, en silencio. Todo estaba dicho.
Esta mañana me he despertado en mi cama, solo, con los primeros rayos de sol. El suelo del dormitorio estaba salpicado de exclamaciones de diversos colores con las que enmarcamos interjecciones y jadeos durante toda la noche. Ha sido inútil llamarla, porque ya se había marchado de mi apartamento. De camino al baño, he encontrado un punto. Sin embargo, y pese a que llevo horas buscando, no encuentro los otros dos que faltan. Empiezo a sospechar que esto es el final.


Tomado de "Realidades para Lelos"

Frutillas con crema y mate helado - Francisco Costantini


Como corresponde cuando uno se dedica a labores intelectuales, me hallaba dentro de la heladera. En realidad, para ser honesto, estaba abocado a la labor intelectual de tratar de estar abocado a alguna labor intelectual porque, como me venía sucediendo desde hacía varios meses, no se me ocurría una mísera idea para escribir. Nada de nada. Encima se habían terminado las frutillas con crema. Y el agua del mate, en tales condiciones, se enfriaba con rapidez. Como puede deducirse, las frutillas y el mate helado, ya que no podía ejercitarme intelectualmente, me hacían ejercitar intestinalmente (de hecho, había estado intentando desarrollar una nueva técnica que consistía en razonar con mi panza, puesto que nada surgía de mis sesos; intuía que como bien existe la ventriloquía también podría existir un arte del pensar con el vientre). La cuestión era que a cada rato tenía que ir al baño, cosa que mucho no me agradaba porque cada dos por tres me encontraba con alguien ahí: desde el cartero, como alguna vez ya les conté, hasta el Papa Benedicto XVI, que venía a purificarse allí mismo. En cierta ocasión me encontré con el G-20, también, debatiendo sobre la necesidad de reducir los gases de efectos nocivos para la atmósfera, y me pareció ver que Obama, mientras decía yes yes I agree, cruzaba los dedos, las manos, los tobillos y hasta las fosas nasales.

Pero esa vez tuve suerte, no había nadie en el baño, podía sentarme tranquilo sobre la taza del inodoro. Desabroché el cinto, me bajé los pantalones y ya iba a tomar posición cuando una voz me dijo:

—¡No lo hagas!

Rápido miré en todas direcciones y volví a constatar que allí el único era yo. Pero de inmediato comprobé que me equivocaba.

—Acá abajo, che.

Entonces giré, observé el inodoro y vi que un rostro se proyectaba en el agua serena y límpida de la taza. Agucé bien la vista y, a pesar de que ni yo mismo podía creérmelo, interrogué:

—¿Borges?

—El mismo que viste y calza, amigazo.

Yo no podía pensar que casi había defecado sobre el mismísimo Jorge Luis. Pero algo no me cerraba.

—¿Pero no está usted muerto? —solté.

—¿Y vos no te metés en la heladera buscado inspiración y ahora estás hablando con una cabeza flotante dentro de tu inodoro?

El argumento era irrefutable.

—Está bien, perdone. Pero hay algo que me sigue llamando la atención…

—¿Qué cosa?

—Su manera de hablar, yo he visto videos y escuchado audios suyos y no es así cómo lo hacía.

—¿Y vos no te metés en la heladera buscando inspiración y ahora estás hab…?

—Ya, ya. Ya entendí —lo corté—. ¿Y qué hace acá?

—Vine a darte un mensaje muy importante, trascendental para tu vida como escritor.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y cuál es?
Borges se tomó un tiempo antes de responder, sabía manejar el clima de una conversación.

—Que no te enrosques, che.

—¿Qué? —escupí, estupefacto.

—Que te tomes esta tarea un toque más light. Si no se te ocurre nada para escribir, ya fue, delirá, decí cualquier cosa… Inventá cualquier bolazo. De eso se trata también la literatura, amigo. Si no, vamos, todos terminaríamos siendo un Ernesto Sábato y sería un embole.

Y ahí, en ese mismo momento, mientras conversaba con la imagen de la cabeza de Borges sobre la superficie del agua del inodoro, yo, con los pantalones y calzoncillos por debajo de las rodillas y unos retorcijones tan grandes que en cualquier momento lo maquillaba al propio Jorge Luis, comprendí el sentido de mi vocación. No pude más que decir:

—Gracias, maestro.

—De nada, pibe. Ahora, sí, hace tranquilo, pero antes apretá el botón así me voy que tengo que ir al baño de Héctor Ranea.

—¿Él también está bloqueado?

—No. Pero su inodoro sí, no sabés lo que es. Soy plomero también, viste. En estos tiempos no alcanza con un solo laburo, y menos con la María que me exprime como un limón.

Finalmente, me despedí emocionado y apreté el botón. Borges se fue en un remolino.

Lo primero que hice cuando estuve solo —allí no sabía cuánto podía durar dicha situación— fue purificarme, como Benedicto.

Y luego me puse a escribir.

La obligación – Héctor Ranea


No me llamó la atención que me mandaran a buscar de Cambridge. Muchas veces debí viajar hasta ahí para corregir –según lo mencionaban los académicos– la Historia. Ellos solían poner el término en mayúsculas, pero para mí la historia era como una ruta para un camionero.
Desde que había obtenido esta máquina tan versátil y esta ocupación tan requerida, nada me era ajeno y tanto podía asesinar a alguien en Roma de Tiberio (de hecho me ocupé de muchos de sus famosos niños y padres) como ir a quitarle los manuscritos a Erasmo en Leuven para pasárselos a algún catedrático de Oxford a punto de perder su cargo por falta de producción, siglos más tarde.
No me preocupó siquiera matar a un ancestro del Conde de Cornualles o a un supuesto amante de la suegra de mi abuela en Paris. Ni me hubiera molestado en asesinar algún general antes de la invasión al territorio de los ranqueles o los mapuches si me hubieran pagado para hacerlo (y aún lo espero). Pero esta vez el mandante quiso mantener el anonimato, lo cual me causó gracia, e inventó un nombre absurdo para sí. Pero cualquiera podrá descubrirlo.
Aparentemente el anónimo cambridense quería deshacer un entuerto sobre la creación de un sistema de cálculo de órbitas planetarias que mantenía con un matemático en cierto reino en la región alemana. Obviamente, acepté, como hacía siempre. No le haré asco a nada ni podría, porque la máquina tiene esa maldición. Me quita la cuestión ética de encima, me da pingües beneficios, pero me obliga a tomar los encargos de quienes saben de mí.
Debí excogitar un plan para deshacerme del fulano: yo no eliminaba con armas, me estaba vedado. El alemán este estaba escribiendo un libro sobre los orígenes de la Humanidad y analizaba unos huesos que cierto campesino (yo, disfrazado para la ocasión) le había hecho llegar. El filósofo interpretó erróneamente que se trataba de un gigante pero le acerqué pruebas, mostrándole (disfrazado de nigromante y cirujano dental) huesos del cráneo de un elefante que había muerto en el palacio de Hofburg, en Viena, y se convenció de que era un elefante remoto. Y eso escribió en su libro. De más está decir qué pasó luego. El libro se vendió como pan caliente (no como su predecesor) y la teoría de la evolución de este filósofo llegó a oídos del Vaticano y se alzaron clamores acerca de que un día este señor diría que descendemos de los monos, por lo cual fue quemado junto a su libro. El míster de Cambridge, aparte de mis honorarios, me agradeció con una medallita de buen contribuyente al Reino pero le dije que se la metiera donde no le daba el sol. Y eso que era de oro. Una cosa es que te usen para cambiar la historia, otra que te tenga que gustar.

Vals con un pie - Paloma Zubieta López


El grito de "no" se escucha en todo el local, seguido de una sinfónica interminable de berridos; cualquiera diría que lo estoy matando. Odio a este monstruo que se empeña en hacerme la vida difícil. Dos señoras me miran con muy malos ojos y les sonrío para no sentirme cual gusano pues sé que me reprochan la conducta con el pequeño, pero ¿qué quieren que haga? Se me ocurre cantarle esa canción con la que su madre puede controlarlo durante un buen rato; sin embargo, el muy infame, hace caso omiso de mis intenciones y sigue llorando a lágrima suelta. Me siento como un verdadero idiota al intentar mostrarle el caballito de peluche que tanto le gusta cuando, pérfido, da un manotazo que tira por los suelos además del caballito, los cubiertos y hasta el salero. Un mesero se acerca para ayudarme con el desperfecto y hace un gesto de complicidad, como para animarme un poco. Él debe saber a lo que me enfrento. Por qué me habré metido en este brete, si yo podría estar cómodamente en mi casa haciendo lo que me viniera en gana en vez de ser expuesto en público por este pequeño criminal. Yo nunca he querido tener nada que ver con los niños, de hecho, me molestan en exceso y considero que la mejor manera en que estén en el mundo es con una manzana en la boca y al horno. Por supuesto que no comparto este pensamiento con nadie, salvo algún amigo fiel que sigue pensando, como yo, que lo mejor es alejarse de estos aliens enanos que luchan por conquistar el mundo. Pero éste que tengo enfrente es el peor de todos y no encuentro la forma de hacerle callar; de comer, mejor ni hablamos. Hubiese sido tan fácil escabullirme de su presencia y, cuando su madre me pidió que lo recogiera de la guardería, haber dicho que no podía. Pero ahí voy yo, con mi tremenda bocota y mis ganas de agradar y conquistar a la dama en cuestión: me ofrecí inmediatamente como voluntario; en definitiva, tengo un gran corazón y este es mi castigo, lidiar con el dragón y hacer lo que pueda con esta batalla que de momento, voy perdiendo. Esto es un suplicio peor que la final de Cruz Azul y Pumas cuando van empatados a dos tantos y el árbitro silba el final del tiempo extra. El mocoso para de llorar y ahora... ¡no, por favor! Ha vomitado sobre mi traje recién sacado de la tintorería, me cae que lo mato por infeliz, ¿qué no se da cuenta que podría haberlo hecho sobre la mesa? Claro que no, me tiene a su merced, corsario del mal. Y lo sé desde el otro día cuando, después de cenar con su madre y de pasar a otros asuntos más meritorios, el cabrón se soltó a llorar y tuve que interrumpir mi mejor momento como paladín del amor para dejar que ella saliera corriendo de la cama y fuera a atender al querubín. Y por supuesto, después no hubo posibilidad de reanudar nada porque ella dijo que estaba cansada y que había perdido la inspiración. Nadie puede concentrarse con los chillidos que lanza, y eso que yo tengo buenas dotes pero, nomás no puedo. Intento sabotear el berrinche con un biberón pero ni me pela, ¿quién se cree que soy? Estoy sudando a mares, esto es peor que el cadalso. Ahora aparece la madre, ¡qué papelón! Le sonrío para que no me descubra en este momento de incapacidad máxima, y me pregunta como ha ido la cosa. El muy infeliz ha dejado de llorar en cuanto la ha visto y me mira, triunfante, desde sus brazos.
—Bien, muy bien, somos muy buenos amigos, ¿verdad? —y acto seguido, me muerde el dedo pero hago como si nada, no me derrotará. Me escucho decir que me encantaría repetir la historia, no puedo creer lo hipócrita que estoy siendo y ella me mira encantada, muerde el anzuelo y me devuelve un beso. Al menos, ahora han cambiado los papeles y me declaro vencedor. Le digo que voy al baño un momento, y mientras me lavo la cara sudorosa pienso si estará bien todo lo que hago por mantener a una mujer en mi cama. Cuando vuelvo a la mesa, el diablillo está dormido, y ella comenta que le gustaría tener hijos conmigo. Pongo mi mejor sonrisa y con un guiño, le respondo que siendo suyos, podría hasta tener cuatro o cinco...

Tomado de: http://deesquinasyrincones.blogspot.com/

Éste es un momento de descanso para el modo arborícola de ver la vida. Teorema del escultor - Myriam Belfer


El sol muestra su pezuña y alguien raspa la madera y alguien protesta porque no sube el agua con la piedra. Se ha descalabrado la situación del jefe del transatlántico las cosas no se sumergen como antes pero tampoco flotan ni quedan en el medio como el diablillo del Tesoro de la Juventud. Luces y semillas dan tres vueltas alrededor de la calle y el tronco del árbol pasa por la motosierra; se escucha el crujido mejor no el rotido o el desmenucido o el crepitujado de la madera. Los dientes roen algo. La mano moja el palo moja la mesa es una mano de agua que viene como queriendo expresar presenciar la muerte. Ya no hay sirenas nunca las pasan por Radio Clásica sin embargo el escultor insiste sierramartillo gubias serrucho va apareciendo la mujer de quebracho con cola de pescado, con cola de oca, cosa loca.
Directo a corolarios:
Todo cuerpo sumergido en un líquido todo arquímedes liquidido en un sumérgido todo el cuerpo arquiliquidado desalojado apadreado en ese tronco semideshecho que el escultor impaciente rompe de un hachazo y lanza al río.

Hombre bajo la lluvia - Lilian Elphick


El hombre camina la madrugada y su historia, que cede bajo el peso del agua, expandiéndose, acumulándose en sus ojos. Su historia. Porque esa tibieza le pertenece, la ha robado de las garras del tiempo y del sueño del otro, de su mitad durmiente, la barba apenas insinuándose en la noche, el remolino de la axila, el abrazo fuerte. Y llueve. Y el hombre, hace unos instantes, susurró que iba y volvía, un trámite fácil en la mañana de nadie, aunque él cortará la vida con la tijera de las decisiones. Porque no se trata de caminar bajo la lluvia y mojarse el ruedo de los pantalones. Dejó el paraguas en aquel espacio tierno, donde el amante fingía el reposo con los dientes clavándose en la almohada. Señal inequívoca, porque afuera se derrama la tristeza por las calles de una ciudad que nunca está triste, al menos en apariencia. Entonces, aquel cuervo negro de alas secas, estático en un rincón, lo llamó. Escondida en el entramado de metal, la carta, la vista empañada, la letras bailando, podrías ser mi hijo, pero él es su hijo. ¿En qué momento lo desconoció para hacerlo más suyo aún?

Ha llegado a destino. La lluvia es intensa. Ya no hay más palabras para el hombre que ha contratado su propio asesinato y, por fin, el silencio.

De plagas humanas y animales en problemas - Guillermo Vidal


Le apasionaba la ciencia y la evolución en formas nuevas, ajenas a las convenciones. Recreó, de especies ordinarias, elefantes con alas de mariposas, hembras humanas con cola de pez de la cintura para abajo, cabelleras con puntas de serpientes. Esperó los aplausos pero fue completamente ignorado en sus logros y vapuleado con saña.

Nadie se sorprendió de ver lo que hace miles de años existían en los mitos y en los bajo relieves de las más antiguas civilizaciones. Un gran logro desperdiciado en un cliché, sentenció la crítica más benévola. El resto de las opiniones giraba en torno al mismo centro, insensibles condenaban lo que había pensado seria su obra suprema: “Los impuestos de los contribuyentes gastados en disparates que nunca debieron salir de las leyendas”, “simples copias, estereotipos sin el talento de los cuentos,.”Grandes pechos con aletas, que canta sin ninguna convicción, esta sirena no pasaría la primera ronda de american idol”. Una opinión algo más cruel: el acto onanista más costoso de la historia, que salga y labure en serio, afuera hay un mundo.
Herido en lo más hondo de su ser, definió lo que para él era la peor plaga de la humanidad: Perdida la capacidad de asombro, somos bestias sin gracia.
Pensó en suicidarse pero era otro lugar común. Con una simple formula, regresó al agua primordial, a la condición de pez, donde habían sido tan felices e inocentes, antes de convertirse en los feroces animales actuales. Se dedicó a buscar tesoros perdidos en el fondo del mar, donde había estado el verdadero paraíso.

Perdidos en hipótesis, especulaciones y supuestos - Guillermo Vidal


Primer misterio

Simplemente se habían desvanecido. Doscientas veintiocho personas, entre ellos doce tripulantes, ni un mensaje de alerta. Muchas teorías, hipótesis con sustento y escasas probabilidades, más suposiciones y una masa compacta de incertidumbre escondida detrás de cientos de palabras.
Se encontró una semana después, tras una intensa búsqueda, un asiento y una parte lateral de siete metros. Afortunadamente de ambas piezas se podía verificar el número de serie para confirmar que pertenecían al avión accidentado. Pertenecían a un avión, pero no al 447, eran parte de un Boeing 747 vuelo 627 y, gran estupor, la nave en cuestión todavía estaba en servicio y volando.

Segundo misterio

Una minuciosa revisión del 747 demostró un perfecto estado. Se lo desarmó pieza por pieza durante dos meses enteros y se lo volvió a armar. No había motivo alguno para dejarlo en tierra y volvió a las rutas habituales.
Una semana después el vuelo se estrelló en las costas de Irlanda. Se encontraron los restos, todas y cada una de las partes, excepto un asiento y una sección lateral de siete metros que se correspondían con exactitud a las encontradas en el primer accidente en el océano atlántico.

Tercer misterio

Se encontraron los cuerpos del desaparecido vuelo 447 en un cementerio de quinientos años de antigüedad. Todos y cada uno de los pasajeros con los doce tripulantes, excepto uno. Datados los cuerpos daban como resultado que habían sido enterrados hacia aproximadamente doscientos treinta y siete años, simultáneamente, no mostraban signos de daños y estaban con sus ropas. El ADN demostró la coincidencia de las identidades, descubiertas accidentalmente al buscar rastros de una enfermedad en una antigua osamenta.

Cuarto y último misterio

Un accidente vial en España, un herido leve y una simple extracción de sangre dieron al caso del vuelo 447 el último giro, hasta el momento, para convertirlo en un completo laberinto. Un auto tocó levemente una moto, el conductor fue despedido y cayó en el asfalto. Llevado al hospital y atendido en emergencias, no presentaba lesiones graves pero recobrado el conocimiento no recordaba más que su nombre. Investigado saltó de inmediato la identidad: era el último pasajero faltante del misterioso vuelo de Airbus caído en las proximidades de la isla de Noroña. Un dato más, tenía diez años menos que cuando murió en el accidente, según los datos de la computadora. Podía decirse que nunca había tomado ese avión, pero las cámaras del aeropuerto y una grabación casera al despedirlo en su viaje a Paris lo afirmaban más allá de toda duda.

Por supuesto antes de recuperar la memoria desapareció de su cama en el hospital. Quedaron sus documentos y un antiguo boleto de embarque para el Hindenburg.
La teoría más improbable puede ser la más acertada, una tormenta temporal atrapó a los infortunados y los desparramó por distintas épocas, o el planeta entero atravesó por un vórtice que lo transporto a otra dimensión donde las leyes son distintas. Los atribulados especialistas están perdidos en su maraña de investigaciones sin salida. Pasemos a la próxima noticia.

Selene - Lilian Elphick




A Izaskun Legarza

Señores Dioses
Monte Olimpo s/n
Presente

Harta de ser república de las sombras, de atosigarme con ironías, de ser siempre el lado oscuro, frío, húmedo, cíclico, de que me canten en romanticismos atroces, cascabeleados de lugares comunes, cansada del eterno acoso del señor Sol, viejo caliente, ávido de conjunciones imposibles, aburrida de Endimión y su sueño nasal, aviso que a partir de mañana eclipsaré mis cosas y haré abandono de mi casa habitación.
Les ruego que no traten de alterar mis planes con suasorias, disculpas fáciles, lagrimones de perro en celo. La decisión es irrevocable y está amparada por el artículo 123 del Código Incivil. Cualquier intento por parte de los señores dioses de derogar el artículo citado, será sancionado con la inhabilitación de sus cargos.
Asimismo, queda totalmente prohibida la reproducción de las canciones “Fly me to the moon”, “Blue moon”, “Ay, Luna, Lunita”, “Claire de lune”, y otras similares.
Como dijo Edgar Allan: “Nemo me impune lacessit”.
Sin otro particular, se despide

Selene.

Medium 1 - Leandro Javier Oyola


Los derviches imitan el movimiento de la tierra alrededor del sol y giran durante horas sobre un mismo punto sin vomitar el arroz con legumbres que ingieren vorazmente durante el almuerzo.

El Ruso, a su manera, era un derviche que quería descubrir “eso”. Se nutría de experiencias sensibles y explicaciones teóricas que no sabemos ni nos interesaba saber de dónde provenían. Lejos de agotarnos, enriquecían nuestro claustro de apatía y aburrimiento al que, como si fuera la inscripción de una lápida, denominábamos: “Vivir en el mundo”.

El Ruso creía con firmeza que el cantante de Inxs se había suicidado en un hotel lujoso porque había descubierto “eso” durante el transcurso de lo que sería su última noche, y la decepción fue tan grande que no pudo evitar atarse al cuello con toda pasión un hermoso cinturón de cuero que costaba más de quinientos dólares y que quizás fuera de marca Versace. Por eso nos preocupaba tanto que el Ruso, conspirado por su propia frustración, llegase a la creencia de que había descubierto el enigma. Temíamos que cuando nos develara el misterio nos suicidáramos en cadena.

Es así, no puedo negarlo. Todos nosotros estábamos atravesados fatalmente por el rock and roll y, dicho sea de paso, como una exótica condecoración geográfica, en el medio de la Patagonia.

Acá el viento sopla tan fuerte como un riff de una Gibson Les Paul, pero en general aquí nadie conoce ese instrumento. Sólo el hambre toca su canción en nuestros cuerpos y nos hace caer en las escuchas ininterrumpidas de música, en la húmeda sala de ensayo que está en el subsuelo de la casa que el Ruso heredó de su madre.

Sobre el Marshall valvular negro está, como si fuera en una mesita de luz, la foto de Triny con una tortuga en sus brazos. Ahí están las tres amadas del Ruso: Triny, su tortuga acuática y el Marshall. Al lado, el plato durax y el billete de dos pesos enrollado listo para ser usado en las largas noches frías de estos lejanos parajes.

Ahora, miro la pecera y la tortuga acuática de Triny parece comprender qué pienso. Mis emanaciones mentales parecen evaporarse en forma paralela con los vapores etílicos que exhala mi boca llena de Whisky.

Quizás, el lector comience a darse cuenta de que esta será una historia de decadentes. Para qué negarlo, nunca hicimos nada para mantener limpias nuestras almas y nuestros cuerpos.

Todo esto debe tener una explicación que algún psicoanalista podría brindar fundándose en sólidos marcos teóricos, o quizás la voz popular lo explicara diciendo: “Dios los hace y ellos se juntan”.

Acá estábamos, invadidos por un malestar que ni siquiera percibíamos, pero que todo el tiempo queríamos exorcizar a través de la música. Éramos el Ruso, el Oculto, Angus y yo.

Medium 2 - Leandro Javier Oyola


Siento el desgarro. A menudo deseo repararlo, volver a encontrar a viejos amigos que vaya a saber por qué mecanismo de la existencia se han evaporado. Me gustaría llamarlos, pero ni siquiera sé sus teléfonos. Entonces termino, como todos los demás, en el sótano de la casa del Ruso escuchando música y mirando la foto de Triny y la tortuguita. Luego canto, cuando llega la hora del ensayo, no le pido disculpas a la “música” y emito unos vozarrones desafinados que mezclados con la batería, el bajo y la guitarra se disimulan en forma implacable haciéndome un “exitoso” entre los míos, pero también, un ignoto en el mundo que está fuera del sótano.

Explico. No se trataba de ser famosos y exitosos. No se trataba de caminar triunfantes con cabezas a la rastra de nuestros enemigos. Se trataba de no asumir las responsabilidades propias de los hombres. Teníamos una fundamentación hecha a nuestra carta. Ni yo, ni nadie de nosotros, había solicitado nacer, nadie había elegido esta existencia extraña. Por qué motivos íbamos a hacernos responsables de ella. ¿Yo había elegido ser yo? ¿Vos habías elegido ser vos?
Por eso, ya no seríamos nosotros. Apenas nos íbamos a conformar con ser algo distinto. Un grupo de ruidosos que tenía una banda de rock.

A mí, como me gustaba escribir, por esa selección natural que se ejerció en el grupo me tocó hacer esas espantosas y temibles letras. De otro modo, ¿cómo sobrevivir?. El que no tocaba un instrumento debía hacer algo. Yo escribí por que me venían imágenes a la cabeza, catastróficas y poco amigables. Justo lo que necesitábamos: El estilo del odio, ahí nomás, en mi propio pensamiento.

Medium 3 - Leandro Javier Oyola


El Ruso está despatarrado en el sillón, sin embargo a esa actitud de desgano él la transforma en la relajación prolija y estable de un noble antiguo frente a sus vasallos.

Sólo le falta una pata de pollo en su mano, y una bandeja con uvas tintas y rosadas arriba del Marshall que desde hace un rato ya se calentó.

En una de las paredes está mal pegado un póster de Mick Jagger cuando era joven, envuelto en un tapado de lana de oveja que se ve muy extraño. La luz difusa hace aparecer a la imagen casi en tercera dimensión, igual que nosotros, que en este sótano parecemos animales de los fosos más profundos de la naturaleza o peces sin ojos de las zonas abisales.

Me pregunto por el sol, un objeto que a pesar de su incontenible fuerza jamás podrá manifestarse en estas profundidades, donde sin dudas sería un intruso no grato.

El protagonismo insólito se lo lleva esa lamparita de setenta y cinco watts que cuelga de un cable desparejo que se asemeja a un cordón fetal.

Esa lamparita es nuestro sol.

Medium 4 - Leandro Javier Oyola


Ahí se lo ve. Es el Rulo bajando por la escalera que conduce al sótano, de la mano de su novia.

Ella va más atrás, es su protegida. La protege de nosotros, pero igual la trae a escuchar el ensayo. Yo jamás llevaría a mi novia a escuchar el ensayo de otro. Pero el Rulo lo hace igual. Es un suicida. Es admirador histórico de este circo. Se jacta ante otros de ser de la primera hora. Y como si lo nuestro fuera una sociedad justa el Rulo cree que si algún día hay una torta que repartir él va a ser uno de lo elegidos para recibir una porción; pero no sabe que nosotros, como una plaga de langostas, no seríamos capaces de dejar aunque sea una migaja podrida.

Él cree, y nosotros lo dejamos que crea.

De todos nosotros, es el único que estudió en un colegio industrial. Sabe de matemática y física.
Es obsesivo. Tanto, que se controlaba con un reloj con cronómetro marca Casio que parecía un berrugón negro en su muñeca todo lo que hacía: cinco minutos veintiocho segundos en el baño, veintiséis minutos comiendo, dieciséis horas cuarenta minutos durmiendo, media hora leyendo. Así, hasta llegar a un registro detallado de sus actividades.

Ahora ya no lo hace más porque se quiere ir a Europa y está juntando dinero, entonces abandonó el registro de actividades e hizo guita el berrugón negro. Pero esto no quedó ahí: consiguió, de algún lugar perdido de su casa, un reloj que su padre ya no usaba. Un Seiko plateado como un plato volador, pesado, con alarma a chicharra y cuerda inercial, en su momento última tecnología, hoy una antigüedad irreverente.

La verdad es que el reloj ese es una joyita y con lo de la cuerda inercial nos tuvo entretenidos como media hora y nos aisló con la sofisticación de las personas inteligentes de este aburrimiento letal de sótano.

Rulo habló sin parar. Por último dijo:
—Se da cuerda solo, por eso es inercial, cuando uno mueve la muñeca el reloj se va dando cuerda solo, como un corazón, ¿entienden?— y le sonrió ganador a su novia.

Medium 5 - Leandro Javier Oyola


—Una "grupi" y un pase ya, una "grupi" ya —gritó el Ruso adentro del Torino del Rulo detenido en el medio de la ruta. Doce de la noche. No se ve nada. La oscuridad nos abraza. Ni un alma, ni una lechuza nos mira con el cuello dado vuelta desde algún poste viejo de alambrado. Lo intuyo. Me doy cuenta. Doce de la noche.

—Una “grupi” y un pase ya, una “grupi” ya— gritó el Ruso en el Torino del Rulo que además de deleitarnos con su lógica y sus obsesiones, también nos entretenía cuando nos invitaba a pasear en su automóvil y nos demostraba la utilidad de las cosas mecánicas.

Pero el Ruso así, con sus deseos sonoros, iba rompiendo toda la armonía de la noche helada y de nuestros pensamientos helados que ya habían perdido la paciencia. La luz azul de las estrellas se mezclaba con el poco calor que quedaba en el “Toro”. El frío no tardó en llegar cuando el Rulo decidió con toda razón apagar el motor.

—El que no se mueve se caga de frío— dijo, sacó la llave de la cerradura de arranque, abrió la puerta y se perdió en la oscuridad. No lo vimos por un rato. Luego, sólo escuchamos que decía...
—El baúl se abre sólo, que alguien haga algo, yo pongo el Toro, soy el capitalista, no van a creer que voy a ser tan boludo como para laburar a esta hora.

El Oculto, mientras tanto, se intentaba disimular contra la puerta izquierda de atrás y empañaba el vidrio a propósito, con su aliento, para poder hacer garabatos en el vidrio. Dibujó pijas y conchas y algunas gaviotas. Me di cuenta porque yo estaba a su lado, y me sorprendió que un tipo como él, que ostentaba cierto refinamiento, terminara dibujando contra un vidrio un apocalipsis del buen gusto.

—Una “grupi” ya y un pase, ¿acaso nadie escucha?— preguntó a todos el Ruso, como si fuera el capricho de un rey sin reino y sin vasallos, o un modo de escaparse nuevamente, una vez más y otra noche de todas las responsabilidades que la realidad le proponía a su vida.

Nadie le respondió, nadie le dijo que estábamos varados en la mitad de la ruta, en la mitad de la noche, en la mitad de todo lo que nos habíamos propuesto. En la mitad de todo lo que nunca habíamos hecho, ni íbamos a hacer.

Nadie respondió. Pero esa insistencia con las groupies, propia de un tarado al que no sabemos qué le pasaba por la cabeza, le valió que Angus, el mayor de todos nosotros, se diera vuelta y le dijera:
— Ruso, vos vas a cambiar la cubierta.
—¿Por qué yo?— preguntó el Ruso— ¿y mis dedos?
—Que tus dedos se vayan a la mierda esta noche —le dijo Angus de un modo terminante.

A la media hora, ya en marcha, mientras ya no se pedían groupies ni se pedirían jamás en el Torino del Rulo, seguimos merodeando. Afuera del carro, ahogados de oscuridad, se escuchaba el sonido de la fauna que, como nosotros, se dedicaba a investigar la noche.

Se escuchaba también el motor rugiente del Toro que avanzaba a ciento setenta kilómetros por hora manejado por el Rulo que se daba vuelta, nos hablaba, se reía y parecía feliz, tan feliz de estar con nosotros.

Medium 6 - Leandro Javier Oyola


No entiendo qué pasó ese día. Lo único que faltaba era que apareciera dios en persona, nos saludara con la mano, nos besara en la frente, escuchara música con nosotros, nos convidara un porro y luego se volviera al cielo.

Se escuchaban los pajaritos que trinaban como si nunca fueran a morir y había un sol que extrañamente nos resultaba agradable. Un sol bueno y protector. Sonreímos y nos entendimos cuando hablábamos. Nos escuchamos. Hubo respeto y estuvimos en paz durante la mañana.
Escuchamos también algunas canciones que habíamos grabado durante la noche en la Tascam de cuatro canales del Oculto.

El Ruso estuvo callado toda la mañana. Recién dijo algo después de almorzar. No le gustó que Angus lo mandara a cambiar la cubierta del Torino del Rulo. Seguramente sintió que había quedado muy expuesto, que lo habíamos visto como un humano más, cagado de frío en la mitad de la noche cambiando una cubierta de un auto ajeno, casi desnudo, despojado de su guitarra Fender, despojado del humo y de las luces de colores de la escena en la que era poderoso cuando actuaba.

Sobre las tres de la tarde llegó Angus con un tipo extraño, medio gordo, desarreglado, con olor a alcohol de vino en caja y con barba de borrachín: nuestro manager, a quien ni siquiera mirábamos a los ojos, ni llamábamos por su nombre. Nos explicó con paciencia y dedicación, mientras hacíamos que no nos importaba lo que decía, que había posibilidades de tocar en Junín, en la provincia de Buenos Aires.

Nos dio lo mismo, y como nos dijo que nos llevaban, traían, nos alojaban en un hotel y también nos daban de comer gratis, aceptamos.

Que mierda nos importaba. Incluso capaz que conocíamos algunas chicas que se interesasen en nosotros. Acá, casi todas sabían que éramos algo peor que el infierno.

Éramos perros que hurgaban con sus hocicos en la basura, entes que vivían mecánicamente, porque no quedaba otra posibilidad. Éramos crueles, insensibles y maleducados. No teníamos principios, ni códigos, ni un lenguaje en común más que la música. Éramos sucios y muy pocas veces nos entendíamos cuando hablábamos.

Pero nos gustaba que ellas olieran bien, perfumadas, mentirosas, irracionalmente atractivas y perdidas por el deseo obsesivo de ser únicas. Sólo eso podía hacer que nos peguemos una ducha y que nos enjabonemos nuestros pelos enredados. Practicábamos un romanticismo sui generis, a nuestra carta. Por siempre les regalábamos los gatitos que encontrábamos en la calle. Nos habíamos dado cuenta de que a las chicas que nos frecuentaban les encantaban los gatitos. No gatitos dibujados al pastel en tarjetas de mala calidad, ni gatitos de peluche. Tenían que ser gatitos reales que meaban y cagaban y tomaban leche y comían anchoas de frasco o sardinas enlatadas medias podridas.

Era así, no sabemos por qué motivo ellas tenían debilidad por esos felinitos, pero la tenían. Podían ser ejemplares de cualquier color, blancos con pintitas, negros absolutos, marroncitos, pardos de ojitos color olivo o miel, o de cualquier forma imaginable, gorditos o flaquitos. Sólo debían cumplir con un requisito: ser reales.

No importaba, los gatitos eran un medio infalible para nuestros fines y nos eran muy útiles para obtener lo que más queríamos en este mundo al que habíamos sido arrojados sin nuestro consentimiento: Placer.

Medium 7 - Leandro Javier Oyola


¿Acaso hay dos o tres vidas? ¿Acaso hay una? Sabíamos que no teníamos tanto tiempo.

¿Por qué íbamos a perder nuestros únicos instantes para siempre? ¿Por qué íbamos a regalar nuestro tiempo que se iba tan rápido como el viento arremolinado por designios, mandatos y costumbres? ¿Por qué íbamos a contribuir a que los que querían cambiar nuestra forma de ser, los muertos, la pasaran bien?

Por eso, en ningún momento deseamos ser agradables, simpáticos y condescendientes. En ningún momento esperamos la sonrisa de alguien que nos aprobara. Nosotros éramos nosotros. Por eso preferíamos ser juzgados, condenados y ser la prueba misma delante de sus ojos de que todo esto nunca iba a andar bien. Nunca iba a andar bien, pero no para nosotros, sino para ellos, los muertos.

Afuera, nuestro río está en paz. Su dulzura danza hacia el interminable colapso contra el mar. Algunos bichos feos se dedican a volar y enuncian su sonora frase desde la altura enramada.
Se nota que nada les importa. Igual que a nosotros, que volamos sin alas en un presente interminable.

Algunos de los que piensan distinto, los muertos, hacen un poco de caminata con esos buzos coloridos, otros con los auriculares engarzados como joyas en sus orejas parecen sonámbulos sonrientes. La mayoría acompañados por sus perros. Ni siquiera sabemos de qué raza son, pero se nota que están muy bien alimentados y que no son de la calle. Nos miran y nos olfatean con ganas de mordernos. Nosotros también queremos morderlos porque volamos y cantamos como los pájaros, pero también somos perros enfermos de rabia, contra ellos, los muertos.

Mientras, los caminantes pasan y nosotros los observamos tirados en el césped. Disfrutamos de la costanera y de la sombra de la media mañana. El sol se filtra en tiritas de luz entre las ramas y las hojas de los sauces llorones, el frío cede bajo nuestros abrigos.

El Oculto abrió su riñonera y sacó una agujita que daba lástima por lo chiquita que era. Nos íbamos a quedar todos con hambre pensé, pero al caballo regalado nunca ha de mirársele los dientes. Ya estaría todo mejor por un rato. El viento estaba perfecto y todo se puso bien en cuestión de minutos. El punto de vista estaba por las nubes que se deshacían a lo lejos. Nuestras cabezas estaban abiertas, a la par del vértigo de la existencia y tocaban, aunque sea con la punta del dedo índice la experiencia del ser y la sintaxis de dios.

Todo lo bueno pasa. Y no hay excepciones. La ley de gravedad es fatal.

Al rato, otra vez estábamos en la tierra, caminando por la costanera, pateando piedras, esquivando nenes en bici con rueditas, cagadas de perros, y muertos.

Medium 8 - Leandro Javier Oyola


Subimos a una Van Nissan que tenía asientos enfrentados y un tapizado de cuerina negra que nos hizo transpirar el culo durante más de 8 horas. Eran las siete de la tarde y comenzaba a hacerse de noche. Los instrumentos habían sido cargados en el baúl. Sólo dio trabajo ubicar en tan diminuto espacio a la Pearl de Angus.

Cuando el chofer cerró la puerta, la oscuridad, como una pasajera más ocupó entre nosotros un lugar primordial que nos inspiraría a hablar en nuestros próximos momentos. Nos sentíamos cómodos con esa sombra embrutecida por el frío del exterior. La ruta se espejaba contra la luz y los costados se veían ensombrecidos por matorrales y alambrados. A veces, a lo lejos se divisaba alguna luminosidad que en lo más mínimo podía conspirar con el poder de lo negro.

El viaje a Junín había comenzado.

Excepto nuestro representante, a quien habíamos aislado a propósito con el chofer de la Van, íbamos todos juntos disfrutando de un momento más en la vida. Ni sabíamos qué temas íbamos a tocar, pero eso no era un problema porque siempre hacíamos los mismos, aunque con distinto orden. Desde que la Van comenzó su derrotero mecánico, hablamos de manera compulsiva hasta las tres de la mañana o más, cuando el viaje, la oscuridad y la luna se formularon como una tríada inseparable de la que éramos espectadores hipnotizados. Repasamos historias y anécdotas que nos habían ocurrido. Nos acordamos de los viejos amigos que ya no estaban y nos fumamos varios nevados en honor a ellos.

Éramos, en esa Van sin sentido, guerreros mal heridos que habían sobrevivido a una guerra interminable. Guerreros ignotos de un círculo que se abastecía con un lenguaje que no admitía banderas blancas, ni pipas de la paz con enemigos.

No parábamos de hablar. Aunque quisiéramos, no podíamos parar de hacerlo: la nieve nos llenaba de una excitación vertiginosa. Descendíamos con nuestros esquís por la cumbre y cuando llegábamos a la llanura volvíamos a subir como turistas colgados de funiculares del aire.

El tiempo pasaba y, lejos de que la noche en la Van en viaje nos relajara, nos despertaba con una inercia que yo sabía a donde llevaría de un momento a otro: a la ausencia del discurso, a la disolución del ser en una sensación de angustia sin relato.

Sucedió.

La hora en la que de humanos sólo teníamos la forma ya estaba entre nosotros, en la Van, conducida por un chofer desconocido y un manager borracho.

Nadie durmió, ni la Van detuvo su motor.

De mañana, cuando el manager nos avisó que habíamos llegado a nuestro destino nos dimos cuenta de que íbamos a tener que lidiar con un enemigo difícil de derrotar: el sol.

Medium 9 - Leandro Javier Oyola


—¿Seremos hombres?— preguntó El Oculto.

Nadie contestó. ¿Para qué? ¿Qué sentido podía tener preguntarse eso una mañana cualquiera caminando por una calle desconocida de Junín Side? Ninguno. Ningún sentido tenía responder entonces.

Pero sin embargo pensé que me había convertido en un hombre el día que caminé por la calle como Quijote por los campos secos de La Mancha, el día que miré por primera vez fijo hacia todos lados y sentí que yo no era el mundo, ese día en el que mientras caminaba enderecé mi pecho y apunté a todo con mi corazón. Ese día fui hombre y lo seguía siendo hasta hoy, ese día en que sentí que el mundo no podría ser lo que yo quería, ese día en que pensé que sólo lograría equilibrar mis deseos con la realidad durante delgados momentos. Ese día fui hombre, seguí pensando para mí mientras caminábamos.

Mientras tanto, ya estábamos por llegar al muelle de lanchas imaginario y sin aguas de Junín Side. Las embarcaciones estaban todas envueltas en lona porque durante la semana nadie navegaba. Al lado estaba el lugar en donde íbamos a tocar. Un especie de cabaret para hippies chic que se aglomeraban en la noche y se sentían distintos lejos de los toros que tanta dignidad y fortuna le dieron a sus antepasados. Quizás algunos de los que nos escucharían en la noche llevaban apellidos de calle y sangre de indias robadas en sus genes.

Por suerte sobre el medio día ya se había nublado. Con los lentes para sol estaba mucho mejor, la oscuridad agravada nos hacía sentir más vivos. Así como hay gente que sólo quiere vivir en verano disfrutando de las arenas y de los mares azules nosotros, si hubiéramos podido, habríamos vivido siempre de noche, o en los fondos de los mares con los peces abisales que disfrutan de la oscuridad de la nada.

Sólo necesitábamos un sentido: el oído.

Ni el tacto, ni el olfato, ni el gusto, ni la vista nos resultaban necesarios si no era para estar con una mujer. Quizás eso era lo único que nos impedía eyectar de este mundo. Nosotros cuatro, o quizás todos los hombres de Junín Side, y quizás también todos los hombres del mundo de todos los tiempos se habían quedado en el planeta por una mujer en particular, heridos de muerte en su corazones y contaminados por un virus incurable.

Me senté en una mesa con Angus, El Oculto y El Ruso. Nuestro mánager se fue a hablar con una mesera que apenas lo vio lo ignoró como si se tratara de un espectro que sus ojos no registraban. Pedimos café y whisky y unas porciones de torta de frutilla.

Sabíamos que éramos langostas en gira.

Medium 10 - Leandro Javier Oyola


Tanto para la ley como para las ciencias Psi, éramos adultos. Vivíamos de nosotros, ya no extrañábamos a mamá, ni intentábamos regalarle la caca al primero que pasara.

El Oculto era el único de nosotros que, con veinticinco años, aún mantenía en vigencia a sus Amigos Invisibles. Muchas veces, aunque sólo en su casa, parecía que estaba en una fiesta con cincuenta personas. Bellas modelos y estrellas de rock almorzaban con plato servido a su mesa, también escritores y hasta muertos dialogaban con él de filosofía, de literatura y de guerra.

En esa faena de invisibilidad, el Oculto se trataba habitualmente con Descartes, Heidegger y Kant. Lo pasaban muy bien juntos. A ellos les gustaba mucho la maconia que les convidaba nuestro compañero de grupo. Hubo épocas en las que era habitual que Descartes, Heidegger y Kant se la pasaran fumando en el living, mientras escuchaban Water Music, Woodoo Chile y otras joyitas.

Otras veces leían. Él sólo escuchaba y nosotros nos dábamos cuenta de que estaba presenciando una discusión importante cuando los ojos se le abrían demasiado y se quedaba con la cabeza dura mirando al ventilador del techo. Él se daba cuenta de que con esa tríada no tenía otra cosa que hacer: escuchar eternamente. Como si El Oculto fuera un Hamlet moderno y sin cortesanos., escuchábamos sus sombras y fantasmas y no nos preocupaba porque nosotros también las teníamos en abundancia.

—¿Acaso usted no?— preguntaba, como latiguillo, cada vez que alguien ajeno a nuestro círculo descubría nuestras delicadezas psicológicas.

Pero si bien en la esfera individual no se generaban inconvenientes con su numerosos amigos invisibles, el problema surgía cuando tocábamos con la banda en lo ensayos y en los recitales en vivo. En su virtualidad, el Oculto no sólo tocaba con nosotros, sino con cuatro o cinco músicos más. Por eso, muchas veces nosotros escuchábamos los temas de una manera y él de otra muy distinta.

Desde la arena se lo veía hablar solo durante el recital, mezclado entre las luces y el humo del concierto. Se le dibujaban sonrisas y gestos de todo tipo. También enunciaba puteadas al vacío. Por eso le decíamos así: el Oculto. Muchas veces me pregunté si era posible que él distinguiera entre los fantasmas amigables que ocupaban su vida social y nosotros, sus amigos reales. Dada la calidad y fama de sus amigos era indudable que sí.

Era inevitable que Descartes, Heidegger y Kant sobresalieran al lado del Ruso, de Angus y de mí. Pero a quién le importaba. A nadie. Esa distinción no tenía ningún sentido en nuestra forma de vivir. Forma en la que no había fronteras, ni muros entre lo que ocurría en nuestra mente y lo que parecía ser una realidad peligrosa de cosas y personas que venían hacia nosotros todo el tiempo.

De reojo - Olga Appiani de Linares


No es la primera vez que le sucede. Y esa repetición empieza a causarle una molestia vaga que parece centrarse en su estómago, en la náusea constante. Sin importar lo qué esté haciendo, de pronto, con el rabillo del ojo, cree percibir un movimiento, una sombra... Algo indefinido, algo que no está allí cuando gira la cabeza para verlo. No le preocupó las primeras veces, y atribuyó los furtivos desplazamientos a ilusiones ópticas, cansancio, nervios... Sin embargo, al transcurrir las semanas comenzó a inquietarse, igual que el venado que presiente al depredador oculto, cuyo hedor siente en el aire, aunque sus ojos asustados no lo puedan divisar. Además eso, sea lo que sea, acorta distancias. Y se hace más grande, está segura. En los primeros días adjudicó el veloz movimiento a alguna rata que podía haber penetrado en la casa por los desagües; luego, la fugitiva vislumbre le hizo pensar en un perro, (perro que, claro está, no tiene). Ahora, es como si un niño o un enano se desplazara a su alrededor, trazando siniestras espirales, cercándola. No sucede a horas fijas. Da igual si es de día o de noche. Siempre hay un rincón oscuro desde el cual eso suele desprenderse, aprovechando una momentánea distracción... Y, por más que lo intente, no logra capturar su imagen con claridad. Los días se le vuelven pesadilla continua. Sin darse cuenta, empieza a adoptar poses peculiares, en su intento de custodiar los nidos de oscuridad en los que eso se ha gestado, esos rincones tenebrosos desde los que parece desprenderse. Se obsesiona en una vigilia acaso absurda y siempre inútil. Porque eso siempre surge, indefectiblemente, de un sitio diferente al que ella está custodiando. Comienza a actuar extrañamente. Gira la cabeza de pronto, con nerviosos movimientos de pájaro, y sus ojos han adoptado una expresión alucinada. Ya casi no duerme, sudando sus terrores en las horas de insomnio; teme ser vencida por el sueño y que entonces eso aproveche para saltarle encima, para devorarla con su oscuridad de jungla. Y come mal, como preñada de esa angustia que se despereza en su vientre, se enrosca en su sangre y le cierra la garganta. Atrapada en esa telaraña ya casi no sale; los pocos que, preocupados por su desaparición vienen a visitarla, se van rápidamente, ahuyentados por sus gestos de demente y por algo más, algo que les eriza la piel, acelera su aliento y los empuja fuera de la casa, sin que ninguno pueda precisar con exactitud de qué se trata. Pero respiran aliviados una vez afuera, mientras tratan de olvidar los ojos amedrentados, el olor a miedo que desprende la mujer. No siempre lo logran. Y no falta quién llega a sentir que no ha salido completamente solo del lugar, que algo, alguien, le sigue los pasos, aunque no logre verlo con nitidez y sólo llegue a percibir, con el rabillo del ojo, un movimiento furtivo, una sombra taimada... La soledad se hace más densa alrededor de la mujer. Helada, respirando apenas, permanece muchas horas sentada en el sillón antes confortable, mientras trata de negar con las estridencias de la televisión la marea silenciosa que avanza, los círculos que se van cerrando en torno de ella. Un día como otro cualquiera sabe que eso ha terminado de recorrer sus fatales senderos. Cree sentir un aliento helado sobre su nuca desprotegida, crispa las manos, respira hondo, la frente se eriza en una transpiración de escarcha. Con un espasmo que reúne terror y coraje se da vuelta, dispuesta a enfrentar lo que sea de una buena vez. Tiene ¡al fin!, la visión completa de la sombra. Y en el breve, brevísimo lapso de vida disponible después de eso, agradece la muerte que le hará olvidarla.

Despertares - Víctor Lorenzo Cinca


Se despertó, empapado de sudor, en el sillón de su ático. Ladeó la cabeza y observó, a través de la enorme ventana, que estaba amaneciendo. Se preguntó qué hacía durmiendo en el sillón y cómo había llegado hasta allí. Una serie de imágenes, un tanto confusas, se arremolinaron en su cabeza y se sumaron al martilleo interior que repiqueteaba en ella desde que había abierto los ojos. Recordaba haber estado tomando unas copas ―demasiadas, pensó mientras se dibujaba una sonrisa en su cara― con unos amigos en un bar del centro, pero después sólo conseguía que unas imágenes inconexas se mezclaran en el recuerdo. Una conversación ―sobre qué― con un joven oriental, una discusión ―por qué― con un vagabundo que dormía en un portal, un rápido trayecto en un coche ―hacia dónde― conducido con mucha prisa por un tipo con los ojos excesivamente abiertos, un antro atiborrado de humo y gente vestida de negro.

El seco ruido de unos cristales rompiéndose a su lado junto al sillón lo devolvió a la realidad de su ático, mientras un frío espantoso le recorría de arriba a abajo la columna. Vivía solo y únicamente él tenía la llave. Nadie podía estar allí sin su permiso, sin que él le hubiera dejado entrar. Se giró con un rápido movimiento, semejante a un espasmo, y su codo topó con un vaso que se desplazó unos centímetros, los suficientes como para que cayera al suelo, sin hacer el más mínimo ruido. Se quedó unos segundos inmóvil, aterrido, mirando el vaso hecho añicos sobre un líquido dorado que se desplazaba rápidamente hacia las patas de la pequeña mesa auxiliar de la que había caído. No lo podía creer. No lo quería creer. Todo tiene un orden. Primero tenía que caer el vaso y luego hacer ruido, las cosas funcionaban así, desde siempre. Le vino a la cabeza la lejana imagen de su maestro, gordo y calvo, mirándole fijamente y repitiéndole por enésima vez que el orden de los factores no altera el producto. Qué pasa ahora, pensó como si lo tuviera delante.

Para intentar quitarse el miedo de encima se repitió hasta creérselo que el alcohol tenía la culpa; seguramente había sido una pequeña alteración de sus sentidos. Tenía que serlo, no había otra opción. El timbre de la puerta sonó una vez, tímido y entrecortado; un momento después volvió a sonar, esta vez más enérgico. Se levantó del sillón un poco aturdido y, rodeando los cristales para no clavárselos en sus pies descalzos, se dirigió sigilosamente a la puerta y acercó el ojo a la mirilla. Quién podía ser. No vio a nadie en el descansillo y se sobresaltó. De repente se abrió la puerta del ascensor y apareció una chica joven, demasiado maquillada, que se aproximó poco decidida hasta la puerta. Desde el interior vio cómo la mano de la chica se acercaba vacilante hacia el pulsador del timbre y desaparecía de su campo de visión. No oyó nada. Quizás no se ha atrevido a llamar, pensó. La joven se ahuecó el pelo con ambas manos, respiró hondo, y volvió a tocar el pulsador con firmeza, aunque él, petrificado ante la puerta, no percibió ningún sonido. Había vuelto a ocurrir. La chica había pulsado el timbre segundos después de que éste hubiera sonado.

Una idea terrible le impidió abrir la puerta: los labios de esa chica moviéndose para pronunciar lo que él ya habría escuchado unos instantes antes. Pensó que quizás a su voz también le ocurría lo mismo, pero no se atrevió a decir nada. Intentar entablar una conversación con ella en esas condiciones le pareció tarea de locos y le faltó el coraje para hacerlo. Se giró en redondo y se dirigió lentamente, aturdido, hacia el centro de la pieza. Se tapó la cara con ambas manos y, con los ojos cerrados, intentó tranquilizarse un poco aunque no lo consiguió. La imagen y el sonido no coincidían, no eran simultáneos. Como en las películas piratas mal grabadas o en las conexiones vía satélite de los corresponsales, pensó mientras una mueca, mezcla de risa y horror, deformaba su rostro. Pasó las manos por sus cabellos, echándoselos hacia atrás, y al abrir los ojos, vio los cristales rotos en el suelo, con el hielo ya casi derretido. Escuchó un ruido sordo, como de pisadas que se alejaban de donde él se encontraba; el crujir de algo que caía y se astillaba; el estrépito de una cristalera que se hacía pedazos; un grito desesperado que se perdía pisos abajo. Reconoció su propia voz en ese grito y se estremeció. Miró fijamente la ventana a escasos metros, esperándole, y empezó a correr hacia ella, sin poder esquivar la mesita de madera que cayó al suelo y se destrozó silenciosamente.


Tomado de Realidades Para Lelos

Desde abajo de las sábanas - Martín Gardella


Aquella noche, mientras dormía, escuché un ruido estridente que me hizo despertar. Encendí la luz de la mesa de noche y pude ver un duende en el suelo, en plena búsqueda desesperada debajo de mi cama. Al verme despierto, se incorporó de un salto y arrojó sobre mí una mirada desafiante. Decía venir de una tierra de fantasía, tras los pasos de un hada rebelde que había logrado esconderse en algún lugar de Buenos Aires. Aseguraba que la mujercita alada era extremadamente peligrosa, por su capacidad de enamorar perdidamente al primer hombre que osara mirarla directamente a los ojos.
Los últimos informes recibidos desde su lugar de origen afirmaban que la dama fantástica se hallaba alojada en alguna de las múltiples viviendas de mi barrio. Aseguré no haberla visto y me comprometí a informarle en el futuro cualquier noticia que tuviera de aquella extraña doncella. Satisfecho, el pequeño sujeto vestido de verde inclinó su cabeza para agradecerme y escapó a la carrera, trepando ágilmente por la chimenea.
Dos minutos más tarde, ella abrió la puerta del baño contiguo y volvió a la cama. Allí noté, por primera vez, las marcas de la extirpación sobre su espalda.
―Ya no podrán encontrarme ―me dijo sonriente―. Me quedaré contigo para siempre.
Con su cuerpo mínimo enroscado al mío, sellamos nuevamente nuestros labios en un profundo beso de amor. A partir de entonces, aunque ya no tenga aquellas alas preciosas con las que llegó planeando hasta mi ventana, ella logra remontarme en vuelo diariamente, desde abajo de las sábanas.

Tomado de El Living sin Tiempo

La modelo - Javier López


—¿Le pongo algo de postre, señora? —preguntó el camarero esperando que la respuesta fuera "no". Tras los entrantes fríos, el pudding y el cochinillo asado acompañado de berzas braseadas, no podía pensar que en aquel cuerpo pudiera entrar un sólo gramo más de comida.
—Nueces con nata con una buena ración de crema de chocolate y caramelo... por favor —pidió la mujer sin que pareciera del todo convencida de que su lista de peticiones llegaba al final. Una vez que lo tuvo en la mesa, dio buena cuenta del plato.
—Así que me dijo que trabajaba usted como modelo —comentó el camarero cuando le entregaba la nota con la factura—. Ya me gustaría ver algún día el resultado de su trabajo —continuó, en actitud interesada.
—Algún día, pronto. Seguro que lo verá —afirmó ella antes de abandonar el local.
Poco después la mujer se dirigía al lugar donde desarrollaba su trabajo desde hacía algunos días. Una vez dentro del estudio, preguntó con su voz suave:
—¿Me desnudo ya, señor?
—Cuando estés lista, René —contestó el maestro Botero.

Zen - Mariela Anastasio


La mirada a un metro y medio del sueño, perdida en algún punto del espacio. Párpados a media asta. Hombre en mitad del jardín.
Allá a lo lejos una enredadera florecida, trepando por la pared enhiesta. Más abajo la tierra recién regada. El rocío flotando sobre la hierba azul. Olor a primavera, a tarde fresca. Pensamientos blancos. Bienestar.
La mirada se eleva liviana y despacio. La respiración es calma. Adelante el paredón verde enredado y... ¡un Buda! una figurilla de barro ha emergido de la tierra. Será una visión. Será de tanto meditar.
El hombre se para entusiasmado, estupefacto y camina -no sin cierto miedo- hasta donde se halla la figura trascendental. Buda levita, allá a lo lejos y tan cercano. Se sostiene en el aire; el otro se sostiene en la respiración. Taquicardia y fuerte expiración por la nariz: Buda se rompe, cae al piso, se hace añicos.
El hombre corre, solloza sobre los pedazos de la pieza de barro.
¡Qué solo se siente ahora! Con Buda roto en su jardín la paz se ha terminado. Todo se arremolina. El cielo se pone negro. Llueven cenizas. Se incendia el pasto. Rugen leones. Se cierran puertas, se caen techos.
La furia se ha desatado.
El hombre corre y se cae. Se estrella. Trastabilla contra el Buda y se duerme.
Tiene pesadillas.
Se despierta: en su jardín meditando.
La tarde es fresca.

El nuevo campo de fuerza del Emperador - Gareth D. Jones


La flota del Emperador barrió todo a su paso a través de la Galaxia, conquistando mundo tras mundo. Ningún disparo fue realizado por sus poderosas naves. Todos sabían que el enfrentamiento era inútil. El nuevo campo de fuerza del Emperador era invencible, y nada podría dañar sus naves.
Cuando docenas de naves de batalla del Emperador llegaron al sistema Glasburg, el comandante de la flota local preparó su inmediata rendición. Sus propias naves, modernas y temibles como eran, no tendrían oportunidad alguna.
Archibald McNeil, prospector de asteroides, no estaba dispuesto a aceptar que su forma de vida estaba a punto de ser arruinada. En un fútil gesto de desafío disparó su láser de minería a la más cercana de las naves invasoras. En el impacto hubo un breve flash de energía seguido por un soplo de los desechos expulsados del casco.
—Lo siento —dijo el nuevo almirante del Emperador mientras el secreto de su escudo invencible era expuesto y su flota era destruida a su alrededor.

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Enfermedad - Sofía Ríos



Helena solía balancearse en las hamacas de la plaza del pueblo donde había nacido. Era un lugar tranquilo y sus días así se pasaban. Sus cabellos color avellana, sin brillo, y sin cepillo, se iban con el viento. Y su piel rosada perdía todo rasgo de rojo. Sus huesos esponjosos ya no caminaban, volaban. Volaban aún cuando Helena más necesitaba estar en tierra.
Un día, Helena encontró una bandana blanca; "como la paz", decía. Jugaba con esa bandana, pero no se atrevía a ponérsela; tan sólo imaginaba que el retazo de tela era una paloma, que la venía a buscar y no sé qué otras cosas.
Pero también se miraba al espejo. Ponía la bandana contra su piel y lo podía notar. Ambas se regalaron su color, lo intercambiaron. Así la bandana fue algo rosada, mientras su piel palidecía, hasta encontrarse nívea.
Y una vez, cuando todo proceso de intercambio cromático hubo acabado, Helena se descubrió desnuda ante el mundo. Y su cabeza era como una esfera de nieve, de seda. Y la intentó cubrir con la bandana. Por un rato.

Trazos que unen - Carmen Rosa Signes Urrea



“Aquella delgada línea, era algo más que una fina separación
entre dos zonas diferenciadas. Sonará a galimatías, puede
incluso que al delirio ilusorio de un demente, pero no es a mí
a quién deberían pedir cuentas. No fui yo quién conjuró este hechizo.”

Ar Razí (850-923)

El pulso firme enmarca el entorno, refugio oculto de mi realidad. La atracción que sintió por mí, le ayudó a rescatarme de la tumba ignorada de mi encierro.
Desde los primeros trazos, creería que estaba a punto de conseguir algo importante. Debía pensar que toda inspiración que golpeara su mano, salía de su mente de artista. No tuve necesidad de aliados, se convirtió en mi único ayudante.
Pero, ¿cuándo comenzó a cambiar? Él, pasó de mero observador a oficiante; y yo de admirada quimera a sumisa enamorada. No lo había visto, pero la suavidad de su pulso y la calidez de su voz, pudieron conmigo.
No es justo, debía haber concentrado en él, toda mi ira. Demasiados siglos, olvidada, como un genio en su lámpara apartada del mundo. Tenía que haber renacido como esas maldiciones surgidas de embotellados efrit, dejando caer sobre mi salvador, todo el peso de las consecuencias de su buena acción. Pero no fue así.
Derramaba en mí, como un amante, colores y líneas; conformando un encanto tanto tiempo perdido. Me desprendió de aquel rictus abominable, con el que hacía huir a los hombres. Incluso el vivaz remolino de mi cabello, entre sus dedos, se convirtió en sensual representaciones de las caricias y el sexo. ¿Por qué tenía que suceder?
En un principio mis intenciones estaban claras, pero en las postrimerías de su obra, cuando aquella delgada línea que nos separaba se hallaba cada vez más cerca de fragmentarse, me desviví por exhortarle en su empeño por terminar. Mis labios aún no se podían mover, pero mi pensamiento, aquel que le lanzó en la búsqueda, le conminaba fervientemente para que no concluyera.
—Los ojos… Sí, los ojos. Con ellos termino.
Repetía, mientras delimitaba los contornos, abriendo espacios infinitos que quebraban nuestros mundos, en una equívoca interpretación de mis deseos.
Infructuoso empeño el mío, que sucumbió en el mismo instante en el que terminó mis pupilas y pude verlo, al menos durante un segundo. Me queda la convicción de haberle complacido, pero maldigo este encuentro, esperando que nadie más me halle. No deseo eternizar la agónica desesperación del amor frustrado de esta Medusa.

Destino marcado – Sergio Gaut vel Hartman



La ficha de Lucrecia Mortellini estaba desolada.
—¿Viste lo que le pasó a Lucía Bormann?
—Ni idea —respondió Julieta Cantero, fresca como un pimpollo.
—Se ve que sos nueva —dijo Lucrecia.
—¿Eso que tiene que ver?
—¿No sabés lo que pasa con nosotras después de algún tiempo de tratamiento?
Julieta se retorció para negar de un modo enfático. No sólo no sabía: tampoco le importaba.
—La irresponsabilidad juvenil —terció Gabriela Achával, que para meterse en las conversaciones ajenas era mandada a hacer.
—No te dimos vela en este entierro —protestó Lucrecia—. ¿Por qué no te ocupás de tus cosas?
—Sos una amargada. Y veo que estás jugando con la chica. ¿Por qué no le decís la verdad?
—Eh, esperen —dijo Julieta—, me están asustando. ¿Qué te hacen después de algún tiempo de tratamiento?
Las fichas de Lucrecia Mortellini y Gabriela Achával se miraron y tras unos segundos de vacilación, dijeron a dúo:
—Te archivan, nena, te archivan. Y del archivo es difícil que te saquen alguna vez.

Extraño donante - José Vicente Ortuño



—¿Se encuentra usted bien? —preguntó la enfermera del centro de donación de sangre—. No tiene buen aspecto, está lívido.
El hombre alto delgado y pálido, que acababa de entrar, no tenía apariencia de donante, sino de necesitar una transfusión.
—Por supuesto, que no le engañe mi aspecto, me encuentro muy bien —respondió él—. Vengo a donar mi sangre.
—Claro, siéntese por favor —le indicó la camilla—, voy a tomarle la tensión arterial, súbase la manga, por favor.
Le colocó el tensiómetro evitando tocar aquella piel enfermizamente pálida. Observó la pantalla del aparato y se aseguró varias veces de que funcionaba correctamente.
—¡Es imposible, su corazón no late! —exclamó al fin—. Usted debería estar… —se interrumpió azorada.
—¿Estar qué? —preguntó el hombre enarcando una ceja. El gesto, que en otra persona hubiese parecido cómico, a la enfermera le provocó un escalofrío.
—Mu… mu… muerto —balbuceó la mujer, que templaba confusa.
—Debería estar no, señorita —rió el hombre—, “estoy” muerto. ¿No ve que soy un zombi?
—Zo… zom… —volvió a balbucear todavía más confusa que antes—. Enton… Entonces… ¡Usted no puede donar sangre! —exclamó con esa voz aguda que emite alguien que está al borde de la histeria.
—¿Puedo saber por qué? —preguntó el muerto viviente con expresión de disgusto. El gesto erizó los cabellos a la enfermera de forma tan brusca, que sintió como si le clavasen una aguja en cada folículo piloso de su cuerpo.
—Pues… —pensó alguna excusa rápida—. ¡Sólo pueden hacerlo las personas sanas! —una vez dicho se dio cuenta de que era una tontería, pero ya no podía rectificar.
—Yo no estoy enfermo sino muerto —replicó el zombi utilizando un tono de voz grave, cavernoso, casi siniestro, pero irónico a la vez—. Usted es enfermera y debería conocer la diferencia.
—No… digo sí, pero… —estiró sus palabras buscando una excusa para que el cadáver ambulante se marchara—, pero su sangre estará… —hizo un gesto de repugnancia.
—Mi sangre está perfectamente, la he cuidado durante ciento cincuenta años —dijo el zombi, ofendido por el desprecio que le hacía aquella mujer—. Además, quiero donarla toda —añadió, lo que aumentó el espanto de la enfermera—, hay gente que la necesita más que yo.
—¡Sí, pero… un muerto no puede donar sangre! —chilló la mujer a punto de pasar de la histeria a la psicosis.
—No soy un “muerto”, señorita, soy un zombi —aclaró—. Es decir, un muerto viviente, que no es lo mismo.
—¡Pues eso, un muerto! —exclamó jadeante la enfermera al borde del colapso nervioso.
—Se equivoca, los zombis estamos clínicamente muertos, sin embargo, como puede comprobar no nos descomponemos.
—¡Me importa un pito, señor Muerto! ¡Váyase de aquí ahora mismo! ¡No queremos gente como usted aquí! —gritó mientras forcejeaba intentando abrir la puerta, aunque no sabía si era para que saliera el zombi o para escapar corriendo.
—¡Su actitud es racista! —exclamó el zombi muy ofendido—. Sepa que voy a poner una reclamación por trato discriminatorio.
—¡Sí, seguro que le harán mucho caso a un cadáver putrefacto… que debería estar enterrado! —gritó asomada al abismo de la locura—. ¡Márchese ahora mismo o llamo a la policía y lo denuncio por violación!
Abatido, el zombi salió del centro de donación de sangre. En sus ciento cincuenta años de no-vida jamás lo habían tratado de esa manera. Podía comprender que los campesinos de la Transilvania decimonónica hubiesen querido quemarlo, pero en plena era de la información esperaba algo más de comprensión y toleracia.
Se le acercó un tipo que parecía haber estado esperándolo, vestía un elegante traje de Armani y lucía, zapatos, gafas de sol y reloj a juego.
—Ya te dije que los mortales no querrían tu sangre —susurró—. No saben apreciar una sangre con solera, ¡nada menos que cosecha de 1859! —se relamió los afilados colmillos que mostró de forma fugaz.
—Tenías razón Ivan —dijo el zombi—. ¿Sigue en pie tu oferta?
—¡Naturalmente! El conde Ivan Ivanovich Drakulovsky von Hunsterblich siempre mantiene su palabra —afirmó poniéndose la mano en el corazón con gesto serio.
—¡De acuerdo, mi sangre a cambio de tu Testarossa! —exclamó con un suspiro—. Pero una vez que te la bebas no me pidas que te lo devuelva.
—La duda ofende, querido amigo Boris —replicó el vampiro.
—Hecho, vayamos a tu castillo, pero yo conduzco, que tú vas como loco y yo todavía quiero no-vivir muchos años más.

Secretos - Olga Liliana Reinoso


Hay secretos que corroen el alma. Son monstruos que se agigantan con el tiempo, que trepan como enredaderas por la medianera entre el alma y el cuerpo hasta alojarse en la garganta. Y allí se desparraman, empetrolan, piquetean la libertad de ser feliz.
Pero hay otros secretos que son abeja destilada, dulce manta de viaje hacia las galas del placer, pasaporte de lujo al paraíso.
Y si, además, hay cómplices punibles que sellaron su boca, cada vez que se cruzan las miradas, que se desliza una mano negligente, que se espolvorea un beso distraído y se obsequia una palabra pimpollosa, el secreto renace, nos habita, nos toquetea por dentro, nos urgencia.
El cómplice se va y uno se va de polizón en su cabeza. Los dos saben que hay una ceremonia “dejá vú”, que otra vez el incendio es implacable.
Este secreto es una obra de teatro multipremiada que convoca otra vez los aplausos y destella sonrisas en los días siguientes para que los de afuera conjeturen: “qué boluda”.
¡Ay! Si supieran.

Breve historia de la decantación - Adriana Med


La mezcla (combinación de dos o más sustancias en la que no ocurren reacciones químicas) A estaba perdidamente enamorada de la mezcla (combinación de dos o más sustancias en la que no ocurren reacciones químicas) B en secreto y no se atrevía a hablarle. A menudo se preguntaba: ¿Será realmente heterogénea (mezcla formada por dos o más componentes que se distinguen a simple vista)?, pues corría el rumor de que era reprimidamente homogénea (mezcla formada por una sola fase de la que no pueden distinguirse sus partes), como suele pasar en estos casos.

La masa (magnitud que cuantifica la cantidad de materia de un cuerpo) cayó por su propio peso (medida de la fuerza que ejerce la gravedad sobre la masa de un cuerpo) y nuestros cachondos protagonistas formaron una hermosa mezcla de cuatro componentes bajo el sol de la Toscana. Todo parecía maravilloso y mágico hasta que, ay, se acabó. SE ACABÓ. Firmaron los papeles de la decantación (método físico de separación de mezclas heterogéneas basado en la diferencia de densidad) y ésta se llevó acabo un frío 24 de abril entre elementos y sustacias puras.

Tomado de: http://ellatienehambre.blogspot.com/

Sobre la inmaterialidad - Vladimir Kultyguin




El cielo, ¿existe o no existe?
La luna, ¿flota o no flota en el cielo?
Las nubes, ¿cubren o no cubren el rostro de la luna?
La lluvia, ¿cae o no cae de las nubes?
La hierba, ¿crece o no crece con la ayuda de las nubes?
El sol, ¿calienta o no calienta la hierba?
Muchas otras preguntas ocupaban el cerebro de Fernando mientras estaba de pie en el ascensor, con la comunicación ausente. Ya había contado el enésimo minuto cuando vio reaparecer la iluminación; debía alegrarse mas ¿cómo hacerlo si comprendes que no existes?
Es bastante fácil figurarse cosas cuando uno está parado en un ascensor sin señal alguna de lo que sucede a su alrededor. ¿Acaso existen el ascensor, la casa y todo este inmenso cigarro que es el mundo de las ciudades?
Aquí hay un problema más: si todo esto es así, ¿cómo pudo pensarlo Fernando? ¿Cómo puede pensar o hacer alguna cosa?
Si hubiera dejado caer sus llaves al suelo del ascensor, no las habría podido tomar: habrían atravesado todo hasta los cimientos del edificio, pasando por todo lo colorido y descolorido en lo que pensamos como "Tierra", hasta llegar a un espacio-tiempo donde no hay ni lo uno ni lo otro, y por donde no se puede pasar si no se camina.
Pero también estaría privado de la posibilidad de tomar las llaves del suelo por la razón de ser él mismo compuesto por cosas parecidas a estas llaves, y por ello inmaterial. Logró hacerlo pero a costa de un movimiento exagerado, inseguro, temblando. Las puertas se abrieron, y pudo entrar (¿salir?) a la escalera encerrada entre paredes pintadas de azul.

Presentación - Jorge Ariel Madrazo



A Javier Villafañe, i.m.

De entrada nomás te sorprende la disposición de las sillas, injertadas unas en otras de un modo que suponés casual. Pero basta sentarte y quedás acollarado por un andamiaje de cuerina, de rodillas propias y ajenas. Y nalgas, horrendas nalgas, deleitosas nalgas. Estas últimas, lo sabes bien, incitan a la femenina seda a resbalar con languidez. Y sobre ella, las puntas de tus dedos.
Sentarse allí era un acto de arrojo al que te lanzaste sin pensarlo. Y allí estabas, apoltronado, soñando (el diablo sabe por qué) con «Rose of Picardy» en las grabaciones de Al Jolson e Ives Montand. La primera, de 1949, cuando con unción guardaste tu flamante libreta de enrolamiento; la segunda, del 80, el mismo año en que quedarías prisionero de una silla Tudor, dentro de un saloncito empenumbrado en reflejos celestes, esperando algo. ¿Tal vez a Fred Astaire, con su media sonrisa en aquel old fashion way? ¿Quizás una visión espléndida y distinta, como la que suspiraron los colonos Juan Cruz, Santiago Armella, Wladimiro Katz y Hermenegildo Aguirre, quienes al atardecer del 17 de setiembre de 1934, en las inmediaciones de Cerro Redondo, allá por Olavarría, embobados pero sin extrañeza vieron surcar el cielo a la poetisa Felipa Salgado, igual a un esquife, tan arriba y tan tranquila? ¿O estarás esperando una nueva, infinita función de «El Caballero de la mano Roja» y su villafañesco caballo «Temerario»?
Las caras de los contertulios empiezan a borrarse. Brota de ellas, en crescendo, un coro: «Rose of Picardy», «In the old fashion way». Felipa sobrevuela tu cabeza.
Tantos hechos te impidieron constatar el cerrojo de las sillas presionando a tu cuerpo enflaquecido. El momento cuando unas nalgas te oprimieron; primero te ganó una estimulante excitación, luego supiste: te arrastraban hacia el fondo, al subsuelo donde moran los insectos y adonde fluirán (algún día) tus cenizas.
Rogaste por auxilio, casi sin esperanza. Desde el escenario proseguía, imperturbable, la erudita presentación de un poemario a cargo de una profesora en Letras provista, cómo no, de esos anteojos de carey. En eso, Felipa Salgado arrojó, desde lo alto, su cable de heliotropos. Y por él trepás, jadeante. Hasta donde Temerario te aguarde sudoroso, entre brincos a lo Fred Astaire y en aquel viejo estilo elegante. Hasta un espacio abierto donde no te alcancen, ya, los poéticos aplausos de la jauría.

Golem en Viena - Héctor Ranea


Pasa todas las noches, guiado por una joven coja. Ella apenas lo puede arrastrar porque a veces extravía la palabra que lo mueve. El Golem pasa por ser un viejo vestido de negro, con barba y cabellos largos, trenzados bellamente y blanquísimos, pintados adrede con un buen minio. El sombrero de ala ancha, rígido, apenas se mueve cuando él camina. Sus piernas son maquinarias complejas, pero sus movimientos casi no reflejan tanta ingeniería y se arrastran con dificultad, rígidas y metálicas debajo del pantalón negro.
Cuando pasa cerca de los muchachos del bar italiano, ellos dicen escuchar la suave canción de la coja que a veces responde una voz triste, grave, que parece ser la del viejo.
Los mozos japoneses de la esquina aseguran que no es humano y la presencia de la hembra coja parece darle un escalofriante valor de verdad a su aseveración. Lo cierto es que nadie nota que cada vez que sale de su casa, un cuervo inquieto se transforma en gárgola de piedra gris, como su lomo.
Cuando lo pude ver, la camisa blanca se destacaba sobre el fondo negro de su traje y el negro paño vienés de su sombrero. Caminaba mal, apenas se mantenía en equilibrio, rolando como una nave mal estibada en cada paso. Ella lo sostenía aún con su cojera pero con la desesperación pausada de quien se enfrenta a un cataclismo.
De pronto, la campana desafinada de Juan de Nepomuk pareció despertarlo. La joven escribió algo sobre un papel pardo hecho con sisal de momias y se lo enfiló en la boca al viejo que comenzaba a pisar sobre cada paso. Entonces el viejo volvió a su inconsciente caminata, como antes de la campanada.

Deidad en desgracia - Damián Cés



Síganme, y me darán la razón. Así es, no soy inmune a este gélido viento que cala mis tegumentos y dispara diminutos cristales de sílice contra mis ojos.
Descuiden, el galpón oxidado y erosionado frente a la vieja e inutilizada estación de tren, nos dará cobertura. No importa que de sus paredes sólo quede el esqueleto de metal, que sean pocas las chapas de su calva techumbre que rechinan al son del vendaval y, que de sus vidrios apedreados, quien sabe si por los borregos o por las esquirlas, solo queden vestigios esparcidos en el suelo. Ellos no nos verán, los estúpidos, no nos verán. No, sé los aseguro, cómo podrían, si siempre nos ignoraron.
Espérenme aquí, quiero hacer esto solo. ¿Ven aquel que está justo frente a mí?, es el peor de todos, mi peor enemigo, puedo oler su sudor. Cree verme con esos desmesurados ojos grises. Maldito ciego, jamás lo logrará.
Ahora observo sus desagradables testas, desde aquí, parecen un hato de hongos.
¿Qué si tengo algún reparo a lo que estoy por hacer? ¿Qué si no temo a los remordimientos? Claro que no. Es una pregunta retórica, ¿no es cierto? Ustedes saben bien lo mucho que nosotros hemos sufrido ¿O acaso su jerarquía no se los permite? Además, no sería el primero, no, ni de cerca. ¿Pero porqué me miran así? Un momento, acaso debo refrescarle unas cuantas cosas, increíble.
Cuando llegamos, los primeros, estos seres eran unas pobres bestias. Tanto fue lo que aportamos, que pronto nos adoraron y rindieron tributo. Era algo que particularmente yo, no buscaba, aunque sé que algunos de mis compañeros, incluso me temo, que a varios de ustedes, les gusta, lo disfrutan, realza su ego a limites insospechados ¿No es así? Pero yo sólo quería integrarme con ellos. Por eso conocí a Asher, y desaparecimos por un buen tiempo, en un vano intento por tener nuestra propia y sencilla vida. No funcionó como hubiese deseado y por ella, acepté regresar. Pero todo había cambiado. Una nueva raza dominaba el lugar y me desconocía, me ignoraba, me discriminaba. Lo peor fue que el viejo pueblo también me negó. No, ya sé, esa no es una razón suficiente. Sí, también sé que es algo que le ocurrió a muchos de nosotros y en los lugares más disímiles, ¿pero saben qué? ninguno de ustedes sufrió el despecho que tuve cuando Asher se enamoró de unos de estos nuevos hombres.
Claro que intenté entender, ¿o me creen tan idiota? Primero me alejé y me dije que no me merecía. Luego intenté reencontrarme con ellos y volví a ayudar para que vieran en mí a un amigo. Pero jamás reconocieron nada.
Los odio, ¿entienden ahora por qué? Y quiero irme de está estepa estéril en la que estoy confinado. La única solución es matarlos, matarlos a todos, y es lo que voy a hacer en este preciso instante.
¡Qué! ¡No, esperen! No pueden, soy uno de los suyos, no, no…

No entiendo a mis amigos- Miguel Dorelo




No es que sean raros, no me malinterpreten; son personas comunes y corrientes, como deben ser los de ustedes.
Yo creo que el problema más bien es de comunicación.
Paso a explicarles: resulta que hace un tiempo conocí a una señorita en un evento cultural de esos a los que me invitan habitualmente (bueno, en realidad tuve que pagar la entrada, pero me habían dicho que concurriera), y aunque soy de aquellos que no creen en eso del amor a primera vista, luego de ponerme las gafas cambié totalmente de opinión.
Me acerqué a ella y traté de impresionarla; le conté que era escritor, que publicaba habitualmente y que tenía lectores en prácticamente todo el mundo. Evité en todo momento hablar sobre blogs e Internet, por supuesto.
Como suele sucederme en estos casos, creo que no la impresioné lo suficiente.
—En otra ocasión charlamos con más tiempo —me dijo mientras se retiraba con rumbo incierto y demasiado velozmente para mi gusto.
Como no soy de resignarme fácilmente, al instante siguiente de que la dama despareciera, ya estaba planificando la estrategia de conquista; inclusive ya mi mente había urdido un nombre para el intento: “Operación ninfa”. Reconozco que mi hábito de ver películas clase “B”, están influyendo demasiado en mí.
El plan consistía principalmente, en concordancia con mi método preferido de vida, en aprovecharme de la experiencia ajena. Me decidí completamente y a la mañana siguiente empecé a hacer los contactos correspondientes.
Mis amigos y yo formamos una especie de cofradía; cuando alguno de nosotros necesita de la ayuda o el consejo de los demás, organizamos una reunión y tratamos en lo posible de solucionar el problema del que lo solicita.
—Otra vez el “enamorado precoz” —comentó uno de ellos. Hice como que no lo escuchaba.
Ya reunidos, planteé mi situación y rápidamente comenzaron a llegar a mis oídos los consejos que cada uno de ellos creía más conveniente.
—Encará derecho al arco y en cuanto abra la defensa se la mandás a guardar —aconsejó Juan, fanático del fútbol.
Pedro, abogado de profesión planteó —Exponé tu caso. No trates de ser sincero ni nada de eso, suele ser contraproducente. Lo importante es ganar, la verdad es relativa. Si te rechaza, apelá o tratá de extorsionarla con algo de su pasado.
—Lo principal pasa por planificar bien la operación —dijo Esteban, el cirujano.
—Mentí, mentí siempre. Prometele cosas aunque sepas que no vas a cumplir, suele ser muy efectivo —acotó Fernando, político de raza y recientemente elegido como diputado provincial.
—Lo mejor es dormirla. Después le hacés lo que tengas ganas —saltó Ariel el anestesista, que es un poco degenerado pero buen tipo.
Francisco, el millonario del grupo hizo su delirante aporte a la causa —Le comprás un vestido de un buen diseñador y se lo mandás a la casa junto a una docena de orquídeas. La pasás a buscar en una limousine, van al mejor restaurant de la ciudad, y luego de la cena le regalás una tiara de diamantes o un anillo importante que haga juego con sus ojos. No puede fallar.
— ¿Y para qué querés la aprobación de ella? —se asombró Ramón, el violador.
—Te hacés pasar por alguien inofensivo y simpático, te insertás en ella, le hacés creer que sos indispensable para su buen funcionamiento y después la manipulás a tu antojo —afirmó Javier, hacker especialista en troyanos.
—Vos tendrías que dejar de mirar para otro lado y prestar más atención a las oportunidades que tenés a tu alrededor. Permitite una pequeña licencia y te juro que no te vas a arrepentir —acosó Miguel...Aunque el prefiere que lo llamemos Carla.
— ¿Quién te dijo a vos que la felicidad es tan fácil de alcanzar? Muchas veces nos engañamos creyendo que el amor soluciona todos los problemas y no nos damos cuenta que es un espejismo, una ilusión pasajera. La mayoría de las veces es un mecanismo de autodefensa para ocultar traumas de nuestra infancia, algún destete temprano; o inclusive de cuando éramos solo un feto en el vientre de nuestra madre y ni siquiera estábamos seguros de si realmente ella deseaba nuestra venida a este valle de lágrimas —pudrió todo Alberto, el psicólogo.
—De todas maneras, te va a terminar engañando —concluyó Martín, el cornudo crónico del grupo.
Fue en ese momento que decidi dar por terminada la reunión. Disimulé lo más posible mi decepción y saludé cordialmente a cada uno de ellos, después de todo seguirán siendo mis amigos.
Quizás el problema pase por mí, pero no logro entender de qué me están hablando. O quizás todo pase por la incapacidad de desprendernos de nuestra idiosincrasia cuando debemos hablar de un tema y todo pasa por nuestro exclusivo punto de vista.
De todas maneras siempre hay un lado positivo: la charla con mis amigos me sirvió para darme cuenta que no vale la pena complicarse cuando hasta ahora, si bien no lo ideal, con las manualidades que me acompañaron durante gran parte de mi vida, también puede alcanzarse la felicidad.

Murmullos de Juan Rulfo - Mónica Sánchez Escuer



A mi padre, admirador de Rulfo, en el cumpleaños de ambos

Dicen que no nació donde nació, que a él le gustaba esconderse en sus historias. Sí, dicen que Juan Rulfo era una aparición de Juan Rulfo, por eso se inventaba biografías. Otros aseguran que no, que era una ánima en las calles de Comala que le dio por escribir el aliento de los muertos. Y de los vivos que aún no saben que están muertos. Y de todos los ruidos del dolor y de las ganas en el tallar de los cuerpos. Dicen que miraba mucho el cielo y que ahí encontraba las figuras de sus difuntos, que se quedaba horas sentado en una piedra escuchando los chillidos del aire entre las rocas. Dicen que era callado, que sólo entre silencios y murmullos se movía, pero otros dicen que no es cierto, que colgaba frases lapidarias por todas partes, como quien sabe de los rumores de las sombras y los reparte entre la gente.
Dicen que escribía con la tierra entre los dedos, arañando los huesos enterrados, siguiendo las huellas del sol sobre los muros. Lo cierto es que sus historias nos abren el tacto de la mirada, la vista del oído, nos meten el paisaje seco entre los huesos, nos arrastran por la tierra, nos muestran, así como si nada, en una puerta, en el filo de una arruga, el perverso rencor del tiempo.
Hay quienes dicen que Rulfo era de esos escritores que ni en sueños uno puede seguirles el rastro, que su voz se nos queda pegada, pera nadie es capaz de pronunciarla.
Algunos aseguran que Pedro Páramo le quebró los dedos, que el sol de Comala le quemó las letras. Pero la verdad es que él seguía escribiendo, hablando con sus fantasmas, viviendo con los ojos y el tacto y la garganta a la altura de su cielo. Y retrataba los chorros de luz sobre una piedra, los tejidos de un tronco, la sonoridad de una tumba. Dicen que le gustaba mirar de cerquita la edad de los muros, la piel delgada de una hoja, la rugosa superficie de un gesto. Hay quienes aseguran que murió hace casi veinte años, pero algunos juran que a Rulfo se le ve en ese andar a tientas por el aire, en nuestro esquivo caminar por la penumbra entre alegres calacas de azúcar y amaranto. Porque los muertos regresan para decirnos que aquí no pasa nada, que aquí no vive nadie, que todos somos espectros, apariciones de un tal Juan Rulfo.

Tomado de: http://monicaescuer.blogspot.com/

Velocidad - Camilo Fernández


Mis dedos tiemblan al empujar la palanca de mando, la transpiración me acaricia el antebrazo. La nada del espacio se profundiza a cada minuto, como si el sol estuviera a punto de apagarse. Cuanto más me acerco a la tierra, más me aturden los gritos del silencio.
A través de la pantalla, mi querido planeta tiene el extraño tinte de la irrealidad, como queriendo confundirme. Con simples toque sobre el visor, compruebo los parámetros de viaje. Velocidad de impulso constante; distancia, menos de cinco horas. Insatisfecho, prefiero estirarme hasta la escotilla y ver el azulado reflejo de nuestra vieja roca a la deriva.
Han pasado cuatro años desde que dejé mi hogar, y más de cinco desde que decidí enredarme en este extraño experimento psicológico, o “Psicoespacial” como me gusta llamarlo.
Pocos tuvieron el coraje para registrarse en el programa, y muchos menos de acercarse al final. Los que lo logramos, fuimos asignados a diferentes regiones aisladas de nuestro sistema solar, en bases que si bien eran poco menos que improvisadas, proporcionaban más comodidades de las que yo conocía.
Reviso los cálculos. Aún estoy a tiempo. Ingreso los cambios. Los odio... y me odio por darles la razón.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com

Impertérrita - Giselle Aronson


No encontré un calificativo más adecuado, entonces dejé de adjetivarla y declaré que ése sería su nombre.
Impertérrita se había presentado a un concurso que elegiría al nuevo jefe de trabajos prácticos de la cátedra de Educación y Ética, de la cual yo era creadora y profesora titular.
Ya me había asombrado al leer el examen requerido para el puesto, las palabras precisas, la síntesis buscada, interpretaciones adecuadas. Sobresaliente.
Volví a sorprenderme cuando se presentó a la entrevista personal. Impertérrita era todo lo contrario a lo que mi prejuicio había aventurado. Tenía esa clase de belleza zonza que portan las caras de rasgos perfectos. Cada cosa en su sitio y en equilibrada proporción. Iba prolijamente vestida con colores armónicos, la ropa se ajustaba a su figura elegante. El cabello, de un lacio y un color inmaculados, ni una sola mecha fuera de lugar. Sus manos lucían uñas recortadas y barnizadas de un esmalte inalterable.
Durante la entrevista, Impertérrita contestó cada pregunta con voz clara y respuestas certeras. Dijo cada una de las cosas que los profesores presentes queríamos escuchar.
Toda mi naturaleza femenina luchó para no caer en la inevitable comparación y sin desearlo me vi despeinada, con la ropa que trabajosamente había logrado seleccionar de mi placard, mis dedos llenos de anillos y las uñas sin pintar, básicamente maquillada, con mi hablar atropellado y la risa estentórea, la punta de las botas gastadas y las raíces del pelo descoloridas. No me acuerdo de qué pretexto me valí para dejarla fuera de carrera y elegir a otra candidata como profesora. Sólo sé que tanta perfección no me pareció real.
De todas formas, cada año, cuando me dispongo a dar la clase “Los valores y la ética en el aula”, me acuerdo de Impertérrita.

Peor el remedio que la enfermedad – Sergio Gaut vel Hartman


Sus padres lo habían llamado Jonas por Salk, el biólogo que desarrolló la primera vacuna eficaz contra la poliomelitis. Pero a él no le gustaban los médicos, no le gustaban hasta el punto de que prefería retorcerse de dolor antes de aceptar ir a un hospital o un consultorio. Su extremismo terminó siendo obsesivo y perverso, y durante su juventud se enroló en una suerte de militancia que elegía a los profesionales de la medicina como blanco de sus agresiones. Pero Jonas no era necio. Desconfiaba de los hombres que ponían en práctica los avances científicos, no de la ciencia en sí misma. Por ese motivo, a medida que fue envejeciendo, empezó a pensar cómo se las arreglaría para no morir de alguna estupidez, ya que su fuerza de voluntad no sería suficiente para evitar la enfermedad y el envejecimiento. Y la solución llegó de la mano de la informática. Adicto a las computadoras desde su aparición en el mercado, no tardó en advertir que, si lograba describir con precisión los síntomas de una dolencia, podía obtener una respuesta a cualquier pregunta utilizando Google. Así se curó de una laringitis, de una mastoiditis y de una endocarditis sin necesidad de visitar a un médico. Poco a poco se convirtió en un experto y no tardó en estar adecuadamente preparado para enfrentar a las amenazas mayores como el Parkinson, el Alzheimer, varios tipos de cáncer y la terrible Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. No estaba equivocado. Fue resolviendo los problemas a medida que se presentaban, y al cumplir 70 años, Jonás pudo decir, orgulloso, que tenía una salud de hierro y que ninguna enfermedad podía matarlo, que todas aumentaban su fortaleza.
Murió de sobredosis informática el mismo día en que Google inauguró los buscadores de implante craneal.

Problemas de desconexión - Jason Fischer


Sr. TempID # 701536
(anteriormente conocido como Cyrus J Willard)
c / o YMCA Hostel
55 Jeff Kennett Boulevard
NEW MELBOURNE VIC 9001
AUSTRALIA

17 de septiembre 2078

RE: PROBLEMAS DE DESCONEXIÓN POR FALTA DE PAGO DE LAS TASAS

Estimado Sr. TempID # 701536,

Según nuestra reciente correspondencia, reiteramos que su identidad ha sido revocada. Ahora se han agotado todas las vías de apelación jurídicas y queremos recordarle lo siguiente:

• Sus derechos a la identidad conocida como Cyrus J Willard han sido vendidos a un nuevo cliente, junto con todos los derechos subsidiarios (domicilio, pareja, empleo e historial de crédito).
• Tras una serie de enfrentamientos altamente inapropiados, se adjunta una orden de restricción que prohíbe que usted se ponga en contacto o se acerque a Cyrus J Willard, Stacey Willard y Cyrus J Willard Jr.
• Cualquier intento de seguir en contacto con Stacey Willard puede ser considerado causal de divorcio por falta, en cuyo caso Cyrus J Willard recibirá automáticamente el 100% de los activos maritales según el acuerdo prenupcial firmado por usted mismo.

A continuación del pago INMEDIATO y TOTAL de su deuda pendiente de pago, podemos ofrecerle una nueva identidad. Puede elegir entre los siguientes paquetes:
a) Básico - El paquete Básico mantiene su TempID por una tarifa mensual baja, permitiéndole acceder a servicios públicos básicos, membresía en instituciones financieras y derechos de voto.
b) FreshStart - ¡Con una cuenta FreshStart usted puede empezar una nueva vida, bajo el nombre (disponible) de su elección! Viva a la manera antigua, estableciendo relaciones, empleo y crédito.
c) LuckyDip - El paquete LuckyDip ofrece una identidad de segunda mano. ¿Quiere ser médico, técnico de saneamiento o servidor público? Le proveeremos todos los aspectos de identidad de un moroso aleatorio.

Tenga en cuenta que su TempID ha sido proporcionado a usted gratuitamente durante este difícil momento de transición, pero expira en un mes. La no-identidad es un delito federal.

Atentamente,

Atención al Cliente,
Identicaticorp


Traducción de Saurio.
Original en The Daily Cabal

Dolor en las rodillas - Héctor Ranea


¡Ay! Ahora viene el hombre de las mil voces y me pide que bese la puerta. Obedezco a medida que el sol cae y no me preocupa que todo siga girando mal a medida que la pintura no me obedece más. Tal vez el pomo de la puerta sea dulce. Quién sabe. Con este hombre con los ojos en la cabeza nunca se puede saber. Es más. Ayer me pidió que me ajuste mis calzones. Ahora el dolor de besar la puerta, ayer el dolor en las rodillas debido al ajuste. Claro. Él porque tiene los ojos en la cabeza, pero nosotros, los seres del súcubo, con nuestros ojos dentro de los calzones, tenemos serios problemas de dolor en las partes cuando nos tapan los ojos. Y eso sin contar con los cuentos que tenemos que leer con los calzones tan ajustados. En realidad, no sé si no será mejor volver y no intentar invadir este planeta llena de gente que besa puertas, fastidia los calzones y cierra días con azotaínas y verborragias. Sí. Mejor le digo al líder alfa que nos vayamos de acá cuanto antes. Se lo digo no bien logre sacarme los calzones de los ojos.

La costa del mar de la isla de Seto - Lucila Pinto


Un sacudón sin viento y Japón llegó a Buenos Aires. Así, seco, bruto. Por sobre todas las cosas, atemporal. Hiroshímiko. Ya por esos años, pocos para una vida, debía haber escuchado la teoría, que si se hace un pozo en Argentina se llega a Japón. Cuatro años debía tener. O tal vez faltaban cuarenta y cinco para mi nacimiento. La cosa es que una bomba explotó en Japón y se sintió en Buenos Aires. A mí no me lo contaron, lo escuché.
Años de recapacitación, meditación, aproximación, teorización y otros ción y la conclusión es esta: Promediaba el año 1944 cuando. O mejor empezar con: Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima. ¿Hiroshima es costera? Google. Wikipedia. Érase una vez un joven japonés llamado Asakusa Yanurabi, criado en la costera y apacible, por ese entonces, ciudad de Hiroshima, que fue fundada en 1589 sobre la costa del mar de la isla de Seto, y tiene una población estimada de 1.157.962 personas, una densidad de población de 1.279, 5 personas por km² y una superficie total de 905,01 km². Asakusa era un muchacho tranquilo. Un muchacho tranquilo suena mediocre. Asakusa no llevaba el viento en la sangre, como todo buen muchacho japonés, cortés y burgués, sabía reprimir en tiempo y forma sus instintos y pasiones. Respetuoso de quienes lo precedieron en el honor de portar su mismo apellido, es decir, sus mayores, disfrutaba de pasar horas mirando el cielo y el mar (la costa del mar de la isla de Seto), permitiendo a su mente deambular por rincones éxoticos de su imaginación, mientras pretendía escuchar las historias que su abuelo remitía. Una tarde de marea baja, en el que la ausencia de viento y olas obligaba al joven a atender las palabras del anciano, se enteró de la teoría. Fue una revolución para su intelecto chaval enterarse de que un pozo en Hiroshima lo arrojaría en Argentina. Allí el General se imponía como figura central de la política y la sociedad, un terremoto destruía la ciudad de San Juan y cincuenta años más tarde lo mismo haría una bomba con la Asociación Mutual Israelita Argentina. Efemérides.
Los días de Asakusa Yanurabi se volvieron monótomos, con un objetivo escrito en su frente que perturbaba su visión en el espejo por no verse realizado. Primero fue una cuchara, después una pala y por fin un sofisticado sistema extraetierra. La locación cuidadosamente premeditada, lo más lejos posible de la playa, de la costa del mar de la isla de Seto, porque su experiencia le dictaba que cuando se cavaba en la arena pronto emergía el agua del agujero. Cacofonía. Agua agujero.
Y la parte trágica. Acá hay que cuidar que el tono sea trágico, bien dramático. Signos de exclamación, ahí va. ¡Aquel pozo que no representaba otra cosa que un agujero profundo, cual la profundidad del mar de la isla de Seto, en la infancia y en la inocencia de Akakusa Yanurabi! Y la tierra que de él extraía, que no era sino el vestigio, las ruinas de lo que algún día sería. ¡Un gran hombre! Padre de jóvenes tan prudentes como él lo había sido mientras cavaba, cavaba y cavaba agotando a cuentagotas la fuente de su juventud. No eterna, efímera, juventud pura. Esposo, más que eso, ¡fiel compañero!, de una hermosa doncella que cuidaría su virtud, ¡hasta la noche de su boda!, para después cuidar de él, de Asakusa, hasta que este pereciera en su lecho. Todo eso sería. No, no sería. Todo eso hubiera sido a no ser por la bomba, por la implosión que con ella se llevo el pozo y la joven vida.
Y acá viene lo contario de una analepsis, porque es para adelante. Buenos Aires a destiempo. Corría el año 1994. Las suelas de los zapatos de una mujer fueron sacudidos de su estable contacto con el piso, una leve pero notoria vibración subió por su cuerpo recorriéndolo hasta llegar al lugar donde se les atribuyó una significación que fue posteriormente relacionada con una noticia leída en el diario. Cincuenta años tardó el estruendo en atravesar el agujero zurcado por Asakusa Yanurabi y llegar a los cien barrios porteños. A uno de ellos, al menos, llegó, como un eco japonés, hiroshímiko, el temblor desde el mar de la isla de Seto. Como un sacudón sin viento. Partículas de aire japonés volando por Buenos Aires. Y qué extraño, estadounidenses, japoneses, judíos y menems estaban involucrados en la cuestión. Y cabía en la unión de esos dos átomos de oxígeno la política, la violencia, la guerra y la estupidez.
Otra no queda, tiene que haber sido así, sí o sí.

Uninfiernotriangular - Mariela Anastasio


Atrapada en un espacio raro. Tengo que contarlo para que se entienda de lo que hablo, aunque creo que yo misma nunca lo entenderé. Un lugar amplio, asfixiante por lo extenso, por lo infinito. Todo cielo (azul oscurísimo, sin luna), y un suelo dividido en enormes triángulos, que por su perfección parecían diseñados por el hombre, pero que a la vez revelaban algo más extraño, como de otro universo. Los triángulos estaban dispuestos en calidoscopio, repitiendo cuidadosamente sus materiales: madera lustrada, finísima, mármol verde, tierra rojiza recalcinada, granito blanco y arena. Detrás un manto azul.
¿Qué era aquello?
¿Por qué me sentía tan vacía y triste en aquel lugar?
Más tarde lo descubriría: aquello era la nada. Hacia donde mirara, allí y aquí, los triángulos se multiplicaban infinitamente, y el manto azul que parecía ser el horizonte —tal vez el límite y tal vez la salida— se me alejaba ilusionándome en vano.
¿Estaría muerta?
Se oyó un eco. Un eco de mi voz que no era mi voz. Una repetición distorsionada.
Giré mi cabeza… giré… giré: me encontré con otra mujer, vestida igual a mí. Igual a mí.
Nos miramos largamente.
Caminé hasta ella. Los pasos me parecieron años.
Efectivamente algo pasaba con el Tiempo, porque cuando llegué, ella había envejecido.
—Vos también estás vieja —me dijo.
Miré mis manos y descubrí la piel sin gracia, ajada, transparente.
¿Quién era ella?
¿Quién era yo?
¿Nos conocíamos?
El lugar me aterrorizaba: sin tiempo, sin caminos. Una nada que se extendía en nada hasta el hartazgo.
“Este es el infierno”, pensé.
—El infierno —repitió.
—¿Vos sos yo? —dije tímida.
La mujer me dio la espalda. Caminó en dirección a lo que parecía ser un mar azul y desapareció.
Algo inesperado pasó entonces. Una luz atravesó el espacio, y pronto advertí que se trataba de un tren que venía a buscarme. Un tren sin pasajeros ni conductor.
Subí en silencio.
Al sentarme, era otra vez una mujer joven.
¿Adonde me dirigiría ahora?
El tren surcó triángulos.
¿Qué era aquello? No lo entendía.
Estaba sola y los pensamientos me abrumaban.
“El infierno”, me repetía la voz.
Quise morirme, pero no pude.
La eternidad fue mi castigo.
Yo sin mí.
Los triángulos perfectos.

Morfeo - Guillermo Fernando Rossini


La morfina es una potente droga opiácea usada frecuentemente en medicina como analgésico. Fue bautizada así por el farmacéutico alemán Friedrich Wilhelm Adam Sertürner en honor a Morfeo, el dios griego de los sueños. En la mitología griega, Morfeo (en griego antiguo, de morphê, ‘forma’) es el dios de los sueños. Según ciertas teologías antiguas, es el principal de los Oniros, los mil hijos engendrados por Hipnos (el Sueño) y Nix (la Noche, su madre), o por Hipnos con Pasítea. Era hermanastro de Tánatos (la Muerte).

Las dosis de morfina eran cada vez más altas.
Postrado en una cama de hospital, esperando que la muerte anunciada por los médicos llegara, Tomas empezó a tener un sueño repetido. La primera vez que lo tuvo, soñó que podía viajar en el tiempo y llegar hasta esa noche en que la vio por última vez. Se encontró sentado frente a ella, en aquel bar, apenas prestando atención a lo que ella le estaba diciendo. Se sirvió más vino y esperó a que María terminara de hablar, sin dejar de mirarla. Cuando ella bajó la vista, él le tomó la mano y le dijo que la amaba. El sueño, recurrente, llegaba siempre hasta ese instante. Después, el dolor lo despertaba
El médico de la mañana entró, lo revisó y anotó algo en la historia clínica colgada a los pies de la cama. Le preguntó si le dolía mucho y Tomas contestó que el dolor ya no importaba. El joven doctor lo miró como evaluando la respuesta, y, sin decir nada, siguió su recorrida por las otras camas de la sala. Tomas quería volver a dormirse para seguir soñando. Recién con la dosis de la tarde, pudo volver a dormir. Esta vez, el sueño era algo confuso, diferente: María estaba mirándolo fijamente, con ojos extraños.
—Anoche tuve un sueño muy raro —le dijo ella, con tono grave.
—Contame —dijo Tomas, ya sin dolor.
—Soñé que viajaba en el tiempo, al futuro. Y te iba a buscar a un hospital, y me llevaban a una sala llena de camas con gente moribunda.
—Seguí, por favor. —Algo anda mal, pensó. ¡Llamen al medico de guardia, por favor! (“¿Y esa voz?” —pensó-soñó-imaginó— Tomas).
—Yo te buscaba entre las camas —siguió contando María—, y no te encontraba. Me iba de ese lugar con una tristeza enorme, porque sabía que tenías algo que decirme.
Salieron a la calle y el amanecer los encontró abrazados en algún lugar. En un momento, Tomas recordó lo del sueño de María
—Vos sabes que esto no está pasando ¿no?
—¿Qué decís?
—En realidad yo nunca te dije que te amaba, esa noche cada uno se fue por su lado y el tiempo nos alejó cada vez más, hasta que el olvido hizo su trabajo. Nunca más te vi.
Ella lo miró asombrada y lo besó. Él se dejó llevar por sus labios hasta lugares inexplorados, inclusive por la morfina.
Pero no por la muerte, que también estaba besando el alma de Tomas.
La enfermera la llevó hasta la sala común y le mostró una cama vacía.
—Se lo llevaron esta mañana. Murió mientras dormía. ¿Usted era familiar?
—No precisamente —dijo la mujer.
—¿Viene de lejos?
María no contestó. Cuando la enfermera se alejó, se recostó en la cama y apoyó la cabeza en la almohada, esperando soñar.

Partida - Patricia Ortiz


Si la hubieran visto esa tarde a Clarisa, caminando por el campo, con su gran bolsa blanca al hombro y su carretel infinito de hilo azul, cualquiera hubiera pensado que se trataba de otro de sus juegos. Pero ese día, todo el pueblo estaba distraído, era un día especial ¡un velorio en el pueblo! Tanto era el rumor que corría por las calles que se levantaba polvareda.
—Es el hijo del abogado, parece que era medio rarito, comentaba doña Clotilde.
—¡No me diga! Yo en la panadería escuché que era el sobrino del alcalde, ese alto buen mozo, el que no iba nunca a misa, contestó doña Erminda.
—Nooooo, no diga, doña, ¿el Aníbal? Quién lo iba a decir, tan joven.
No se sorprendieron cuando vieron a Raquelita, la esposa del doctor, caminando calle abajo con un ramo de margaritas; ella siempre era la primera en llegar a los velorios, con un dejo de tristeza muy bien dibujado en sus ojos, y sus recitadas condolencias a flor de labios. Atrás de ella, a unos cuántos metros de distancia, una procesión de viejos y jóvenes, algunos niños, la seguían intrigados... Raquelita se detuvo frente a la casa del alcalde. Golpeó la enorme puerta de caoba con sus nudillos y doña Carmela compungida, abrió de par en par las puertas de la casa. Se apresuraron los curiosos, ocuparon todos los rincones del recinto espacioso, para observar absortos que el muerto ¡era el mismísimo alcalde del pueblo! Un ataque al corazón, comentaba la viuda entre sollozos. Salió a dar su paseo habitual esta tarde, y a duras penas llegó otra vez hasta aquí; quedó tendido a mis pies, sujetándose el pecho con ambas manos. ¡Oh Dios! Siguieron llegando los vecinos del lugar, algunos con sonrisa satisfecha, otros pensando en quién sería el sustituto... La última en llegar fue Clarisa. Los miró a todos con un dejo de superioridad, apenas dibujando una sonrisita irónica. Sacó de su bolsa blanca un gran tablero, lo depositó en el piso. Agitó los dados en el cubilete. Un seis, un tres. Avanzó nueve casilleros con la ficha de la muerte. Resbaló desde su bolsillo el ovillo de hilo azul y se enredó, tornándose invisible, en las piernas de Raquelita. Con sólo un breve chasquido de dedos, volvió el ovillo a sus manos. El pueblo aplaudió; el alcalde se sentó riendo en el ataúd. Sólo Clarisa podía ver el terror en los ojos de Raquelita; ella lo había entendido. El juego había terminado.... se daba comienzo a una nueva partida, dejando atrás la fantasía.


Tomado de: http://lascosasporsunombre.blogspot.com/

Memorias implacables - Rafael Vazquez & Nanim Rekacz


En aquellas edades primigenias respaldar nuestros dichos afirmando "pongo las manos en el fuego" no nos generaba miedo alguno. Nuestros cuerpos incombustibles sostenían sin riesgos la palabra dada.
Sin embargo, ¡cómo asustaba, cómo estremecía hasta la última fibra!, comprometernos diciendo "pongo las manos sobre ella". No se trataba de temor a la lujuria de su piel bruñida ni al turbador contacto de su cuerpo húmedo. Lo único que de verdad nos aterraba era padecer la nostalgia infinita que habría que sobrellevar al apartar las manos de su epidermis. No necesitábamos tocarla para saberlo: bastaba ver los rostros macilentos, el andar perdido de quienes se habían atrevido apenas a rozarla.
Entonces éramos jóvenes y sabios, y lo ignorábamos. Crecer nos volvió audaces en demasía y nos hizo sentir capaces de soportar la táctil música de las sirenas.
Así es como ahora deambulamos con las manos extendidas y ardientes, también nosotros atravesados de melancolía, por los laberintos del fuego.

Alegato final - Miguel Dorelo


—No he sido yo, señor juez; por lo menos el yo que solía ser antes de conocerla, el yo verdadero, no sé si me comprende.
Le aseguro, su señoría, que nunca amé a alguien como lo hice con ella.
Pero, para que entienda lo que estoy tratando de expresar, déjeme remontarme hacia unos meses atrás, hasta el momento en que me enamoré perdidamente.
Soy un ser común y corriente, con buenas y malas; no me considero ni peor ni mejor que la mayoría de las personas. Usted seguramente comprenderá y justificará mi conducta luego de escuchar mi alegato final.
Al poco tiempo de conocernos nos enamoramos y como es natural, empezamos a pasar muchas horas juntos. No, no me quejo, estaba muy a gusto con ella...al principio, ya que era, como decirlo…demasiado absorbente.
—Deberías pasar más tiempo conmigo ¿O acaso no me quieres tanto como dices? —me reprochaba algunas veces.
Empecé a dejar de lado algunas cosas menores habituales de mi comportamiento y así dispuse de tiempo extra para poder estar a su lado durante períodos más prolongados.
—Pareciera que te importan más tus amigos que yo —me espetó un sábado en el que me demoré en llegar a uno de nuestros encuentros por haber pasado a saludar a Juan, un amigo de la infancia, con motivo de ser su cumpleaños.
Primero de a poco y más aceleradamente luego, fui cambiando mis hábitos para contentarla; no más partidos de fútbol los viernes por la noche, se terminaron abruptamente las partidas de póquer de los miércoles y las recorridas por librerías de viejo que solía hacer sin día ni horario fijo. Hasta tuve que regalar a mi gato Florencio porque ya no podía atenderlo.
En poco tiempo, me fui quedando sin amigos; simplemente, no me quedaba ni un minuto libre para poder verlos.
Ni que hablar de los mensajes de texto o los constantes llamados que ella realizaba hasta de madrugada. Yo que siempre me había jactado de mi placentera forma de dormir, empezaba a padecer de insomnio. Empecé a tener pesadillas; a veces soñaba que era atacado por la espalda y me ponían una bolsa de plástico en la cabeza, otras veces que sufría de un ataque epiléptico y erróneamente me enterraban vivo. O caía en profundo estanque lleno de agua lodosa; le aclaro, su señoría que no sé nadar, ni siquiera en sueños. Comprendí que el denominador común de aquellos delirios oníricos era mi muerte por asfixia.
Lo que terminó por desencadenar todo, señoras y señores, fue la fatídica frase que retumbó en mis oídos esa mañana del 14 de Octubre a las 06.15 a.m.
—Mi amorcito, estamos tan bien últimamente que creo que deberíamos casarnos —descargó sin aviso.
Fue, como quien dice, la gota que rebalsó el vaso. Me fue imposible ni siquiera imaginarme una vida con ella a mi lado las veinticuatro horas.
¿Comprende, señor juez?
Fueron estos ojos los que vieron como se desangraba poco a poco, estos oídos los que escucharon primero sus gritos y luego los últimos suspiros de aquellos dulces labios tantas veces besados; también fueron estas manos las que asestaron las siete puñaladas, una por cada mes de nuestra relación, en el cuerpo otrora amado.
Pero, ¿Fueron realmente mis manos, mis ojos, mis oídos?
No, fueron los oídos, los ojos y las manos de ese otro ser en que fui convertido por ella.
Los roles han sido invertidos, su señoría, yo soy la víctima.
Es por eso, que ante los aquí presentes, me declaro totalmente inocente.
Lo mío ha sido clara y definitivamente, un caso de defensa propia.

La Paradoja. Pablo Moreno Romero



Llevo casi toda mi vida luchando contra el miedo, que no da tregua, que habita dentro de mí. Se asienta perpetuo en la boca de mi estomago y allí permanece vigilante, urdiendo planes de conquista. Para él no existen ni el tiempo ni el cansancio. Ataca en la vigilia y en el sueño, perpetra sus incursiones, plaga mi alma de angustias y regresa victorioso a su atalaya desde donde observa su reinado y vigila para que nunca haya paz.
Tiene facciones monstruosas y cicatrices que le recorren todo el cuerpo. Su sonrisa es de hielo y su espada de fuego. En su cinto, atados con gruesa soga, porta los trofeos de sus victorias: mis fracasos en la vida; se jacta vanidoso de que gracias a él yo no soy nada. Me dice jocoso que soy un ser anodino incapaz de dar un paso sin antes consultarle. Y tiene razón.
Vimos juntos como mi mujer me abandonaba, como mi jefe me despedía, como mis amigos me daban la espalda… hasta que sólo quedamos él y yo, enzarzados en una pugna perpetua que yo siempre pierdo, metidos en una violenta rueda que no se ha roto hasta hoy.
El doctor ha entrado en la consulta y me ha mirado a los ojos.
-- Tres meses, máximo seis --me ha dicho impostando la pena en su rostro.
Un súbito alivio me ha recorrido el cuerpo y al cerrar la puerta una sonrisa ha colonizado mi rostro. Luego una carcajada y las miradas de todos los que esperan su diagnostico fijas en mí. ¡Me ha dado igual! Hacía tanto tiempo que no reía que apenas he alcanzado a reconocerme. Andaba ligero, como cuando era un niño y nada me asustaba. La enfermedad y una muerte segura me han hecho vencer la guerra.
Es una paradoja, lo sé, pero todo acabará como comenzó: sin miedo a nada.

Clavado. Alejandro Pereyra


Al principio era apenas un puntito casi imperceptible en el cielo. Poco menos que un lunar entre las colosales escenas que representaban las nubes.
Quizás fue eso lo que capturó mi atención, el hecho de parecer fijo, retenido en la piel atmosférica; aunque es sólo una ilusión, en realidad crece, amenazante, se agranda como una perniciosa mancha de aceite en el tapiz casi turquesa, casi perfecto.
Es un hombre. Puedo reconocer su forma; cae con piernas y brazos abiertos, quizás para mantener la posición, como un eximio paracaidista al que su pericia le permite no perder nunca de vista el punto de aterrizaje. Por momentos, dejo de mirarlo, pues, como la dirección de su trayectoria es cenital con respecto a mí, para verlo debo mantener demasiado tiempo la cabeza inclinada hacia atrás, lo que me provoca un irritante dolor en la nuca. Aprovecho, entonces, esos instantes de descanso para reflexionar sobre la importante decisión que debo tomar al respecto, pues el hombre se dirige, en su libre caída, directamente hacia el punto exacto donde estoy parado. Parece increíble que hace sólo un rato fuese apenas un alfiler negro clavado en lo celeste. Además, al caer con las extremidades extendidas se acrecientan las posibilidades de que me golpee al llegar. He aquí mi dilema: si abandono la posición el hombre inevitablemente se estrellará contra el suelo con toda la velocidad acumulada desde su origen puntiforme; por otro lado, si en un gesto humanitario, amortiguo su caída manteniéndome en el lugar, no puedo ni siquiera imaginar, la gravedad del daño que infringirá el choque en mi cuerpo, ya sumamente dolorido.
A pesar de la innegable urgencia, antes de tomar una decisión definitiva al respecto, espero llegar a vislumbrar al menos el rostro del hombre; quiero decir, específicamente su expresión, la cual me intriga terriblemente. A veces me parece que sus facciones son serenas, como si volara, dominando las leyes de su caída, apaciguado, como un pájaro dormido; pero me cuesta discernir sus rasgos, pues los rayos del sol punzan mis ojos, divirtiéndose con mis inútiles esfuerzos.
Ya está muy cerca, quizás unos cinco, seis metros sobre mi cabeza. Cierro los ojos para poder concentrarme y se me ocurre que en realidad es su sombra la que oblitera mi mirada. En este mismo instante comprendo que el hombre se encuentra a una distancia desde la cual podría ver claramente la expresión de su rostro; por otra parte si abro los ojos y miro, perderé un tiempo primordial, tiempo que necesito para decidir si me apartaré de la meta final del extraño clavadista, o soportaré su caída heroicamente, olvidándome de mi persona.
Metro y medio, quizás menos, me decido y por fin abro los ojos. Es un hombre normal, nada extraordinario, en cuanto a su expresión, creo que parece feliz, o al menos tranquilo, tiene los ojos cerrados, como disfrutando casi extáticamente, mientras que yo, por todo deseo, sólo anhelo fervientemente que no los abra.

Manada - Camilo Fernández


Nos reunimos apenas pasada la medianoche, protegidos por las sombras del distrito financiero. Planeamos hasta el último detalle, incluyendo los disfraces. Hombres lobo. Una genial idea del Cabezón. Cacho se encargó del sistema de seguridad, asegurándose de dejar las cámaras funcionando. Sumar algo de humor me pareció oportuno.
Después de tantos trabajos exitosos, coincidimos en que era hora de dejar una firma distintiva. Revisamos el equipo por última vez y nos deslizamos por el tragaluz. Con los planos estudiados y memorizados, no fue difícil encontrar la caja fuerte ubicada en la oficina principal. Casi me ahogo cuando descubrí que era una Luoyang. Las cajas fuertes Chinas son casi un chiste, las puedo abrir hasta con un disfraz de lobo y una mano atada a la espalda. Pocos minutos después habíamos embolsado varios miles de pesos y un puñado de monedas de oro, gentileza del dueño de la financiera. Por supuesto que dejamos los fajos de cheques, ya nadie los lleva.
Otro trabajo fácil y bien planificado. Lo único que no tuvimos en cuenta es que las cámaras no solo grababan, sino que también las chequeaban en tiempo real. La policía nos acorraló. Los diarios nos apodaron: Manada de Bobos.

Tomado de: http://2centenas.blogspot.com

Lecciones de paranoia mal aprendida 2 - Héctor Ranea


—¡Ni muerto! —dijo el condestable Conrol a su Archicondesa Venerable.
Se refería a la aplicación de siliconas en el pene para alcanzar la medida estándar del Reino y así competir por el premio de Pase una Noche con la Princesa. Que era la hija de la Archicondesa. La doncella, que llevaba quince primaveras concursando desde que había cumplido la mayoría de edad, que en el Reino se había fijado en treinta pasajes del Sol, no había podido dormir con nadie desde el primer concurso. Seguía con su doncellez a cuesta y, antes de llegar virgen a la provectitud, la Madre Deseable quería que tuviera una alegría. Pero los Reglamentos Reales sobre el Soberbio Certamen eran taxativos y rara vez se podían encontrar candidatos. Alguien había escrito en los mismos que la medida estándar de longitud peneal debía equivaler a dos manos de la Archicondesa y eso era imposible de conseguir y, cuando se lo hacía, difícilmente el miembro fuera viril. Así que la doncella seguía así, por los siglos de los siglos.
El Condestable Monrol había estado enamorado de ella antes de que estos concursos sacudieran la paz del Reino y -sospechaba la Soberana Inconmovible, la Archicondesa Venerable- había escrito dos en lugar de una mano, que era lo convencional para evitar que alguien desflorara a su amor. Pero la negativa a ponerse una prótesis era tan cerrada que las sospechas de la Madre de Todas las Madres no sabía a quién culpar. Supuso que los vecinos Pedestales eran los culpables y dio instrucciones para iniciar una guerra, convencida de que el Condestable confesaría. La apoplejía que le sobrevino la dejó sin poder de decisión y una noche el Condestable se acercó, abrió su capa con dos manos dejándole ver a ella, la Soberana Infalible, que había vivido equivocada. Y a fe de ella, con las puertas de la alegría al alcance de sus manos.

El Marqués Divino resucita un cuadro – Héctor Ranea


No cualquiera se daba en aquel entonces una vuelta por Madrid a mirar el tríptico de “El jardín de las delicias” de un holandés llamado Hieronymus Bosch. El Marqués de Sade quiso ir cuando supo de su existencia por dibujos que una pupila en el burdel de la Rue du Beaux Seins copiaba para divertir a sus habitués. Al joven Marqués lo fascinaban esas escenas de gente desnuda y diminuta en un parque dedicado a la lujuria y la lascivia, que para él no eran lo mismo, entreteniéndose solos, de a dos o de a varios.
En una calesa de gran alcance llegó a Madrid y se dedicó a buscar el lugar de tal excepcional regalo de los dioses. No poca sorpresa le causó saber que estaba en El Escorial, nada menos que el fasto templo del ascetismo fanático, y ahí se fue a visitar a un amigo, Marqués como él, cortesano por entonces, de un reino vestido de negro.
Unos sirvientes pícaros y amigos de los Luises de oro, le mostraron el cuadro a la luz del día pero escondido de la vista de todos. Ahí, de Sade tuvo el tiempo necesario para anotar todo lo que veía y gozaba con exquisitez de aquello con que se regodeaban en tan famoso jardín.
Pero primero tuvo que quitarle los ropajes con que habían ataviado esos culos floridos, esas tetas al aire; las escenas de jolgorio estaban poco menos que canceladas con grafito, los monstruos simpáticos que parecían juguetes sexuales habían sido transformados en gatos adormilados y perros de caza. Fue mucho trabajo, pero al hacerlo, de Sade supo que estaba ante una de las más grandes obras de toda la Historia y no podía concebir que estuviese en tan pacato ambiente, con los personajes vestidos en lugar de lucir sus cuerpecitos como quiso el artista.
De modo que, con la complicidad de aquellos dos sirvientes amantes de la buena vida, como él, se cargó el cuadro y lo llevó a su castillo en Lacoste. Ahí fue devuelto a su vida original, con paciencia y concupiscencia por parte del Divino Marqués quien probaba un desmedido apetito venéreo con cada pincelada original que podía revelar con su paciencia. Con el tiempo, en El Escorial notaron la falta, pero más los alivió que dejarlos preocupados, de modo que nunca más se habló de esto ante los monarcas.
En los albores de la Revolución, previendo una ola de prohibiciones y censuras, Donatien Alphonse dispuso regresarlo a El Escorial mediante similar ardid al de su robo, pero sin retocar un ápice esa hermosa muestra de voluptuoso placer pintado.
Recién fue redescubierto cuando todos los testigos de su desaparición o estaban muertos o fuera de palacio, de modo que para su traslado a El Prado a todos maravilló lo bien preservado que estaba, a pesar del descuido e indiferencia con el que fuera tratado tantos siglos.
Todo porque nadie olió el olor a mar de Francia que traía el tríptico. Todavía hasta 1980 era notorio. Ahora el cuadro ha sido colocado lejos del público y ya no está permitido olerlo.

Historia de unos amores bastante imposibles, de cómo se intentó resolverlos y de cómo fue todo un fracaso – Héctor Ranea


Él tomaba una copa de cabernet franc, yo sipaba de un frasco de W-38, un aditivo gel superfluido de mi refrigerante de memorias. Se lo notaba mal, como siempre que hablaba de mujeres, cosa que sucedía cuando volvía a su territorio.
La inteligencia de Gagemundo Nenelmes funcionaba bastante mal. Aunque se le permitía el vino, sus limb se le ponían molestas cuando bebía demasiado. Esa cepa lo dañaba al mismo nivel que a los nativos y sus reacciones a fe mía que parecían calcadas de ellos. De hecho, nueve de cada diez de sus conversaciones terminaban en el tema mujeres.
Evidentemente, las terrenitas eran difíciles para un extracentáurico, no sólo por las limb, no sólo por la tonalidad púrpura, no sólo por el aujero sino porque ellas eran, fundamentalmente, gente complicada.
–Es increíble. Mirando en perspectiva nada tiene el más mínimo dejo de lógica. Todo es un embrollo sin ton ni son.
Yo trataba de mirarlo con actitud de entender, pero no sólo no entendía nada sino que el W-38 me provocaba sulfatación por la presencia de Cr VII que me obnubilaba, pero si no lo sipaba, la situación de descontrol térmico me hacía penar aún más.
El aujero de Gagemundo era muy singular. Nadie tenía uno como el suyo. Él a veces lo usaba un poco tomándonos el pelo a todos, porque podía fungir tanto de máquina del tiempo como de teletransportador. Con ese tipo de abalorios había seducido a más de una terrenita y en varios planetas lo esperaban para que llegara con su aujero a llenar las noches de hastío con él. Por eso tenía su nave llena con ellos. En cierta forma, estaba perdiendo el knack. Eso le preocupaba.
Yo había empezado a sipar unas horas antes. Mi trompa de toma era menos proboscídea que sus limbs y me conformaba con acercar mis telemanos al cárter de mi flúido, de modo que tenía ya cierto nivel de envenenamiento por cromo cuando él llegó. Esto me haría algo torpe en la tarea de revisión y ensamblaje de máquinas de suspensión de animación, pero él empezó con su compleja trama de mujeres terrenitas y sus hazañas de aujero antes de que pudiera irme de ahí. Y seguí sipando.
No había cómo comparar los limbs de los Nenelmes con nuestras trompas, así que era inútil que mientras él hablaba de sus terrenitas yo tratara de entender el funcionamiento de ellos y corría serios riesgos de ser abrasado por el plasma que exhalaban al lagrimear. Era bastante menos corrosivo que el cabernet, pero me jodía los entornos cuánticos de las soldaduras hiperplanas, de modo que no era agradable mantener el nivel de cromo aceptable y mantener una conversación con riesgo lacrimal por otra.
En resumen, el problema de Gagemundo era que la terrenita Goldsisa le había hecho pasar, tiempo atrás, una excelente tarde de mecánica general de mantenimiento de aujeros y limbs. Una maravilla. Compartieron, incluso, un curso de fresado de alta precisión con máquinas trans-Orión que reparaban motores átomo por átomo. Esta terrenita tenía una mano que hacía que los limbs de Gagemundo se convirtieran en delicuescentes femtobots de pocos muones, la lejía de las manos terrenitas que sobaban su aujero no le producía el acostumbrado ardor.
Le extrañaba a Gagemundo, sin embargo, ese aire ausente que embargaba a Goldsisa durante el servicio. Ella, solía tener su overol bastante mugriento, tres o cuatro átomos de As por unidad de superficie, cosa que era suficiente como para intoxicar a cualquier Nenelmes extragaláctico hasta hacerle llorar el aujero y un poco abierto arriba, pero no daba ni noticias de entender que detrás de ese manojo de limbs había una sensible existencia de programación inteligente y que esas maniobras de resucitación de limbs fláccidos no pasaba inadvertida:
–¡Así que por qué me abandonaste! –gritaba Gagemundo después de la quinta copa de cabernet inundándome de lágrimas de plasma.
Nada de esto era oído por la percanta, ya que su función era munir al hexadodecápodo de un aujero pulido, lustroso, femtobotizado y no escuchar sus plegarias de amor eterno o sandeces de ese tenor.
No lo escuchaba simplemente porque todos esos bichos eran iguales.
–No entiendo –se decía– esos chirridos y tengo otras cosas en qué pensar, lo que no incluye andar tras una especie de linterna con patas sin control externo y que parece vivo sólo porque repite sus bips cuando le lustro cada limb.
Goldsisa, aunque el aujero de Gagemundo fuera tan atractivo como sus deseables limbs, no hacía más que lo estrictamente profesional. Al principio ella se daba cuenta de que Gagemundo retornaba siempre, con excusas estúpidas y voliciones absurdas y, sobre todo, malfunciones imaginarias de sus limbs. Complementos, siempre, de lo mismo. A ella, en la estación le habían asegurado que se trataba de esperpentos extragalácticos pero, en cierta oportunidad, un pitido salvaje le dio la pauta de que ahí dentro yacía algo más. De que no era una mera coordinación de electrones y superconductores.
Después de todo, el aparato ese nunca la había comprendido. Goldsisa sabía que muchas muñecas terrenitas cedían a los encantos de estos hexadodecápodos y les hacían creer que tenían por ellos altos sentimientos pero que, en realidad, todo lo que buscaban era un buen viaje en el tiempo para acertar en el bingo y poner créditos en su cuenta. La parte mala era que los “aujeros andantes” como los llamaban ellas, se creían dueños de sus vidas después del viaje y empezaban las fulerías.
La historia terminó mal. Antes de disipar mi envenenamiento, el Nanelmes pidió a Goldsisa, vía remota, un servicio no autorizado por el protocolo, aun sin confirmación del turno, cuando llegó lo esperaban del Consulado extracentáurico. Los mecánicos lo desarmaron y encajonaron casi instantáneamente. Lo único que no pudieron guardar fueron las lágrimas de plasma y las tiraron sobre mí como si fuera inmune.
Estoy recuperando mi coraza protónica con cabernet.

La botella – Héctor Ranea


La percanta se avivó de que el chitrulo venía con la tellebo bajo el brazo. Inconfundible. Vidrio verde, líquido violáceo. Entonces lo encaró así, liviana y seductora como siempre había sido, como no podría ser de otra forma.
–Tengo sed, marmota –le dijo.
El galán se acomodó porque el frío lo había puesto medio encogido dentro del perramus, pero incorporándose un poco la miró con ojos bastante rojos, señal de que se había bebido algo de la botella.
–¿Qué querés?
–Te quiero a vos, morocho. –Le dijo la impostora mientras se le acercaba como caminando con zapatos de cera en el hielo.
Se puso una mano en la cadera y se contoneaba haciéndose la gata. El flaco estaba entre animado y aterrado. Sólo le habían pasado cosas más terroríficas entre Constitución y Retiro, pero se las había sabido bancar a lo macho. En este caso apenas podía saber cómo actuar. La naifa parecía dispuesta a todo.
–Antes de empezar con el chamuyo –le dijo a la mujer –explicame qué me vas a hacer y cuánto me va a salir.
–Nene. Te hago lo que quieras, mi amor. Y no cobro mucho. Por ser vos, te dejo que pagués el telo y una yapa de pocos pesos. Lo que quieras con tal de estar con vos.
El tipo era de esos más desconfiados que mula tuerta y no se tragó el verso que le hizo la mina pero dejó que llevara un poco el bastón entonces accedió.
Fueron a un hotel que la muchacha conocía con lo cual al tipo empezaron a parársele las antenas de peligro. Aún así, siguió el juego de la araña y la mosca. En algún momento vendría el mordisco, eso con seguridad, pero la única cosa que tenía que hacer era estar atento.
Después de algunos momentos fogosos en el camastro del telo, el tipo se dio por vencido y se durmió. Que era lo que la mina estaba esperando. Le birló la botella y se tomó dos grandes sorbos. Antes de sentir el sabor amargo y escupir lo que tenía en la boca, ya había tragado lo suficiente.
Entonces el tipo abrió los ojos que estaban realmente enrojecidos y le dijo
–¿No querés seguir tomando la sangre de los zombies, papusa?
La mina no creyó lo que había oído hasta que no pudo creer en más nada. El flaco la desangró, hizo con la sangre de la pebeta una reducción y la metió en la botella.
Desde la primera vez que cazaba minas con esta botella se preguntaba cómo es que caían y no encontraba la respuesta pero bueno, funcionaba y un buen vampiro empirista no podía estar perdiendo el tiempo en filosofía barata.

Lecciones de paranoia mal aprendida - Héctor Ranea



Cuando fui a hacer lacrar el sobre con mis poesías para presentarlas al Gran Concurso Nacional, el señor muy circunspecto se lo llevó para la trastienda. Un hombre de cara desencajada que estaba ahí, chupado de mejillas y mugriento, me dijo
—No lo deje. Le van a robar la idea o los poemas. Son viles gusanos.
Yo no le hice caso.
Mal hecho, el tipo casi sin mejillas había ido a patentar la máquina del tiempo hace años. Después me enteré. El viejo circunspecto le robó los planos, construyó la máquina, con eso se me adelantó a publicar mis poemas dos años. Gané el concurso, pero me acusaron de plagio y, como era un ilustre desconocido, me hicieron pagar no sé cuánto ya. Después de eso inventé la máquina del tiempo, la fui a hacer patentar pero el viejo me robó la idea. Y acá estoy, tratando de prevenir a incautos pero tal parece que no quieren entender o será mi aspecto que no los convence. Ni siquiera a mí mismo logré convencerme. ¡Si seré!

El comprador de precios - Arantza Ruiz de Mendarozqueta



Él vivía con su mujer, en una casa que se ubicaba a dos cuadras del supermercado. Un día, revisó el cuadernito negro y descubrió que su esposa había escrito una larga lista de compras. “Tenés que ir a hacer compras, Álvaro” se leía en el final de la lista. Arrancó la hoja y se encaminó hacia el supermercado. Ya en la entrada, revisó la lista y caminó hacia los productos faltantes. Empezó a buscar y a buscar, y de repente, se empezó a sentir raro, extraño, en otro mundo. Miles y miles de precios rondaban por su cabeza, a la vez que los leía. Volvió a su casa con la misma sensación, y con la misma se sentía al otro día, cuando había regresado al supermercado. Compró los mismos productos que había comprado el día anterior, con excepción de una lamparita y un zapallo. Varios días se repitió la secuencia, hasta que un día su amor por los precios fue tan grande, que superó al amor que sentía por su mujer, y más tarde, empezó a llenar su carrito con precios, con la intención de comprarlos sin importarle que la seguridad lo echara del supermercado, y un día, se compró una máquina de precios. Llegó a su casa con la máquina quemándole entre sus brazos, y apenas la sacó de la caja, empezó a ponerle precios a todos los objetos de su casa ¡Y hasta a su mujer! Quince años después, falleció. Algunos piensan que era un loco, y otros que quería deshacerse de su mujer, por eso quería venderla.

Los más aptos - Sergio Gaut vel Hartman



Homero Prezit se consideraba un sobreviviente, un inmune. Como Isher, el protagonista de La Tierra permanece, había logrado eludir las epidemias de dos siglos, incluso la peor de todas, la viruela linfática que en 2010 diezmó la población del planeta. Más devastadora que la peste de 1348, la viruela linfática solucionó los problemas demográficos al producir cuatro mil millones de muertos. El golpe fue duro, durísimo, y la especie humana aprendió varias cosas. Una de ellas fue que la mayoría de los hábitos y costumbres del Viejo Mundo debían ser cambiados. Ya no hubo ejércitos ni magnates y una suerte de mansa sabiduría cayó como fina llovizna sobre las ahora vacías ciudades. Los nuevos humanos conservaron, por cierto, algunas de las conquistas tecnológicas más útiles; hubiera sido absurdo ensañarse con ellas: los artefactos no habían sido los responsables de los errores sino sólo sus instrumentos. Aislados unos de otros, pero conectados gracias a redes virtuales infinitas, las mujeres y hombres se prepararon para dar el salto evolutivo profetizado por Arthur Clarke: se salía, por fin, de la cuna para acceder a un estado de madurez intelectual y espiritual jamás alcanzado en otros tiempos.
Por eso, cuando a Homero se le llenó el cuerpo de escaras y úlceras profundas, perdió el apetito y progresivamente se le fueron atrofiando los cinco sentidos, no sólo se sorprendió atrozmente sino que despertó el estupor de los especialistas que se conectaban con él a través de la red. No había antecedentes de una enfermedad semejante, y médicos, biólogos y genetistas de todo el mundo empezaron a conjeturar acerca de cuál podría ser el origen de la dolencia, aunque no llegaron a ninguna conclusión. La impotencia ganó el ánimo de todos cuando descubrieron que Homero sólo era el primero, pero de ningún modo el único. Tomada por sorpresa, la humanidad no supo reaccionar. ¿Cómo es posible el contagio, se decían los científicos, si todos vivimos aislados, protegidos, sin contacto físico? La red nos nutre, nos mantiene comunicados y nos proporciona los recursos necesarios y suficientes para sostenernos. ¿Cómo es posible?, repetían. Y siguieron haciéndolo después del fallecimiento de Homero, el precursor, y siguieron haciéndolo mientras los seres humanos que habían sobrevivido a todas las pestes sucumbían a la última, la única que ellos mismos habían creado, la peste que nació como defensa contra todas las otras.

DG-44 - Carmen Carrillo



DG-44 plegó el brazo mediante dos movimientos precisos y tocó con sus dedos el chip recién instalado en un último intento por hacerlo funcional. DG-40, el primero de la serie a la que él pertenecía, había sido desechado por no alcanzar los estándares de calidad requeridos. Tres intentos después, la situación parecía repetirse.
Lo peor de todo, era que DG-44 había logrado despertar suficiente interés en la galaxia y ya se decía que los gobiernos de Alcyone y Merope deseaban llegar a un acuerdo para producir el androide en cuanto se probara su eficacia. Tal era la urgencia de reemplazar los modelos DG-20 y DG-30 disponibles en el mercado, cuya falta de personalidad y su programación arcaica, los había vuelto obsoletos.
Lo que nadie sabía era que DG-44 estaba harto de las pruebas motoras, de los escaneos y las programaciones exhaustivas a las que era sometido. Bajo su fría caparazón de antimonio, la rebeldía iba tomando forma. Por eso cuando escuchó al líder del proyecto decir que abortarían el actual diseño debido a un error de programación, prefirió terminar las cosas por sí mismo.
De no hacerlo, acabaría como un bloque de chatarra comprimida en algún botadero a las afueras de la galaxia. No estaba dispuesto a pasar por eso.
Decidido, oprimió la tapa del compartimiento que albergaba el chip y lo sacó. En su lugar colocó uno antiguo, encontrado una semana antes entre un montón de desperdicios del tiradero donde realizó su última prueba de esfuerzo. Había verificado la información que guardaba y su contenido lo dejó asombrado. Era una secuencia de sonidos que nunca había escuchado y que lo sumieron en un embeleso que duró varias horas.
De pie frente a la ventanilla de la cápsula, hizo un zoom a través de su lente y echó un vistazo a la luminosidad que rodeaba el lugar donde lo habían creado. Tomó la manija de la escotilla y la giró. Luego, caminó con decisión por el túnel de salida y cuando el campo gravitacional se fue degradando, sintió cómo se liberaba de su propio peso y era arrastrado por una ola invisible hacia la luz exterior.
Activó su sistema de sonido y del chip recién instalado comenzaron a fluir sonidos ancestrales de algo que bien pudo haber sido el concierto para dos violines en Re menor de Sebastián Bach.
DG-44 se fue flotando lentamente, arrastrado por el mar de microespejos que forman Las Pléyades y cuando pasó cerca de Merope, agitó una mano en señal de despedida, sintiendo bajo su caparazón de antimonio algo muy parecido a la alegría.

Tomado de: http://realistaprincipiante.blogspot.com

Antiguos orificios entremezclados - Saurio


El tiempo después del tiempo. Se funde. Se oculta.
Los pájaros más negros. Cuando para subir las paredes se oculta después de la lluvia. Dónde, para irse, los pájaros se vuelven escaleras, se vuelven para reorientar el tiempo de Europa.
¡Tiempo asesino!
(El tiempo. Inútilmente, el tiempo.)
Y para volver, para reorientar, no habla. Para subir, para subir grita. Y para reorientar se funde.
Sino del árbol después de más tiempo. Inútilmente, el tiempo.
La lluvia, las paredes, la lluvia, el tiempo.
¡No asesino negros!
Tiempo, tiempo del pájaro asesino, tiempo de la lluvia, escaleras del tiempo. El tiempo, la lluvia, sino más.
Sino del pájaro a Roma, y cuando se vuelvan a Roma no habla el árbol sangrante, para irse no habla, para destruir las paredes de Europa. Y se vuelven a la zona, para reorientar el pájaro en el alma. No, no habla inútilmente.
El instrumento para destruir es el Camino. El tiempo es el Camino.
El tiempo en el alma, tiempo para destruir los pájaros, las paredes, el tiempo. El tiempo, tiempo después de más tiempo, el tiempo sangrante.
Después el tiempo se funde por el instrumento.
¡Más negros en Roma!
Tiempo. El tiempo. El espacio. En el corazón. En el alma.
El camino: El espacio para destruir el tiempo.
Para volver después: Los pájaros.
El tiempo se oculta en el corazón.
Y grita el instrumento: ― ¡El pájaro! ¡Asesino! ¡Escaleras! ¡Paredes!
Y habla el árbol: ― ¡Los pájaros! ¡El espacio! ¡Roma!
Y el tiempo se oculta de la lluvia.
Escaleras para reorientar en Europa sangrante. Inútilmente el tiempo grita y, para volver, el espacio habla escaleras, escaleras a Roma. Tiempo después, (no más tiempo sino tiempo de la lluvia, tiempo tiempo, el tiempo es asesino de la lluvia) el tiempo habla a Roma y cuando es tiempo de irse, habla las paredes. En Europa: las paredes: las paredes: el tiempo.
El espacio en el alma grita, habla, no habla, no grita. Habla y grita después. Y cuando grita no habla. Grita las paredes que conducen sangrante el instrumento. Habla el camino en Europa (no después del árbol sino después del asesino). No grita las paredes que conducen para no irse del árbol. Grita el tiempo en el corazón sangrante. Y cuando los pájaros se vuelven a la zona, habla.
Para irse: Las paredes de los pájaros en Europa.
El asesino no habla, grita.
Y después el tiempo se oculta en el corazón.

Perimortem - José Vicente Ortuño



El hombre miró a la Muerte a la cara, es decir, a la calavera. El pánico le hizo estremecer. Sabía que algún día tendría que enfrentarse a ella, pero todavía no estaba preparado.
—¡Espera, espera creo que te equivocas! —exclamó presa del terror, retrocediendo hasta tropezar con una pared—. ¿Seguro que no vienes a buscar a otro?
La parca no respondió. Avanzó hacia él con un movimiento fluido y grácil, como si se deslizase sobre hielo en un lugar sin gravedad ni atmósfera que agitase su túnica.
—Vale, de acuerdo, pero ¿no podrías volver otro día? Es que todavía no estoy preparado —insistió con voz quebrada—. Verás, aún me queda mucho por hacer y…
La Muerte levantó un brazo y una mano, formada por un manojo de huesos blancos, asomó de la manga. Hizo un leve gesto y en ella apareció un instrumento, largo como una lanza, pero con una cuchilla fina y curva en el extremo, que recordaba vagamente a una guadaña. Con un suave giro de muñeca cortó el filamento invisible que conecta a cada ser vivo con la fuente de la vida. El cuerpo físico del hombre se mantuvo en pie unos instantes, mientras el corazón se detenía y la anoxia producía un fallo cerebral. Luego cayó desmadejado. Fue una caída humillante, que lo dejó en una postura ridícula, carente de dignidad.
El hombre, sobresaltado, se apartó de un salto de su propio cadáver, que atravesó sin esfuerzo. La Muerte hizo desaparecer su herramienta con otro giro de muñeca, dio media vuelta y comenzó a alejarse.
—¡Oye, Muerte! —llamó el recién fallecido—. ¿Dónde vas? ¿No se supone que debes llevarme al otro mundo?
La Muerte, sin detener su avance, se encogió de hombros.
—¿Te suena lo de cruzar la laguna Estigia en una barca? —insistió el espíritu, pero la parca siguió alejándose—. Al menos me dirás dónde está el embarcadero, ¿no? —añadió sin demasiada convicción.
La Muerte soltó una carcajada, que congeló el tejido de la realidad, mató a todos los insectos y pájaros en un kilómetro a la redonda y agrietó la piel del cadáver, luego desapareció.
—¿Y qué hago yo ahora? —se preguntó el recién fallecido, pero nadie respondió.

Casi Génesis - Antonio J. Cebrián


Dios dijo: —Haya luz.
Y hubo luz. Vio Dios que la luz estaba bien, y apartó la luz de la oscuridad llamando “día” a la luz y “noche” a la oscuridad.
A continuación dijo: —Acumúlense las aguas bajo el firmamento y déjese ver lo seco.
Llamó Dios a lo seco “tierra” y a las aguas, “mar”.
Viendo que lo hecho estaba bien, dijo Dios:
—Produzca la tierra vegetación: hierbas y árboles que den fruto según su especie… En ese momento, sufrió uno de sus “repentinos cambios de humor” y dijo:
—O mejor, no.
Y volvió a su estado de letargo durante otra eternidad.

Un Crimen Pasional - Marcelo Difranco



Casi al mismo tiempo que terminaba su cigarrillo, Alex vio aparecer la imagen de Javier en el espejo retrovisor, caminando apresurado por la vereda. Volvieron las nauseas y el derrumbe de todos los órganos sobre su estómago, y el malestar intestinal que se agravaba al recordar que en el bolsillo derecho de su campera estaba el arma. Alex la tocó, esperando que se hubiera esfumado, para poner en marcha el auto y olvidarse del asunto de una vez por todas. En realidad, si lo pensaba bien, ya casi lo había olvidado, y solo se estaba dejando ganar por el orgullo, algo imperdonable en una persona racional e inteligente como Alex creía ser. Pero Javier seguía avanzando hacia el edificio, y tocaría el timbre de su casa.
Contestaría Carla, su esposa.
Lo haría pasar. Javier subiría.
Francamente, pensó en ese momento, la traición de Carla le parecía lógica, predecible y hasta perdonable. Hacía años que no se amaban y eran perfectamente conscientes de ello, pero ninguno iba a ser el primero en admitirlo. Pero lo de Javier era imperdonable. Una cosa es la traición amorosa: el amor a una mujer tenía un inevitable componente instintivo y fisiológico, algo irracional que estaba destinado a agotarse en algún momento. La amistad, en cambio, era algo absolutamente gratuito, en la que ambas partes disfrutaban sólo de la presencia del otro sin buscar nada a cambio. Algo inútil, pero por eso humano.
Ver a Javier tocando el timbre del departamento le parecía algo tan sucio que era capaz de convertir el dolor de las entrañas en odio puro. Imaginarlo en la cama con Carla era insoportable por ser la puesta en escena perfecta de su escasa fe en la humanidad. Hasta lo más sagrado, pensó, era aplastado por el instinto. Ese instinto que le hacía aferrar el arma y palpar suavemente el gatillo.
Nunca había disparado, pensó parado en la puerta.
La primera vez que los había sorprendido, en la misma situación, se sintió hasta orgulloso de haber vencido la locura del odio. En esa ocasión, Javier y Carla se habían avergonzado y humillado ante él, conscientes de lo monstruoso del hecho. El llanto de su esposa y la vergüenza de su amigo habían sido suficientes, al punto de haber sentido que esos dos monos en celo pertenecían a una etapa del camino a la civilización suprema que Alex había superado hacía mucho tiempo.
Una semana después, en la soledad de su nuevo departamento, el malestar se había hecho intolerable, y se maldijo. Maldito era por ceder a la animalidad, y maldito por aceptar la humillación.
En el ascensor lo sintió claramente.
No se lo merecían, no merecían su perdón. Esos dos hijos de puta. En mi propia casa, en mi cama.
Al abrir la puerta, la cabeza, en donde se estaba concentrando toda la sangre de su cuerpo, le estallaba en mil pedazos. Apenas vio la ropa tirada en el living, ya que sus ojos sólo buscaban la puerta de la habitación, y al encontrarla la abrió para encontrar la misma escena obscena de su amigo desnudo sobre su mujer desnuda. Pensándolo bien, las caras de sorpresa de Javier y Carla eran hasta graciosas, y Alex se hubiera reído con ganas si no fuera porque los dos disparos le hicieron perderlas de vista.
Le pareció conveniente disparar un par de veces más, hasta que la sangre bajara de su cabeza y dejara de golpearle los oídos.
Si hiciera un balance del momento, como haría una y otra vez en el futuro cuando volviera a sentir el malestar royendo su alma, la contemplación de la pareja muerta era realmente algo parecido a la felicidad.
Casi les hubiera pegado dos tiros mas, pensó mientras manejaba.
Alex sacó la chequera, esperando que el funcionario de BioClon terminara de imprimir la factura.
—Este mes no sé que pasó, se lo juro —dijo el funcionario—; no dimos abasto. Tuvimos un record de dos mil quinientos tres asesinatos, al punto que tuvimos que comprar, escuche bien, comprar clones a la competencia. A un precio vil.
Le extendió la factura a Alex, que casi sin mirarla empezó a hacer el cheque.
—¿Le sirvió? —preguntó el funcionario
Alex le extendió el cheque.
—¿Si me sirvió qué?
—Matarlos.
Alex pensó un instante.
—Si, me sirvió
—A mí me da un poco de lástima —dijo el funcionario—. Con lo que cuesta clonarlos. Los suyos estaban perfectos, iguales a los originales.
El funcionario miraba el cheque al trasluz, hasta concluir que era de los buenos. Finalmente, se dieron la mano y se despidieron.
Casi llegando a la puerta, Alex se volvió al funcionario.
—Digame una cosa. ¿Sufren?
—¿Quiénes, los clones?
—Sí, ¿sufren realmente?
El funcionario le ofreció su mejor sonrisa
—Claro que sufren —dijo, guiñándole un ojo.

Sorretta dagli angeli - Héctor Ranea



La cúpula de San Nicolás, decían los engañifas de la Ciudad Vieja, está sostenida por ángeles. Es más, agregaban esos mentirosos, de ángeles con senos cubiertos por telas transparentes, livianas como el aire y con las piernas abiertas con total desparpajo, mostrando el sexo a quien lo quisiera ver.
Y los peregrinos, tal vez cansados por el vino del camino, tal vez alucinados por la ascética travesía, pagaban con varias monedas de buen cobre para entrar y ver el prodigio que ni aún el más hereje se atrevía a vislumbrar.
Todo esto, sin embargo, era una burda estratagema para juntar milicias para el conde de Bastiaan, pues se los rociaba apenas entrados en el terreno sagrado con un poderoso ajenjo bendito que les hacía perder la memoria.
A cambio de esta singular leva, los monjes chapuceros recibían un cobre por cada diez incautos.
Los ángeles, en realidad, sólo mostraban su sexo una vez al año durante las celebraciones del nacimiento de los condes del lugar, constructores de la iglesia y firmes sostenedores de esa fe. La única fe de los eunucos.

Darse cuenta - Miguel Dorelo



Los años traen sabiduría a los hombres, dicen. Cuando joven creía que el amor de una mujer era lo máximo. Solo vivía por y para ella. Realmente, me faltaba el aire cuando ella no estaba a mi lado.
Dentro de poco voy a cumplir cincuenta, y comprendí que no estaba equivocado, no, en realidad, estaba completamente equivocado. Es increíble la cantidad de tiempo en que uno convive con premisas absolutamente falsas.
Muchas y variadas experiencia amorosas me hicieron comprender al fin tan grande error. Y por fin, saqué conclusiones.
Descubrí el placer de la lectura, la música, la charla con amigos. Escribir, el mate a la mañana, las milanesas con papa fritas. Ver salir campeón a mi equipo de fútbol favorito, sacarme los zapatos después de caminar todo el día, ir al cine, no hacer nada, el sexo casual, acariciar al gato, la cerveza bien fría y la pizza caliente, estar solo…. Y tantas otras cosas más.
Dicen que los años traen sabiduría a los hombres.
Lo he comprobado.

La venganza de Pacha - D. S. Navas & Sergio Gaut vel Hartman



Tras varios meses de cautiverio, Pacha estaba agotado. El doctor Karpetinsky había experimentado con su cuerpo de mil modos diferentes, extrayendo la salud extra, y procesando el producto obtenido para fabricar tónicos y grageas que se vendían muy bien entre los deportistas de todas las disciplinas. Unas gotas de Pacha Forte eran suficientes para que un oficinista sedentario de sesenta kilos fuera capaz de hacer canotaje en los rápidos del Alto Orinoco o talara un álamo con los dientes.
El infame científico había ganado más dinero del que puede imaginarse, pero eso no le parecía suficiente. Karpetinsky quería el premio Nóbel, soñaba con el premio, era parte de su vigilia y no lo abandonaba cuando apoyaba su cabeza en la almohada. Sin embargo, la perversidad no le producía ninguna ofuscación y su cerebro seguía elucubrando planes para extraer más y más salud adicional del organismo de Pacha. Mientras mantenía a su prisionero en una jaula blindada, a la que sólo entraba luego de narcotizarlo con Xilón 109, seguía experimentando con los humores que extraía, a la vez que saturaba la atmósfera del cubículo para estimular al organismo de su prisionero y hacerlo producir nuevas sustancias potenciadoras. Por esta vía, y cuando empezaba a suponer que había llegado al final del camino, descubrió un segundo componente en la sangre de Pacha.
—¡Con esto me aseguro el premio! —exclamó Karpetinsky frotándose las manos. Volvió a mirar el tubo a trasluz y lanzó una sonora carcajada—. ¡El suero de la inmortalidad!
Insaciable, Karpetinsky clavó la aguja una y otra vez en el cuerpo de su prisionero, extrayendo litros y litros de la preciosa sustancia. Estaba tan absorto en su tarea que tardó largos minutos en descubrir que Pacha estaba muerto, ya que le había extraído hasta la última gota de sangre y, por consiguiente, hasta la última gota de la maravillosa sustancia.
—Parece que se me fue la mano —dijo consternado el maldito científico, deprimido por haber matado a la gallina de los huevos de oro. Pero Pacha ya no le servía para nada, por lo que arrastró el cuerpo hasta un terreno baldío y allí lo dejó, a merced de los perros y las ratas.
Lo que Karpetinsky ignoraba era que Pacha, a raíz de los experimentos a los que había sido sometido, estaba más pasado en salud que nunca. Es cierto que su maravillosa máquina corporal tardaría varios días en reaccionar, pero el mecanismo destinado a recuperar la sangre extraída se puso en acción de inmediato. Pacha no sólo no estaba muerto sino que el estado de privación extrema lo había preparado para dar el siguiente salto evolutivo. Demoró un par de días en recuperarse por completo y durante el tiempo transcurrido elaboró su venganza.
Sobre el escritorio del doctor Karpetinsky apareció una misteriosa nota:
“Querido colega, omitiste un pequeño detalle, y lo que es peor, subestimaste mis conocimientos y mi capacidad. Yo también voy en busca del Nóbel”. Dr. Venganza.
Era una nota digna de una de esas pésimas películas de terror que tanto le gustaban a Karpetinsky, pero igual le corrió un escalofrío por todo el cuerpo. Se dirigió a gran velocidad hasta el baldío en el que había dejado el cuerpo de Pacha y al no encontrarlo se arrancó los cabellos con desesperación.
—¿Qué hice? ¿Adónde está el cuerpo de este desgraciado? ¡Yo sé que lo maté!
—Parece que no —dijo Pacha saliendo de atrás de un grueso roble, tras lo cual se abalanzó sobre el atribulado Karpetinsky y le clavó una hipodérmica de tanatanol en la carótida—. Ahora vamos a hacer algunos experimentos, doctor Karpetinsky, pero con mucho cuidado, porque yo no quiero que me ocurra lo mismo que le sucedió a usted.
Pacha trabajó durante dos años en el cuerpo del doctor. Para cuando terminó, Karpetinsky pesaba trece kilos, estaba arrugado como una ciruela pasa y tenía todas las enfermedades que se conocen, aunque Pacha las mantenía controladas en la frontera entre la vida y la muerte gracias al suero de la inmortalidad que obtenía de su propia sangre. La venganza estaba casi consumada. Pero faltaba un pequeño detalle: el bendito premio Nóbel. Pacha presentó su trabajo sobre el suero total y le fue concedido. Se encontró con el rey de Suecia para recibir el dinero y como no había estatuilla compró una en la estación de ferry de Estocolmo; Karpetinsky nunca había visto un Nobel.
—¿Ves esto, maldito? —dijo abanicando el trofeo ante la cara del malvado. Karpetinsky no podía hablar, pero parpadeó. Ahora pesaba apenas medio kilo y parecía a un escarabajo. Eso era exactamente lo que quería Pacha. Ya le había mostrado el supuesto premio y sólo faltaba ponerle la cereza al postre. Utilizó una llave maestra para entrar a la casa de Karpetinsky un día que la esposa del médico había salido de compras, y dejó el cuerpo a los pies de la cama. Cuando la mujer regresó a la casa y vio a aquel bicho repugnante no pudo resistir la impresión y el asco: lo mató a pisotones.

Brujas - Antonio Cruz



Era tarde cuando encontré a Leticia. Es una buena mujer pero no me simpatiza demasiado. Las personas que hablan de más me ponen de mal humor. Con infinita paciencia soporté durante un rato su interminable lista de desdichas. Me parecieron de lo más intrascendentes. Le pedí que se apurara pues temía llegar tarde a una reunión con mis colegas pero eso no le hizo mella. Siguió su perorata hasta que me sacó de las casillas con su afirmación de que las culpables de todos sus males son las brujas. "Seguramente alguien me hizo un trabajito" dijo convencida. "Voy a consultar con un parapsicólogo que me recomendaron" La miré de tal modo que ella se asustó. "¿No crees en las brujas?" Preguntó. No le respondí. Ella insistió de manera descarada. "¿Crees o no?" Me vi obligada a contestarle "Según la sabiduría popular, que las hay, las hay" Ella se puso a reír. Logré zafar y fui corriendo a mi casa, me cambié de vestido, busqué mi sombrero y me dirigí a la pieza trasera. Saqué mi escoba y fui a reunirme con mis colegas que charlaban animadamente en la copa de los álamos.

(Selección Provincial. Concurso Literario Nacional C.F.I. – Año 2004)

Para cuando ya no estés - Lilian Elphick



Cómo me devora el tiempo cuando te leo. Hace un minuto vivía mi lunes nublado, gestionando cotidianidades: esa respiración que me condena a volver a decir las cosas por su nombre. Hace un minuto estampaba el ojo en tus palabras: la sencilla razón para que el pecho suba y baje e intente luego un cese al fuego, una calma de café frío, un silencio que sólo tú podrás oír. Porque se trata de mis manos y de las tuyas en un ahora que se fuga veloz con los ayeres que no tuvimos. No sé decir más. Aquí no hay nada, salvo la pequeña muerte rondando en las carnicerías de barrio, en la tarde de ladrido y trino, en la desnudista que termina el baile y cuenta su dinero.
Hace un minuto mataba con la rabia en la boca, y te escribía para cuando ya no estés. Dentro de ese lapso anida mi vida entera, con sus interpretaciones banales, esos naufragios en la tina de baño, o cuando tú caminas por la sombra de mi sonrisa, canción y epopeya de los dientes.
Para cuando ya no estés, el monumento al perfume desconocido, y una ciudad que se repliega ante mis pasos.
Puedes quedarte con la crueldad, necesaria en toda comunión de fantasmas; útiles las palabras y el equívoco.
Esto no es una carta; aquí el viento es elección y renuncia. Esto es un grito o la bala zumbando deseos bajo sospecha. Esto es la lágrima que se niega a salir; más bien, tragar saliva y seguir viviendo como si no pasara nada. Porque no vamos a esperar que el tren nos vuele la cabeza de tanto amor acumulado, de esa reunión de pieles que el tiempo maltrata en este mismísimo instante.

catorce de septiembre.

Saberes e ignorancias – Nanim Rekacz



Si en horarios y rutinas había alguien hábil, esa era Eleonora Cacenave. Meticulosa y prolija hasta el hartazgo, sus jornadas empezaban exactamente a la misma hora y satisfacían cualidades de ceremonia ortodoxa. Desde restregarse los ojos y sentarse en la cama poniendo primero el pie izquierdo en la chancleta, hasta colocarse la cofia sobre los ruleros antes de apagar la luz del velador, todo transcurría de modo perfectamente sincronizado y repetido. La misma taza en el mismo mantel en el mismo extremo de la mesa, el plumero quitando el persistente polvo de los muebles, las plantas que se negaban a crecer y multiplicarse, idénticas noticias siempre en todos los canales. Los batones estampados se encarnaban en su gruesa figura y su mirada triste al pasar frente al retrato del esposo fallecido le hacía recordar con insistencia cruel que no le había dejado ningún hijo. No había gracia alguna en su existencia cotidiana, en esas jornadas aburridas y miméticas, clonadas y sin sentido alguno, esos mates lavados, el silencio de voces.
Lo que ignoraba, por supuesto, es que ella no vivía una vida de rutina sino que, simplemente, vivía cada día el mismo eterno día.
Y este cuento, aunque te niegues a creerme, lo has leído millones de veces.

Despedida - Carmen Carrillo



Estaba decidida a dejarlo. No seguiría creyendo que algún día él dejaría a su mujer. Lo había prometido durante los últimos cinco años, una y otra vez, pero seguía casado. La mataba pensar que no era ella quien lo miraba dormir y que cuando él abría los ojos, su primera mirada era Isabel, que era su mujer quien le servía el café y la que ponía en su mano las tabletas que tomaba a diario para la sinusitis.
De tanto en tanto, cuando se decía que era momento de dejarlo y trataba de reunir valor, recordaba la mañana del único día en que habían amanecido juntos. Fue durante aquel congreso de Química al que ambos asistieron como conferenciantes. Había despertado feliz y se había acurrucado sobre su pecho. Lo miró largamente, embelesada, acariciéndole con los dedos las canas de la barba despeinada y sintió de pronto el impulso de querer arreglarla.
—De ningún modo, querida. Eso es algo que sólo hace Isabel. Si regreso a casa con la barba hecha, podría sospechar —dijo, y para ella fue como si la hubiera abofeteado.
“Sólo Isabel... sólo Isabel...” se repetía mientras lloraba en silencio, contando los intentos que había hecho por dejarlo inutilmente, pues apenas miraba sus enormes ojos azules, enormes y luminosos como dos planetas, su voluntad flaqueaba. Encontraba en el rostro de ese hombre la belleza de un dios griego, poderoso como un Zeus que la poseería hasta el final de los tiempos.
Esta vez estaba decidida. No pasaría otro fin de año sola, esperando su llamada. No volvería a beber un martini de consolación en algún bar oscuro, a escondidas, cuando la invitación era para ir al teatro. Su paciencia se había agotado.
Preparó la mesa, enfrió el vino y encendió la chimenea. Llegó pasadas las once... tarde, como siempre.
Ella sirvió el vino sin hablar, sopesando lo que vendría.
—Estás muy bella, cariño —dijo, mirándola a través del cristal de su copa.
—Tú también —respondió ella mientras se acercaba para acariciarlo—, sobre todo hoy que te has recortado un poco la barba.
—La barba, siempre la barba...
—Me gusta, ¿qué le voy a hacer? Mira —dijo, mostrándole un pequeño frasco de afeite—, esto es para ti huele... ¿no es divino? —preguntó, coqueta.
—¿Para qué te has molestado? No, no logro percibir el aroma... ya sabes que esta sinusitis...
—Supongo que dejarás que te lo ponga, ¿no? —y comenzó a frotarle el rostro antes de que él pudiera responderle.
Él se dejó hacer, disfrutando el calor de sus manos, que recorrieron no sólo su mentón barbado sino la frente, la nariz, las mejillas y finalmente, el cuello. Cuando terminó de mimarlo volvió a llenar las copas. Brindaron. Como de costumbre, él sacó un cigarrillo y lo hizo bailar en sus labios mientras le contaba sus planes para la primavera, que comenzaría la siguiente semana.
—¿A la cabaña, dices? ¿Cuántos días? —preguntó ella sin mucho interés.
—Yo quisiera pasar al menos dos semanas, pero Isabel no soporta el aire de montaña... quizá sea sólo una —respondió, aún con el cigarrillo en los labios.
No podía soportarlo más. Tenía que decírselo ahora, gritarle que lo dejaba, que se largara de su vida en ese momento. Evitó mirarlo y le acercó el encendedor que estaba sobre la mesa.
Cuando notó que se acercaba el encendedor a los labios, le dio la espalda. Del pequeño artefacto brotó una chispa perfecta, juguetona, que se encargó de encender los vapores recién volatilizados del limoneno recién frotado sobre la cara. Cuando se volvió para mirarlo, no encontró aquellos brillantes planetas azules, sino dos guijarros perdidos en el pequeño incendio alimentado por el azufre propio de la queratina de la barba, las cejas, las pestañas Fue un incendio tan corto que él todavía no daba el primer grito de dolor cuando ella se decidió a hablarle.
—¿Sabes, querido? No quiero verte más... pero como un capricho personal y como despedida, decidí que esta vez pasarías la primavera donde yo quisiera, así que olvídate de la cabaña... y dile a Isabel que lamento que tenga que pasar las vacaciones en un hospital.

Chateo pasional — Jorge Ariel Madrazo




Mi amigo, el periodista Enrique Pock, estuvo traicionando a su mujer de un modo asqueante, troglodítico. Pero Dios castigó sus excesos.
Al principio, la PC era para él un símbolo de la insoportable atadura laboral. Pero en los últimos seis meses Pock se pasó las noches en vela: solo, en piyama y pantuflas y con el enfermizo auxilio de una luz verde, mientras tipeaba con frenesí sobre el teclado blancuzco emitía sordos ronquidos de pasión. “Tengo tanto trabajo”, mentía a su comprensiva esposa.
Pock siempre fue callado. Los torrentes de locuacidad los volcó tan sólo en el chateo con la Otra (así, con inicial en mayúscula).
Escribía: Anoche noche soñé con vos. Estabas mona, parecida a la foto.
—Ella: “Mi mago, qué cosas decís, me calientan no sabés cuánto. Has de ser tan viril, mi amor…”
—Pock: Tengo ganas de tomarte una mano.
—Ella: “Ay, otra vez el fuego que me consume hasta hacerme perder el juicio. Esas porquerías que me decís me excitan, creo que voy a convertirme en una pecadora, Dios me valga…
—Pock: Sos linda.
—“No, no me empujes al desliz, mi bien… Ya me siento toda húmeda y ardiente. Como si un rayo flamígero del Señor estuviera hincándose en mis carnes corruptas, tan indignas de Él.
—Pock: Hoy formé tu nombre con la sopa de letras.
—Ella: ¡Mi salvaje! Voy a aferrar tu espada húmeda y roja, como un marlo desquiciador, y a correr loca por el prado, enajenada de placer…
—Pock: Je.
—Ella: Basta, no aguanto más, creo que deberé arrojarme por la ventana, tus palabras son más perversas que las de la Serpiente bíblica. Has hecho de mí una piltrafa de pasión, una mujer toda Eros y lista para seguirte al mismísimo Averno.
—Pock: Debes tener mejillitas suaves, ¿no?
—Ella: ¡Basta, mi Bestia! ¿Hasta dónde crees que podrás arrastrarme por el fango con esa elocuencia abrasadora? Aquí mismo abandono estos diálogos que han hecho de mí un ser malvado, despreciable; mi deseo de vos me llevó hasta a abandonar a mi madrecita enferma, soy tu esclava pero ya  me insubordino. Adiós, mi Henry. Nunca te olvidaré.
Y así, la verba apasionada de mi amigo le hizo perder a la única mujer que, quién sabe, pudo hacerlo feliz.

Los hombres son de Marte – Gilda Manso




No era apendicitis.
—Felicitaciones, es un... eh... ¿varón? —me dijo el médico mientras sostenía con más profesionalidad que ternura al bicharrajo viscoso que había sacado de mi cuerpo.
El coso gimoteaba, eructaba y me llamaba mamá. Yo lo miré y recordé: hacía unos meses había conocido a un hombre. Creo que era un hombre; era verde y me invitó a pasar una noche en su nave espacial. Comodísima, la nave. Y el ¿hombre? hacía comentarios inteligentes, era gracioso y estaba bueno. El color no me importó, nunca fui racista. Luego me bajé de la nave (tenía un puf re mullido que era una divinura), me fui a mi casa, y supongo que él regresó a Marte. Creo que era de Marte, por eso de “los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”. Capaz no, capaz era saturnino, lunático o neptuniano. Forastero, seguro.
La cuestión es que mi hijo no tiene un padre, y el hombre más verde de mi vida no sabe que tiene un hijo. Quiero contarle que es igualito a él: verdoso y de extremidades largas. Lo baboso y viscoso lo sacó de mí. Y también quiero reclamarle la cuota alimenticia; nuestro retoño come dos docenas de empanadas y un litro de nafta sólo en el desayuno. ¿Alguien sabe cuándo sale el próximo vuelo a Marte? Ah, ¿no hay vuelos a Marte? ¿Cómo puede ser? Una familia más separada por culpa de la burocracia. En este país no se puede vivir. No, no en este país: en este mundo no se puede vivir. Con razón él no volvió. Si este mundo es un desastre: Obama es Nobel de la paz y no hay vuelos a Marte.
Voy a agarrar el telescopio, a ver si lo veo.

Vaca impulsiva - Héctor Ranea




Se me quedó mirando con esa cara con la que las vacas miran a las cámaras fotográficas. Cara de vaca, diría un prosaico, pero, según mi parecer, miran con cara profunda de ángeles lácteos. En fin. Se quedó mirando mi cámara, le pasaba la lengua para saber su tenor de sodio y me pensó una frase que envió telepáticamente. O sea:
—Mañana me mato —me dijo en ese canal.
—¿Una vaca lechera? —le contesté sorprendido por el mismo canal.
—¿Tenés idea de lo que es tener dolor de tetas todos los santos días?
Me imaginé una situación homóloga en mí y se me frunció el upite. No sabía qué responderle, pero ensayé una frase de ocasión.
—¿No las ordeñan antes de que se les produzca esa tensión?
—Eso era antes. Ahora viene el papanatas del cyborg, palpa las más abultadas y las manda a la ordeñadora. No se gastan en las que andamos en el 80% de plenitud. Es una cuestión de racionalización. Me tienen harta con esos coeficientes del carajo.
Me levanté y la miré con ojos bovinos. No sabía cómo explicarle que yo era un cyborg.
Evidentemente, la vaca era un poco chicata. La denunciaría antes de que se suicidase. Otra vaca loca más en el historial nos haría bajar puntos en las calificadoras de riesgos vacunos.

Epístola del asesino de espejos a la madre pelmaza de turno - Javier Montoro




A ver, señora. La niña no quiere bañarse en la playa. Sé que es difícil aceptarlo, que le jode muchísimo, pero en fin. Sepa usted que, por mucho que se la apriete contra el pecho y la hunda en el agua y le cante "los patitos en el agua meneaban su colita", los pataleos y chillidos de la niña no van a cesar. Y normal. Que el agua está helada, señora. No se me encienda, que la niña no quiere bañarse y punto. Que vale que la obligue usted a comer y a dormir y a echarse la crema protectora, pero no a bañarse. Báñese usted. Por favor, ¿no ve cómo llora? ¡Pero no le grite!, ¡venga!, ¡empiece otra vez a cantarle la de los patitos! Así está mejor. Si ya sé yo que le compró usted el bikini para bañarla, pero que la chiquilla no tiene ganas, mujer... Pero mírela, mírela cómo llora. Claro, que tiene que hacer lo que usted quiera. Porque usted es su madre. Que cuando tenga 18 años que haga lo que venga en gana, pero que mientras viva en su casa... Vamos, que si a usted le apetece que la niña se beba el bibi con vodka negro, la niña lo hace...porque vive en su casa. Y que usted es la madre y sabe lo que tiene que hacer. Entiendo. Pues mire, señora. La niña ha dejado clara su postura. Siga, siga, siga hundiéndola, ¡qué vergüenza! Disfrute usted de su día de playa, que disfrute la niña, disfrutemos todos. Déjela que juegue en la orillita, y usted se baña y hace submarinismo si quiere y se coge usted la cabeza y se la hunde, y se traga usted la sal y los peces, coño. A ver si se ahoga y me alegra el día. Si quiere cuando llegue a su casa le ordena a su hija que duerma la siesta y le planifica los juegos (incluso puede zambullirla a presión en la piscinita de plástico) . Pero no obligue a la niña a bañarse en la playa.

Tomado de: http://latintaescarchada.blogspot.com/

Transitar sombras – Rafael Vázquez & Nanim Rekacz




Aprendí a ser consciente en mis sonambulismos, me di cuenta que mientras permanecía dormido, vagando en esa otra dimensión intangible podía realizar algunas funciones propias de la vigilia bajo cierto control.
Con la práctica, adquirí un progresivo dominio del equilibrio, las acciones y la satisfacción de mis expectativas en ese simulacro.
Pequeñas experimentos fueron dándome confianza: probé, por ejemplo, dejarme preparado el desayuno para descubrirlo felizmente sobre la mesa en la mañana al despertar. Me fascinaba intentar discriminar qué era real y qué imaginario, descubrir en las formas y texturas los signos detrás de la apariencia, la mutación molecular producida en el límite sutil entre uno y otro estado.
Era muy divertido deambular por la casa y decidir acostarme en mi cama y, al despertar, encontrarme recostado en cualquier otro sitio, con la plena seguridad de que había hallado el camino exacto a mi cuarto y me habría arropado con las mantas. Pero también eso con el tiempo logré manejarlo y superponer las dos imágenes en mi conciencia, la que provenía del recuerdo de lo real y la que integraba el letargo.
Fui capaz de escribir y de leer, y hasta de interactuar con intrusos que derivaban, factiblemente, de ensueños ajenos. Logré incluso que hermosas mujeres permanecieran en mi casa, aguardando mi deambular sonámbulo, y concreté con ellas mis más ocultas fantasías. Eran relaciones que dejaban su resabio en mi cuerpo agotado, en los amaneceres podía olerlas en el cuarto vacío, recordar la presión del contacto, la precisa curva de los senos guardada en la palma de mis manos, sus humores secos en mi sexo fláccido.
No se trataba después de todo de una aptitud extraña a la que utilizaba en mi vida cotidiana. Durante la rutinaria vigilia, había también aprendido a moverme como un ente autómata, esquivando obstáculos, tornándome invisible. Tal vez mi talento para adquirir conciencia durante los periodos de parasomnia se hubiera engendrado en su antípoda, en las engañosas representaciones que nos rodean y determinan.
Dentro del sueño hay una representación desencajada en tiempo y en espacio, no hay referencias que nos permitan discriminar la absurda realidad saturada de símbolos, rumores y consignas repetidas hasta el hartazgo, de la ficticia. Hasta ésta parece más real, adecuada y cómoda.
Cada vez se me hacía más amargo despertar de esa nueva vida, me sentia frustrado y disconforme con la rutina y las obligaciones. Mi existencia se me aparecía miserable y aburrida.
Crecía la frustración y el descorazonamiento.
Por eso, todo mi tiempo libre lo dediqué a profundizar en este universo transversal, salvo mis horarios laborales y los necesarios momentos dedicados a hacer compras y pagos, el resto de la jornada me aseguraba de permanecer dormido, aún utilizando somníferos. No me importaba si era de día o de noche, mientras pudiera escaparme de las condiciones impuestas por la física. Ni siquiera necesitaba estar despierto para alimentarme o higienizarme, todo eso pasó a formar parte de mi sonambulismo, ya que podía ejercer ese control sobre mis actos.
Tardé en darme cuenta que nadie puede dominar sus quimeras con tan absoluta impunidad, que la trasgresión tendría su contrapartida ineludible: los sueños se me hicieron rutina. A mi cuerpo, a mi pensamiento, dejaron de estimularlos esas ensoñaciones reiteradas hasta el hartazgo, tan semejantes al fin y al cabo a lo que era mi vida de todos los días. Ni siquiera podía salir de las paredes de mi casa puesto que cada vez que lo intentaba, se desmoronaba la fantasía como un desgarro y era doloroso reanudar el ritmo orgánico.
Entonces sucedió. Me dormí en el sueño y se tornó imposible soñar.
Vacío, nada... No logro sentirme en esta oscuridad sin visiones, informe, vagando en sombras, a tientas en la negrura inconsciente, perdido y solo. Sé que pronto olvidaré, me olvidaré... y tal vez me convierta en fantasma de un sueño ajeno.

Promesas, solo promesas - Nanim Rekacz


—Lo que el amor escribió con la mano, el desamor lo borra con el codo —me dijiste mientras arrugabas la servilleta de papel donde escribieras en aquel bar un poema para mí.
—Hubiera querido guardarla... —apenas suspiré las palabras, inútiles y frágiles como las de aquella poesía de tisú.
—¿Para qué? ¿Acaso me vas a decir que necesitás esa servilleta para retener ese momento? ¿O es para tener una justificación para llorar si de acá a diez años te acordás de los bellos buenos tiempos compartidos, de los sueños muertos? —reprochaste.
No puedo contestarte a eso, sé que tenés razón. Nos prometimos tanto, nos escribimos cartas, poemas, dedicatorias... Hasta las paredes escribíamos, nos dejábamos mensajes en clave en los muros de las casas vecinas, en los bancos de las plazas...
Sueños muertos...
—Son los que más duelen —reafirmabas siempre. Claro, lo vivido queda en la memoria, nos ha construido, lo sentido talló nuestros días y pulió nuestras noches. Pero lastima todo eso que íbamos a hacer y ya no haremos, la casa donde no viviremos, los hijos que no nacerán de mi vientre, los paisajes lejanos que jamás hollarán nuestros pies, nuestros cuatro pies... en parejas huellas...
Me abrazo sola, las palmas de mis manos en mis codos, esos que borraron con su desamor tu amor, que se clavaron en la mesa de este otro bar por horas, mientras decidíamos que ya no iba más...
Yo siempre la llevaba conmigo, en la billetera, dobladita tal como me la entregaste esa noche adolescente, con ese poema de letras desparejas y pequeñas, con corazoncitos en las i... Y ahora cuando me la pediste pensé que era para leerla, nada más, no para esto.
Hecha añicos, en el cenicero... supongo que las letras de las palabras de amor se entremezclarán y formarán nuevas palabras, frases de despedida y de ilusiones devastadas. Tu nombre y el mío, partidos, rotos.
Tanto amor que nos cabía en un beso, en las palabras para siempre, en los instantes eternos de los despertares abrazados, sin separarnos más, nunca más, cantábamos bajito... prolongando la dicha.


Todo termina al fin, todo tiene un final..
El café se nos ha enfriado, el corazón se nos ha vaciado.
Antes de irnos, vos pagás tu café y yo el mío.

Ilustración de Susana Boettner

Estridencias - Rafael Vazquez


A veces pesa tanto la cantidad de soledad que llegamos a juntar que nos alojamos en un hotel a media noche sólo para huir de ella. Una vez en la suite inventamos cualquier justificación para pedir servicios por teléfono, regresar a recepción, cruzarnos con huéspedes en los pasillos… Nos sentamos al borde de la cama y el chirriar de los muelles provoca un gemido al otro lado de la pared. Pensamos que no guardaba relación con nosotros hasta que nuevos suspiros responden al oxido de los hierros. Después de la bulliciosa pasión, sin pronunciar una sola palabra, nos hemos dormido con un siseo denso de la garganta. A la mañana siguiente hemos entregado las llaves en el mostrador y hemos descubierto que ruidos conocidos nos seguían, alquilaban un apartamento al lado del nuestro y nos acompañaban hasta que frecuentes discusiones de platos y vasos rotos instalaban de nuevo el silencio y el olvido en nuestras vidas.

Ilustración de Susana Boettner

Domino lenguas - Héctor Ranea


En el Zaire me encontré una señora que hablaba bastante bien swahili, que domino como la palma de mi mano, dijo Mr. Parkinson. Ella nos invitó a pasar a una sala oscura con una vela encendida en el centro. Ahí nos dieron a beber una sopa en una calabaza que ella dijo que era muy antigua. Bebimos hasta quedar saciados de esa sed húmeda que da remontar el Congo. A la mañana siguiente, la muchacha nos mostró su bebé que dijo que era de uno de nosotros dos. Pero era imposible. De un día para el otro no se tienen niños, ni en Zaire ni en ningún lugar, dijimos. Sobre todo mi mujer, que alegó completa inocencia. Cosa que no fue admitida por el brujo de la tribu. Como me negué a responder a los requerimientos económicos, me cortaron la lengua. Desde entonces no hablo ni parsi, ni portugués del Sur, ni boliviano del norte, ni wichi, ni mapudungun, ni aónik’enk, lenguas que adoro y antes manejaba con soltura, sobre todo dentro de la mochila. Nunca me confundía de lenguas. Cuando fuimos a Tahití, mi mujer y yo poníamos nuestras lenguas del idioma universal del Pacífico Sur y siempre íbamos a los mejores lugares porque nos tomaban por lugareños oriundos. En México tuvimos ciertos problemas porque casi no nos dejan pasar con la mochila de lenguas, pero al final fue un paseo divino. Hablábamos como nacionales. Ésa es la ventaja de tener lenguas madres. En cambio, después de esa gira con el holandés errante nos perdimos en Zaire y apenas si pudimos recuperar algunas lenguas, pero eran vírgenes aún. Y ya lo dije, no hay como las lenguas madres. Es lo que nos pasó en la India, sin ir más lejos. O en Nepal, un poco más acá. Así que: pongo a la venta mi mochila con lenguas madres. Algunas están vivas, otras muertitas. Pero se pueden usar. Al principio da asquito porque tienen un poco de gusto a formol, natrón y sustancias momificantes adheridas, nada peor que el poxirán, si me quieren entender. Si quieren, lo pongo a subasta a partir de precios módicos y sumas frioleras. No quiero venderla sin antes ofrecerla a mis amigos.... ¡Ah! ¿Lo del pibe en Zaire, quieren saber? Y nada... lo reconocí a medias. Tenía una dentadura parecida a la mía. Sigo creyendo que de un día para el otro no me pueden decir que nació el purrete, pero lamentablemente, era eso o me cortaban otra cosa... la visa.

Ilustración de Susana Boettner

La confesión en tiempos de Internet – Héctor Ranea


Confieso acá, obviamente compungido, mi engaño, mi traición. He usurpado el nombre de otro en este espacio que tan generosamente me habéis brindado y los hice caer en esta trampa para satisfacer el delirio que tenía de ser escritor.
Yo sé que hice mal, que lastimé a todos ustedes hasta lo más íntimo. Los señuelos que puse, las argucias que usé, los abusos de confianza con los que me maneje este año y meses que pasamos juntos me lastiman ahora.
No sé cómo empezó todo. Supongo que me di cuenta de que los escritos de mi amigo muerto, valían algo y me decidí a probar suerte. Pero creo que no lo premedité, simplemente fue saliendo así. Primero un cuento, luego otro y así hasta que me di cuenta de que ustedes lo apreciaban sinceramente, que sus elogios no eran fingidos y yo, que siempre había fracasado en lo mío, decidí esconder mi verdadera identidad literaria y continué robándole a mi amigo sus textos. Él me los dejó en casa antes de que lo agarraran unos tipos por una cuestión de mujeres y no lo viera más. Varias carpetas, en parte ordenadas, en parte caóticas, que me tomé el trabajo de clasificar. Eso no se me podrá negar, y en ocasiones, con mi escaso talento, mejorar si fuera posible, ya que dejó mucho material inconcluso, mucho sin revisar y además, algunos textos con tantas revisiones que resultaba difícil entender cuál era la final.
Él escribía de todo, por eso ustedes conocen tantas cosas de mí, que en realidad son del muerto. Y tenía miles de escritos, incluso ensayos de arte, notas de viajes. Entonces yo, que nunca viajé, que nunca vi nada de arte en persona, aproveché las mismas para aprender cómo es estar delante de obras de arte legítimas, con su tamaño natural, cómo huele el aire en otros lugares, cosa que para mí era un misterio. Por eso ustedes tienen de mí tantos relatos, poemas, ensayos, escritos varios que me hacen parecer prolífico, cuando en realidad soy parco, inútil casi para escribir y en caso de hacerlo lo hago con lentitud, como extrudando desde dentro una materia viscosa, vieja, abominable.
Entonces, cuando llegó el momento de tratar con uno o dos de ustedes, la bola de nieve que puse en movimiento empezó a agigantarse y empezamos a intercambiar con todos, todo. Por primera vez en mi vida me sentí parte de algo hermoso y digno; era un impostor vil, un torpe imbécil que sólo quería impresionar con frases sacadas de la boca de un amigo muerto. ¿Acaso hay algo más vil, más repudiable, menos perdonable? No lo creo. No es un tema legal, porque nadie podrá probar nunca lo que hice, ya que mi amigo, que yo sepa, sólo tenía publicados unos pocos poemas de un concurso en Chubut, que siempre omití para no dar lugar a sospechas de ningún tipo.
Hasta le copié su manera de hacer los retruécanos, así podía eventualmente comunicarme por vías rápidas. De otra manera, usaba su enorme venero de frases que me venían como al dedillo, haciéndome siempre quedar como un erudito, que él lo era, o como una persona jocosa, que era su característica mejor (y por eso lo buscaban las mujeres) o por fin, lograr incluso escribir algún cuento mío, que era publicado porque ya todos habían caído en mi añagaza.
Algunas veces debí hacerme pasar por él. Alquilé una casa, una mujer, un hijo, hasta un gato (otras veces un perro) para lograr que nadie sospechase ni pudiera encontrarme en un renuncio de toda esta máquina que monté casi sin proponérmelo.
En toda esta acción fraudulenta he aprendido que mucha gente es como ustedes, sincera, buena en el mejor sentido y no acaba de creer que es víctima del timo más insolente, porque cree a pie juntilla la historia que uno teje para armar la telaraña. Así los he captado en esta fascinación de hacerme pasar por lo que no soy, pero no aguanto más esta situación.
Ayer, con la publicación de otro de los poemas de mi amigo, he decidido dar la cara y no seguir con esta operación deshonesta y presentarme tal cual soy, un solitario lobo sin talento, un ave rapaz que se aprovecha hasta de un amigo muerto, un muerto, en fin; que dice ser un escritor pero que no ha hecho otra cosa que copiar, palabra por palabra lo que le dejó su amigo.
Supongo que no podréis perdonarme porque el abuso a la inocencia y la sinceridad no pueden perdonarse, pero acá estoy, esta vez desnudo de alma, diciendo una verdad difícil de decir.
Y ahora así, adiós.

Cumpleaños - Carmen Carrillo


El viento mecía los álamos enfilados a lo largo de la calle y en la superficie de los charcos que había dejado la lluvia nocturna flotaban las primeras hojas del otoño. Por encima de los árboles se levantaba una luz tenue, difusa, la típica de los amaneceres de octubre. Salió a la cochera y como todas las mañanas, recogió el diario. Lo puso sobre la barra de la cocina y encendió la cafetera. Metió el pan en el tostador preguntándose si esta vez él bajaría y antes de hacer cualquier cosa, entraría a la cocina para darle un abrazo de cumpleaños. Aunque sería inaudito que lo hiciera, tal vez ese año le entregaría algún presente... quizá ese pequeño dije con la esmeralda que siempre quiso.

Esperó a que saliera de la ducha y bajara a la sala para comenzar el ritual diario. Calculando el tiempo, sumergió la taza en agua caliente para evitar que el frío de la porcelana cambiara la temperatura del líquido al servirlo. Luego encendió la radio para que pudiera escuchar el noticiero mientras tomaba el desayuno en el salón. Si le hubiesen dado a escoger, ella sin duda hubiera preferido sintonizar la estación donde programan bossa nova. Se había acostumbrado a sacrificar esos pequeños gustos a cambio de una atmósfera libre de discusiones.

Mientras sumergía la taza en agua caliente por segunda vez, notó que el teléfono celular tenía la batería baja y lo conectó de inmediato al enchufe, antes de que él bajara y pusiera el grito en el cielo por el terrible descuido, pues mantener el teléfono con batería completa era responsabilidad de ella. Escuchando las noticias, que le parecieron exactamente las mismas que el día anterior, pensó en cuánto deseaba salir a regar las begonias en ese momento, a esa hora, cuando la brisa es tan distinta a la de cualquier otra hora del día. Se asomó por la ventana, miró las flores y suspiró. Al parecer él no tenía prisa, porque demoró más de lo acostumbrado en afeitarse y eso significaba que ella debía, una vez más, sumergir de nuevo la taza en agua caliente.

Aunque había aprendido a hacerlo todo sin quejarse y ya se había acostumbrado a las excentricidades del marido, no había algo que detestara más que tener que sumergir una y otra vez la maldita taza hasta que él se dignaba a bajar con toda parsimonia, arrastrando las estúpidas pantuflas hasta el aburrido sillón reclinable en el que esperaba a que ella le sirviera el café en la ridícula tacita italiana y la colocara en la charola, al lado de la cucharilla de plata y la azucarera china que forman parte del juego de té que ha pertenecido a su familia por tres generaciones.

Además de la sumersión de la taza, odiaba con el alma esa apolillada otomana de terciopelo azul que debía ver todos los días al depositar sobre ella la charola del desayuno que él tomaba sin dirigirle una mirada, porque su atención se dirigía a alegir una sección del diario que, sabrá Dios porqué motivo, siempre resultaba ser el obituario.

Al percatarse de que todo transcurría sin alteraciones, sintió que el corazón se le encogía. Un cumpleaños más que pasaría sin pena ni gloria. Caminó hasta el salón con la charola en la mano que temblaba de rabia y al dejarla sobre la otomana, derramó el café accidentalmente sobre ella, provocando que él saltara del sillón como si el tapiz de terciopelo tuviera alguna conexión nerviosa con su propia piel. Le dedicó tal cantidad de improperios que ella quedó petrificada. No sólo se había olvidado de su cumpleaños, sino que además mostraba más condescendencia hacia el estúpido mueble que hacia ella, ella que se había entregado en cuerpo y alma al calvario de vivir para complacerlo.

A ella no le humillaron tanto los insultos, sino el hecho de que mientras la insultaba no se tomó la molestia de mirarla. Eso la enfureció. Y tal era su rabia que casi sin pensarlo alargó el brazo y tomó el primer revólver que encontró en la colección que tapizaba la pared. Él no se percató del movimiento, ocupado como estaba en lamentarse del estropicio y lo cierto es que cuando apretó el gatillo, ella esperaba que saliera del cañón el inocuo chirrido del metal añoso y oxidado. Se llevó tremenda sorpresa cuando el movimiento de su dedo liberó en la cámara del revólver una poderosa bala que, convertida en una pequeña dosis de furia, fue a dar en el cráneo del marido, que se abrió instantáneamente como un tulipán gigante del que salieron innumerables serpentinas color carmesí que parecían decir al unísono: Feliz cumpleaños.

Tomado de: http://realistaprincipiante.blogspot.com

El juego - Gilda Manso


El conflicto rebalsó cuando La Niña anunció:
—Afuera están jugando a la escondida y yo quiero ir.
Al oírla, La Guerrera sonrió como sonríe quien ve cumplirse algo que hace tiempo vaticinó; las pocas personas que tuvieron la mala fortuna de enfrentarse a La Guerrera le habían temido menos a su lanza impiadosa que a su sonrisa serena. (Es una mujer tan tranquila y callada que casi nadie nota su existencia. La Guerrera suele permanecer en la más rigurosa de las sombras, al acecho, observando y adivinando. Huele a su enemigo, le permite rondarla y sin aviso clava la lanza. Y, si el enemigo es lo suficientemente digno, La Guerrera sonríe).
La Madrina, por su parte, también sonrió. Pero la sonrisa de La Madrina emanaba amor. No había nada marcial en esa boca de dulzura persistente. (Es una mujer querida. En el grupo, es la encargada de dar la cara; semejante responsabilidad cayó en ella debido a su limpieza y a su extremo sentido de la justicia. No tolera ni permite los golpes bajos. A simple vista se la nota confiable. Es la única que nunca se equivoca).
La Trémula, en cambio, no sonrió. Nadie se extrañó, porque La Trémula no sabe sonreir. (Es una muer extremadamente vulnerable. Su debilidad radica en su terror hacia todo, en su desconfianza hacia la luz porque revela, hacia la oscuridad porque oculta. Es, de un modo muy extraño, la más peligrosa de todas).
—¿Y en qué consiste ese juego? —le preguntó La Madrina a La Niña.
—La gente se esconde y yo tengo que encontrarlos. ¿Puedo salir a jugar?
La Madrina asintió. Cuando La Niña cerró la puerta, La Trémula tembló y dijo:
—¿No se dan cuenta del peligro al que la exponen? ¿Cómo sabemos quién es el que se esconde allá afuera?
—Mientras sigas en tu manía de no asomar la nariz, nunca vas a saberlo —intentó discutir, por aburrimiento, La Guerrera.
La Madrina le rogó con la mirada y habló:
—No podemos seguir negando el afuera. Tarde o temprano nos ahogaríamos acá adentro. Por otra parte, el afuera nos exige jugar. Menos mal que está La Niña, sino ¿quién de nosotras lo haría? Yo no podría, tengo demasiadas responsabilidades.
—A mi me da miedo la idea de salir a jugar —se atajó La Trémula.
—Yo no tengo naturaleza lúdica —agregó, tajante, La Guerrera.
La puerta se abrió y La Niña entró tambaleándose. De su cuello, una herida semejante a un zarpazo manaba sangre.
—¡Me atacó un lobo escondido en una piel de lobo! —lloraba La Niña, asustada más por su ingenuidad vejada que por la herida abierta.
La Madrina se abalanzó a curarla. Tiene vocación de sanadora.
—¿No será un lobo con piel de cordero? —quiso saber La Guerrera. La Niña negó.
—La Trémula me habló tanto de los lobos con piel de cordero, que vi un lobo y me acerqué pensando que era un cordero disfrazado.
La Trémula creyó desmayarse. La Guerrera creyó matarla. La Madrina calmó los ánimos:
—La herida es más superficial de lo que parece. La Niña se va a poner bien, aunque necesita reposo. Pero la realidad es que el juego sigue, y si abandonamos nos van a tirar la puerta abajo... ¿Escuchan los golpes?
Calló un momento y el ruido se hizo irrespirable.
—No tenemos más tiempo. ¿Quién de nosotras va a salir a jugar?

Sirenas - Rafael Vázquez


Hubo un movimiento generalizado de pánico en el barco que a poco hunde la embarcación, debido a que nadie, ni siquiera el capitán del navío, esperaba encontrar a las temibles sirenas en esas aguas y menos aún en esa ruta.
Mientras el barco se acercaba inexorable a las proximidades del arrecife de rocas donde moraban las fabulosas mujeres con cola de pez, sin posibilidad de cambiar el rumbo a tiempo como para no escuchar sus cantos, todo tipo de imágenes horribles acudía a nuestros ojos y memoria mientras echábamos mano de nuestros recuerdos colectivos para intentar salir indemnes del, de todo punto, imprevisible contratiempo.
Nos apresuramos a atarnos unos a otros con complicados nudos a las arboladuras y trinquetes de la nave, a acomodarnos improvisados protectores acústicos en los oídos, a dañarse, los más asustados, tanque y yunque para poder salvarse de la irresistible tentación sonora.No caímos en que llevábamos años saturando nuestros ojos de todo tipo de imágenes sensuales, nuestros oídos con decibelios de sonidos que exploraban nuestros tabúes mas profundos.
Cómo imaginar que todo eso nos había ido haciendo, lentamente, insensibles a cualquier tentación natural no tecnificada por mucho que esta se hubiese ido perfeccionando generacionalmente durante miles de años.
Y cómo no pensar, después de todo, reflexionábamos mientras el barco se alejaba e íbamos dejando atrás a las esforzadas sirenas, que cualquiera de nosotros había asistido a lo largo de su vida a decenas de espectáculos mejores.

Los viejos villanos - Héctor Ranea


Queridos hijos, les quiero escribir sobre nosotros, sobre su madre. Recién regresamos de un concierto en la Basílica de Sinkt Niklaas, como todos los domingos. Esta vez el organista no se equivocó en la entrada de las canciones sin palabras de Mendelsohn, como en el concierto del año pasado.
Su madre y yo fuimos con las camisas que nos enviaron de regalo para nuestro aniversario de bodas. Las flores rojas le gustan tanto a su madre que se la quiso poner para este concierto. Por cierto, lindas flores y muy lindas formas y colores en mi camisa de Havai. ¿Se escribe así, no es cierto? Hay frutas y plantas que sólo vimos en televisión y alguna vez en el Mercado de Sinkt Pankrass, en verano. Esas flores, esas frutas, nos hacen sentir muy frescos.
Los días que no vamos a misa pongo en la televisión uno de los programas donde puedan verse las ciudades donde ustedes viven. Están tan lejanas y son tan diferentes de nuestro pueblo, tranquilo y pintoresco, que a veces nos vienen ganas de aceptar la invitación, pero pronto nos damos cuenta de que no podríamos vivir como viven ustedes.
Yo llevo a madre en su silla hasta nuestro banco en la iglesia y le coloco los audífonos para que escuche al cura o al organista. Esta vez el cura nos miró mucho durante su prédica porque seguramente querría saber de dónde sacamos las camisas. Ustedes entiendan, en el pueblo nadie usa cosas de estos colores y seguramente el cura se dio cuenta. Pobre hombre.
En el concierto madre se duerme cuando llega Pachelbel. Siempre. Tan lindo que es el Canon y ella siempre se lo pierde. Todos los años lo mismo. Ella dice que lo escucha, que soy yo el que se preocupa inútilmente, pero tengo miedo de que al despertar se le escape un grito de los que suele proferir en casa. Y la despierto antes de que se vaya a lo más profundo de sus pesadillas.
Hoy en misa ella me miraba con los ojos que siempre tuvo pero sé que en el fondo me estaba diciendo algo. Algo que nunca quisimos decirnos. Recién entramos del concierto, ayer fuimos a misa. Ya estamos limpios. Ella me pidió que la matara y acabo de hacerlo. Les prometo que no sufrió. Le aplasté el cuello con el zueco de matar chanchos. Despacho esta carta en el buzón y me cuelgo del tirante dentro del salón de estar, donde ella ya reposa blanda y transparente como un fantasma. Nos encontrarán dentro de dos días. Felizmente estaremos juntos.
Su padre

Derechos de autor – Sergio Gaut vel Hartman


La web es increíble. El 8 de septiembre de 2003 colgué un mensaje pidiendo cuentos de ajedrez para una antología, que se publicó en 2004. En 2007 un despistado ofreció un cuento que leí en 2010. Para poder aprovechar el relato, que era excelente, inventé una máquina del tiempo y viajé a diciembre del 2003, pero resulta que en esa época el autor aún no había escrito el cuento. Yo no podía alterar la secuencia temporal, por lo que volví a 2010 y decidí hacer una edición corregida y aumentada del libro, pero resultó que tampoco pude incluir ese cuento, ya que el autor había muerto trágicamente el 25 de agosto de 2009. Activé de nuevo la máquina del tiempo y me fui al fin de los tiempos para hacerle firmar el contrato. Pero había tanta gente esperando ser resucitada que no lo encontré. Regresé a mi presente y tras varios años de reflexión decidí poner el cuento en la antología, de cualquier manera. Se publicó en 2012. Al año siguiente fui detenido por la policía del Juicio Final y confinado en una celda de la cárcel del Limbo por usufructuar derechos de autor ajenos. Traté de defenderme, pero los magistrados eran invisibles y sus voces sonaban dentro de mi cabeza. A la larga comprendí que la condena no era kafkiana sino borgeana, pero eso es harina de otro costal.

Impromptu – Héctor Ranea


A Gabriel siempre le pasa. El tiempo va más rápido que él y siempre llega tarde. Hoy se tuvo que poner la primera colonia que encontró y ya estaba saliendo a la hora que tendría que haber llegado. Los otros músicos lo van a moler a insultos, como siempre. Se sube al auto, raja. Encima no se le ocurre nada para tocar, ninguna melodía. –¿Por qué me habré puesto a cocinar en lugar de irme a bañar? –se pregunta. Cuando llega todos están con caras de culo por el retraso y él, encima, no tiene nada en la cabeza. La besa a B, la baterista, en la boca, como siempre, pero sigue sin nada en la cabeza. Nada de nada. Ni música ni nada. Se le ocurre una melodía banal, de esas que suenan en radios descaradas. Empieza por darla vuelta, mientras pone en orden las cosas. La secciona, la da vuelta, la traspone de mayor a menor, siete compases los vuelve al original, no. Cuatro, después ve. Se le acerca una mujer mayor y lo huele y comenta con una amiga: –Sí, tenías razón. Pero es que no me puedo resistir. Y le da un beso. Gabriel no entiende nada pero sonríe. Mientras trata de ensayar, otra mujer joven lo abraza, lo apretuja. Él trata de zafar con una sonrisa. Empieza a tocar esa música pistola que se inventó y ve que las dos mujeres que lo abrazaron empiezan por tocarse las manos y abrazarse al son de la música. Él sigue, sigue tocando y los músicos están maravillados porque a la baterista la están besando mujeres y varones, discretamente, sin acoso, como se hace con los amigos, pero con un cierto brillo en los ojos y en una actitud inusual en público de casorio. Los que se acercan a Gabriel se van con una sonrisa. Y no es por la música. De su trompeta sólo sale esa música barata dada vuelta y con algún toque de esos impromptus que sabe tocar él y la gente más que bailar se abraza, se soba, se enloquece.
A la madrugada, con poca luz en la habitación, el trompetista descubre que no está en su casa sino en un lugar lleno de cuerpos desnudos que todavía en cierto modo bailan. Hay incluso algunos jóvenes que están amándose como en el primer minuto. Se levanta como puede y sale. Vuelve a casa intrigado de esa noche tan inquietante que le tocó vivir. Cuando llega al baño la loción que usó está llena de escarabajos, escolopendras, batracios de dos especies, salamandras, escorpiones, gaviotas, teros, surubíes, pargos, corvinas, osos y jirafas zangoloteándose en la tina. Quien le regalara esa loción posiblemente supiera los efectos de las feromonas. Ahora tenía que recordar quién había sido.

El inicio de la tormenta - Libia Brenda Castro


Otoño 1
A ella le gusta el otoño; le gustan, de noche, sus calles corriendo por las pupilas, sus faroles encendidos, sus árboles perdidos en la sombra de un cielo en la cabeza, las tapias del pecho, sus semáforos en los brazos y sus luces derramándose sobre los senos amarillos y pálidos de pezones dulces, que no soportan la saliva del destierro de una cama que no sea la suya.
Le gusta, de hecho, el otoño, por sí mismo, para sí mismo. Le gusta que sea triste y sonámbulo en las nubes con un reflejo anaranjado gracias a la civilización electrizada. Y lo que más le gusta del otoño en la noche es la soledad.
Pero hay algo que no, que no, que le deja un sabor amargo de semen violentando una garganta vuelta de pronto inhóspita por el alarido.
Otoño (2)
Sí, le gusta caminar, respirando los orines de las puertas viejas de madera, los gatos raudos que huyen de repente adivinándola, escuchando algún acelerador que funde el ruido de los pocos grillos que se han perdido en el asfalto; caminar, siempre, sola.
La sombra surge de pronto, entre un cristal roto y un poste de teléfono, y rompe con el encanto de la soledad, de los gatos y de todo, le sonríe con ojos de complicidad, le exige, se carcajea y le promete "un momento inolvidable".
Otoño (3)
Es cierto que a veces, en esos otoños nocturnos que la caminan, algo le interrumpe en medio de un parque y una fuente, la intercepta, la fulmina, pero eso no importa demasiado, es parte del encanto, dos pasos más y ya está de nuevo instalada en esa observación de un cielo atravesado por la respiración suave de los guardianes,
Una voz ronca se introduce en su paladar, un olor de animal, macho en celo, la recorre debajo de la blusa y se burla de ella cuando la tira y le separa las rodillas, que instintivamente había apretado una contra la otra y siente como una saliva espesa y reseca se abre paso entre sus pliegues, más resecos aún por el miedo y la vergüenza.
Quizá en los atrios, en alguna vecindad, o en la azotea, se detiene para levantar alguna pluma olvidada, y la guarda, para sentirse, también ella, un poco ave, o simplemente nada, pero igual levanta las plumas perdidas y prueba el viento con ellas, cortando suave la corriente otoñal que en las noches es más fresca, más espesa, más obscura.
Otoño (4)
Y entonces allí, tirada sobre una banqueta, la cabeza contra un escalón siente frío y humedad sobre su rostro, quizá por el cemento bajo su mejilla, quizá porque sus ojos han empezado a adivinar que todas esas nubes están confabulando uno de los últimos aguaceros del año y el inicio de la tormenta la saluda a ella antes que a nadie; y en algún lugar entre las nubes, el cielo y su cuerpo, flotan esas criaturas etéreas, sabe que miran, y están llorando, mientras ella va sintiendo como aquel aliento forastero jadea sobre sí y rasguña sus caderas desnudas, y ella no se siente, o no se adivina bajo ese peso que la asfixia y la rompe, partiéndola en dos, tres, diez, cien trozos y dejándola en el suelo, con una mano estrujando un puñado de plumas grises y la otra encajada en la madera de una puerta vieja, más sola que antes porque ahora que ha terminado la voz desconocida se va, tambaleante, habiendo cumplido su promesa.
Sí, le gusta el otoño, caminar por él en las noches, pero ya no, jamás volverá a contar las pocas estrellas que se ven a las tres de la madrugada en medio de un boulevard. Es posible que nunca más levante la vista hacia el cielo, hacia aquello que es nada. Es posible que haya dejado de creer, que haya cedido al golpe del desencanto y la magia se haya terminado, se marchó con el viento húmedo.
Y aunque sigue persiguiendo nubes de tormenta sin saberlo, a veces, en la noche, despierta gritando, con una mano encajada en el hule espuma y otra mano estrujando un puñado de plumas suaves, recordando la promesa de un desconocido...
Y entonces, el Vuelo.
Nadie puede ver nada, nadie puede verla ahora, sin más deseo que la muerte, sin un intento de retorno, sin conciencia del dolor, llevando el olvido de los que ya no esperan nada en este mundo.
Pero sabe que hay otros, los ha adivinado siempre y justo entonces, cuando ella siente que sólo queda ese mismo vacío algo cambia, se ha roto y una brisa tibia viene a levantar ese algo, suavemente. Así, puede al fin palpar lo que siempre ha ido a su lado, sólo un poco más arriba pero allí.
“Es hora de viajar a los otros mundos”. La voz parece venir desde adentro, sin embargo sabe que está ahí y sonríe, la noche del último otoño se abre para dejarla ir, para que pueda volar, desplegando sus alas a la Luna...

Remake de la Creación – Sergio Gaut vel Hartman




Orson Welles filma la vida de Dios. Pero le cuesta mucho conseguir financiación. Empieza el rodaje. Dios se interpreta a sí mismo, pero es más caprichoso que Greta Garbo. La película queda inconclusa. Dios no quiere estar involucrado en un film maldito. Echa a Orson del paraíso, pero el Diablo se niega a recibirlo. Está en su derecho. Dios, acorralado, resucita al cineasta. Le da el cuerpo de Arnold Schwarzenegger, que acaba de quedar desocupado. Welles se sobrepone a eso y empieza a filmar su propia vida. El vino no alcanza. También queda inconclusa. Dios se apiada y desciende a la Tierra. Decide adelantar la Segunda Venida con la condición de que Él dirija y Orson haga de Jesús II. Orson acepta. Toda el agua del océano se convierte en vino. Dios y Orson se emborrachan y resucitan sucesivamente a Rita, Marilyn, Brigitte y Claudia. Dios, finalmente, empieza a entender un poco de qué va la cosa. Cancela la Segunda Venida y redecora el universo. Contrata a Farmer como asesor para resucitar a todos los que alguna vez vivieron. ¡Es espectacular! ¡La historia más fabulosa jamás contada! Welles se pone celoso del éxito de Dios, se junta con Terry Gillian y dan un golpe de estado. Queda inconcluso.

Molinos de palabras – Rafael Vázquez


La primera arma de todo enemigo es el camuflaje, y Don Quijote sabe que su adversario ha aprendido a ocultar perfectamente su presencia.

Concluye que debe poseer unas dimensiones ciclópeas, pues es capaz de hacer desaparecer montañas de un día para otro, desviar ríos, modificar horizontes; igualmente ha podido crearse una hipotética imagen de su forma y figura a partir de las huellas de sus embestidas.

Si bien los demás hablan de ilusiones ópticas, de desvaríos, de productos de la sinrazón, el ingenioso hidalgo ve en todo ello la obra de quien quiere marcar su vida como una cicatriz que le cruzara toda la piel.

Algo ha cambiado sin embargo desde hace tiempo, en concreto desde el épico episodio de los molinos de viento; su enemigo da muestras de haber resultado herido en esa batalla, su ritmo de combate ha disminuído, su técnica se ha tornado más torpe, sus ataques reflejan debilidad.

De este modo Don quijote está seguro de que si consigue camuflarse correctamente entre las frases del paisaje, detrás de símbolos y apariencias, sólo entonces logrará arrebatarle al autor de su locura y sus desdichas la otra, la única mano que aún conserva.

Anodino - Guillermo Ochoa


Ayer me invitaron a comer. No debí aceptar, pero tenía un hambre indiscutible, aunque serena... La necesaria para ensayar la hipocresía, sonreír a los bultos amigables, reprimir mis deseos de estrangular, patear en los testículos o tirarme a llorar en esta interminable sábana de asfalto. Durante la charla con mis benefactores, escuché varias veces que uno de ellos utilizaba palabras del todo incomprensibles para mí. Dijo, por ejemplo, que fulanito había escrito un cuento anodino, sin ambiciones, redundante y algunos otros adjetivos que yo no conozco pero que me imagino desagradables. Yo había leído el cuento al que se referían y me sorprendió escuchar la palabra anodino. No sé qué significa, aunque me imagino que se refiere a algo redundante y sin ambiciones. O quizás no. Sin embargo, la palabra me ha gustado y a partir de este momento la utilizaré con más frecuencia; en este relato mismo, al que me encantaría que alguien llamara así: anodino. Ayer, como dije anteriormente, me invitaron a comer, no debí aceptar, pero soy tan anodino que acepté. Escuché durante largo rato una conversación plagada de anodineces, las cuales soporté debido al respeto que le guardo a las anodinas de jamón, las cuales me sustraen por momentos de estrangular, acuchillar, patearle los anodinos a los miserables, y en fin, soportar que me continúen invitando a comer.

Recuerdos rigurosamente vomitados – Héctor Ranea


En el andén sin vía del eterno retorno, claman por un lugar cerca de la banda de suicidas los filósofos negacionistas, los empiristas simbólicos, los inclasificables. Se dice que el tren arriba en término, aunque esto se viene diciendo desde al menos el comienzo de la eternidad. Pero, se sabe, la eternidad no debería tener inicio, ya que tal evento podría propagar una perturbación que modifique las condiciones de la eternidad hasta tal punto de hacer que el Universo, o bien colapse sobre sí mismo, o bien se cuele hasta el infinito ya sea acelerando o con velocidad constante. En esta instancia podría ser compatible con la eternidad, pero inmedible. El problema, como dijo una amiga poseedora del futuro en esos raros momentos de gracia que deja el alcohol, es que, si existe un ser eterno, para él no debería transcurrir el tiempo o sea que todo es simultáneo en él, lo que es nuestro futuro y lo que es nuestro pasado, y en estas condiciones no estaría disponible para entender el más banal de los problemas ya que para esto es ineludible saber el orden en el que se presentan las etapas. Así, ese ser sería un inútil despojo de materia inaccesible hacia el cual nada puede fluir para tener contacto con él, pues de hacerlo debería estacionarse el tiempo y a partir de esa detención nada es posible. Entonces mi amiga empieza a vomitar recuerdo tras recuerdo, como arrancando las páginas de una enciclopedia que sólo ella conociera. Y así me entero que estuvo enamorada de mí una primavera que no recuerdo y que guarda un poema que le envié cuando estuve enamorado de ella, pero ella vivía con sus esperanzas en otro que ha olvidado. Y así, recuerdo por recuerdo que iba regurgitando primero y después evacuando, procedía para alimentar una vieja amistad que había quedado trunca en una plaza cualquiera, o para darme esperanzas de que mi amor por ella sería recompensado al menos con una sesión de sexo apañada por la duda porque después de todo: ¿qué son dos horas en una amistad que dura tanto?
Ella vomita recuerdo por recuerdo empapada en alcohol y yo en amargura. Las mismas caras que tengo en mi memoria fluyen de su vómito como en una presentación automática para proyectar en los cines de barrio, sólo que mudas. Las mismas autoridades eclesiásticas que nos denunciaron y que tuvimos que evadir con el olvido y el miedo se cristalizan en su vómito inacabable. Al cabo de un rato, contagiado de su manso vómito, lloré todos los recuerdos, uno por uno. Al despertar, afortunadamente, ninguno de los dos recordaba al otro. Nos dijimos: –Adiós, nada ha sido posible entre nosotros. Todo queda en charcos que lentamente irán drenando sus despojos al mar que es el morir.

HOTEL Casino - José Luis Zárate


Todos sabían que era una trampa. Empleados, huéspedes, vecinos. El hotel con sus puertas abiertas, sus habitaciones de lujo, sus precios increíblemente bajos. Se hablaba de gente que entró a sus habitaciones y no salió más. Podía pensarse en asesinos, o ladrones pero nadie lo hacía. Pensaban en el hambre de las habitaciones, en que las camas siempre aparecían manchadas de rojo. Cuando un huésped desaparecía era posible escuchaban ruidos detrás de las paredes, densos y húmedos, como si una savia oscura circulara lentamente, el lugar vibraba en forma casi imperceptible (casi), y las cosas se veían más nuevas, brillantes y felices. Los osados disfrutaban el hotel y escapaban apenas, los empleados reunían un par de salarios y luego buscaban otro sitio, algunos desesperados, desencantados, cansados, tristes llegaban con sus maletas a ofrecerse a lo que fuera que sucedía.
Una noche los empleados encontraron un pasillo que no había estado ahí, otras habitaciones… el lugar crecía. Algunos se imaginaron una cuadra llena de hotel, otros un centro turístico, más de uno imaginó una ciudad hotel lista a recibir a esos huéspedes que no paraban de llegar, a esa gente de mirada gris que respiraban, aliviados, cuando les entregaban su llave.

¡No mentes al...! - Álvaro Valderas


Buscaba la libreta de mi infancia para consultar unos datos que había olvidado y de repente me era necesario recuperar, pero no lograba hallarla por ninguna parte. Miré en el guardalibros y en la alacena de los cuadernos perdidos, en el cajón de los papeles y en la maleta de aquello que nos llevaríamos a una isla desierta, sin éxito. Le pregunté al silencio si la había visto por alguna parte y él no me contestó, pero me dio a entender que tal vez la había echado a quemar en la hoguera del olvido voluntario –en cuyo caso no habría remedio- o quizá la había enviado al infierno en un mal momento de ira (entonces, aún podía bajar a buscarla, si le ponía valor a la empresa). Y en aquel momento necesitaba tanto mis recuerdos que no me importaron los trabajos ni el miedo, cargué a espaldas mi hatillo de pecados para irlo purgando por adelantado y me llegué a la gélida tumba que abre sus túneles a la Estigia, luego las llamas. Al poco, y tras favores y ventas que no relataré, entré en la verdadera cocina del dolor, tras bajar una interminable escalera de piedra siempre húmeda y cubierta de un moho que es trampa resbaladiza para los pies. Sentado en la baranda había un niño, o lo parecía, que lloraba su juguete roto. “¿Quién te hizo esto?”
—Ubi Dubi, rey de los malos.
Un adolescente sin piernas me llamó a su vera, pocos metros más allá, para confesarme:
—No le crea, maestro, eso se lo hizo Oti Doti.
Fueron muchos mi curiosidad y atrevimiento para llegar a preguntarle al frutero quién le había podrido la mercancía o a la pareja quién los había enfrentado, al ganadero quién le enfermaba la vaca y le cortaba la leche. Continué mi indagación, y supe de Umma, de Palomalo que hacía enfadar a los padres y de Achuptuco, el que incita a los profesores a las notas bajas y el castigo, de Oostre que te cambia los números de la lotería y de Sum Sum, el que te riega de mala suerte general, y así de tantos otros, como Virus, el que te sube la fiebre, o Amigdala, el que te inflama la garganta. Supe de Lunallena y el Sereno, y los señores de todas las desgracias, y sobre ellos hablé con el anciano terriblemente viejo que regalaba helados que nadie por allí quería, hacían como si no lo viesen, ensimismados en su desazón. Como ya no podía oír, me alcanzó el taquito de las esquelas mortuorias en que envolvía los cucuruchos y le fui escribiendo en ellas los mensajes –que tardaba una infinitud en lograr leer y más aún en contestar- y por ellos me enteró de que los condenados habían sido engañados tan a conciencia que ya no sabían por quien, hasta el extremo de que cada uno le daba el nombre que buenamente se le ocurría o, quizá, sólo era que sentían gran temor de pronunciarle el verdadero. “No uno de fantasía, sino el real: Él es el Diabol.” Ahh, el Diabol, ¡cuánto comprendí de pronto! No es lo mismo repetir una palabra relacionada con una idea abstracta que tener el referente delante, entrar en él, sentir su fibra.
No recuperé la libreta, aunque sí la libertad, pagando un alto precio. Desde entonces respeto que algunas palabras se mantengan secretas y, algunos entes, inefables. Yo mismo, algunas noches de locura, pierdo hasta la última sílaba de mi nombre.

El abandonador serial - Miguel Dorelo


Lo que en su comienzo había sido algo inconsciente, poco a poco se transformó en aquella deliberada forma de comportamiento que, creía, no iba a poder abandonar jamás.Quizás se tenga que encontrar las razones en las victimas, en parte era su justificación, pero a fuer de ser sinceros, sólo era una excusa para suponerse más inocente de lo que en realidad era. Asumir la propia culpa, siempre le había costado bastante.Analizándolo fríamente, él nunca había sido abandonado; sus primeras y tumultuosas relaciones sentimentales fueron desgastándose y terminaban diluyéndose sin que se pudieran vislumbrar claramente los motivos.En algún momento, algo dentro suyo se rompió; lenta y progresivamente se fue transformando en algo deliberadamente perverso.–No es culpa mía —era su latiguillo favorito, a veces gritado en el rostro de alguna de sus víctimas. Otras veces, cada vez más frecuentemente, estas mismas palabras eran solo susurradas al oído de la que pasaría a engrosar las enfermizas estadísticas de sus abandonos.Era muy metódico. Un archivo que con regularidad cada vez más frecuente, incorporaba nuevos nombres/víctimas, lo ayudaban a “organizar la cosa”. Un largo listado de nombres femeninos que periódicamente debía actualizar.Aunque su comportamiento casi enfermizo era de antigua data, los avances en la comunicación fueron sus grandes aliados al seleccionar a sus presas.Facebook, twitter, las distintas aplicaciones de mensajería instantánea y los comentarios en diversos blogs formaban parte de su coto de caza.—Este si que fue un trabajito de primera —solía vanagloriarse ante la conclusión de un nuevo abandono.El método utilizado, aunque sencillo, solía ser muy sutil; la mayoría de las veces era la propia víctima la que creía firmemente haber conquistado y tener el dominio de la situación.Después todo se deslizaba inexorablemente hacía donde él así lo quería. Quince o veinte días, a veces menos, a veces algunos más, solían ser el tiempo suficiente para el “trabajo de campo”. Mail´s., el chat, mensajitos de texto; le resultaba indiferente el medio, que ella lo designara. Él sabía que su suerte estaba jugada. Jamás en los últimos diez años había fallado. Ni una sola vez.— ¿Cuál fue tu mejor trabajo? —solían preguntarle un par de amigos que conocían su debilidad.—El mejor siempre es el último —era siempre su respuesta.Y no mentía. Aún teniendo a sus favoritos del pasado, la adrenalina que le generaba estar en plena labor lo excitaba como nunca había logrado hacerlo ninguna de sus presas.Pero, este en especial, su olfato de cazador lo intuía, sería un punto alto difícil de superar.—Esta no va a ser fácil —reflexionó. Mejor, se dijo.Desde el vamos supo que era distinta, le estaba llevando más tiempo del normal arrancarle la primer cita.No era una jovencita, más bien cerca de los cuarenta. Estás nunca le habían dado mucho trabajo, por lo general si no estaban divorciadas y con ganas de compensar años de rutina matrimonial, eran amas de casa casadas y con ganas de probar suerte y carne, con otro que no fuera el de todos los santos días. Casi lo mismo, en realidad. Ambas tenían sus ventajas y sus desventajas. La divorciada por lo general solía estar un poco más a la defensiva luego de los primeros tiempos de desenfreno sexual en que solían incurrir en los primeros seis meses de separadas. Luego, se apaciguaban y se volvían desconfiadas de los hombres en general. Toda separación conlleva un fracaso y la mujer tarde o temprano suele recargar las culpas sobre el hombre. —Son todos iguales —concluyen siempre.La casada tiene menos rollos; sabe que su compañero ocasional es solo eso; a pasarla bien un par de horas un par de días a la semana y a otra cosa. De vuelta a casa con el maridito.Esta, pertenecía al primer grupo; el más complicado.Bastante bonita y todo lo inteligente que es conveniente en una mujer.En el chat era, o parecía, algo tímida.—Zorra vieja —la semblanteó rápidamente. Esta es peligrosa.A veces lo celaba; —debés tener otras en el Facebook —le decía. —Sos libre de hacer lo que quieras, después de todo entre nosotros todo es solo virtual —acotaba en otra de sus charlas.Él, con su fino olfato, se adaptaba rápidamente y tejía su tela de araña pacientemente.Cuarenta y cinco días. Ninguna le había llevado tanto tiempo.Por fin la primer cita. —Y la última —se dijo. —No voy a alargar su agonía; abandono precoz será esta vez. Bastante ya abusó de mi tiempo.La alarma en su cabeza comenzó a sonar solo media hora después de encontrarse con ella. Era más linda que en las fotos. Su sonrisa, su pelo, su mirada. — ¡Alerta! Algo no anda bien —pensó.Con el primer beso, el depredador bajó la guardia por completo.Un par de horas después, la conversión fue completa; jamás se había sentido así.Ella se levantó de la cama —Ya vengo —dijo con voz dulce. —es solo un segundo, no me extrañes.Se dirigió a la cocina, había dejado allí su notebook. Abrió el Word y con una sonrisa de oreja a oreja, comenzó a teclear el nombre de él al final de una larga lista.
Flickr de and_within...

El espejo – Héctor Ranea


El viejo paseaba con la niña rubia en un bote. Mientras remaba, le contaba historias bastante extrañas a la nena. Le hablaba de reinos atrás de los espejos, de huevos parlantes, de conejos relojeros, de gatos evanescentes y otras cosas así. Mientras, la niña parecía languidecer tocando apenas la superficie del agua, levantando una levísima onda que viajaba con ella como una salpicadura intermitente y parecía no escucharlo. Yo los veía todos los días desde mi jardín, que bajaba hasta el canal y me divertía pensando que estaría contando cosas extraordinarias a la niña, porque lo conocía al viejo de sus clases de teología lógica en la Universidad. Y había sido también quien me enseñara a leer, no a leer las cosas para chiquilines, sino a entender los problemas que ahora abordaba como matemático.
El viejo y la niña viajaban todos los días cuando la hora mejor dibujaba los contornos de las hojas en los árboles y daba más brillo a las azucenas en verano, los junquillos en primavera, los árboles con frutas en otoño.
Pero una tarde de verano, casi cuando el Sol estaba por desaparecer, vi el bote navegando casi al garete y me alarmé. Salté al mío y fui hasta ahí, para encontrar al viejo tomando aire y sumergiéndose con afán en las aguas oscuras del canal.
La niña rubia, contó él después a la policía, viendo que los espejos no podían ser atravesados, pero notando que el agua del canal era un espejo, se arrojó luego de explicar al viejo que lo haría pero sin darle tiempo a reaccionar. En el cadáver que encontraron dos días después. Extrañamente, la niña sostenía un reloj de cadena que nadie en la ciudad reconoció como suyo. Alicia, se llamaba, creo, esa niña.
Flickr de alibaba0

La última cena - Leandro Javier Oyola


Hay un sentido filosófico en mi triste frase, el que no repetiré porque ya lo he olvidado: todo hombre en algún momento desea ser feliz. Los más ambiciosos no se conforman con la felicidad personal: quieren hacer felices a los demás. Y algunos lo intentan. Explicaré mi caso.
Una noche, luego del restaurante, observé a Triny como se mecía bajo la lluvia, sobre el césped que brillaba solitario bajo las luces del Parque Centenario. La luna llena había quedado disminuida ante ese paraíso artificial creado por el neón. Entonces capté el sentido. La lluvia devenía, y ese devenir de diminutas gotas que cuando pasaba por el haz concéntrico de las luces parecía entrar en otra dimensión fue, para mí, en ese instante autoaniquilado, la metáfora más fuerte del olvido.
Yo estaba sentado y Triny se mecía.
La lluvia, que se repetía contra el reflejo del neón me hizo pensar en la forma de vida no-histórica que propugnaba Nietzsche.
Al rato, cuando llegamos al departamento busqué en la biblioteca Las Consideraciones Intempestivas y transcribí en mi cuaderno:

“Tanto las grandes dichas como las pequeñas, son siempre creadas por una cosa: el poder de olvidar. El que no sabe dormirse en el dintel del momento, olvidando todo el pasado; el que no sabe erguirse como el genio de la victoria, sin vértigo y sin miedo, no sabrá nunca lo que es la felicidad y, lo que es peor, no hará nunca nada que pueda hacer felices a los demás”.

Subrayé: Dormirse para siempre en el dintel del momento, olvidando todo el pasado.
Sentí cierta convicción épica.
Ahora sigo leyendo Las consideraciones.
Luego recorto un nuevo párrafo:

“Imaginemos el ejemplo más completo: un hombre que estuviera absolutamente desprovisto de la facultad de olvidar y que estuviera condenado a ver en todas las cosas el devenir, tal hombre no creería ni en su propio ser, no creería en si mismo. Vería todas las cosas agitándose en una serie de puntos movedizos, se perdería en este mal del devenir”.

Interpreté. El Señor Nietzche, a esa inacción la llama el poder de olvidar. Para él, sentir esos “puntos movedizos” era sin dudas una enfermedad: el mal del devenir.

Sigo copiando:

“Un hombre que pretendiera no sentir más que de una manera puramente histórica se parecería a alguien a quien se obligase a no dormir, o bien a un animal que se viese condenado a rumiar siempre los mismos alimentos. Es posible, pues, vivir casi sin recuerdos, y hasta vivir feliz, a semejanza del animal; pero es absolutamente imposible vivir sin olvidar. Toda acción exige el olvido, como todo organismo tiene necesidad, no sólo de la luz, sino también de la oscuridad”.

De manera súbita, en mi mundo, olvidar era posible. Olvidar era matar. Y como si un ser anónimo me hubiera indicado qué pensar brotó esta frase de mi cerebro: no hay que olvidar si no se conjuga antes esa inacción con la venganza de la sangre.
Luego de realizar esas anotaciones sentí que debía olvidar a Triny. Para siempre. Consideré que esa sería una forma matemática de conseguir la felicidad, aunque no me conformaba con ser feliz sin compartir ese estado tan personal de mi espíritu. También quería que ella fuera dichosa.
Desarrollé durante algunos minutos mi argumentación; ella me miraba incrédula, cité a Nietzsche para reforzar mi pensamiento. Para demostrarle que yo estaba encausado en “una lógica”. Pero luego de explicarle mi revelación se enfureció. Me sentí causa de su ira. Al rato huyó despavorida de mi departamento.
Fui feliz, en el sentido alemán del término.
Concluí: Una mujer se niega a ser olvidada y Triny no era la excepción al “mal del devenir”. Por eso prefirió el insomnio, el sentido histórico. Nunca más la vi. Fue mi última cena con ella. Al otro día viajé a Viedma, en donde seguí recopilando datos sueltos de la historia de mis ancestros.
A esa altura de mi peripecia yo ya estaba al tanto de que toda historia está provista de la facultad de ser olvidada.

Alicia en el camino del fin del mundo - José Luis Vasconcelos


El paisaje es gris; un camino largo que parece llevar al fin del mundo. La joven rubia avanza sobre una bicicleta. De su cabeza caen recuerdos, algunos innecesarios. Los recuerdos, al caer, estallan como huevos sobre la sartén. La chica es Alicia. Voltea y se despide con una sonrisa de los fragmentos de pasado que chisporrotean sobre el pavimento. Se detiene. Baja de la bicicleta y la acomoda sobre un pedazo de presente. Luego se aproxima para ver cómo hierven esos despojos de tiempo.
Mira con detenimiento, una tranquilidad dibuja la sonrisa en su rostro. Sus cabellos sostienen el cielo para que las langostas de rizos azules tengan un sitio para crecer. De sus ojos brotan naipes que se hunden en las costillas de los arbustos. Un conejo locuaz la saluda desde un ramo de nubes.
Alicia regresa al lugar donde dejó la bicicleta y sube a ella. Continúa su marcha por ese camino tan largo que parece conducir al fin del mundo.
Ahora todo queda en silencio como si el mundo fuera un ajo.
El felino despierta. Ve el cuerpo de una joven sobre el sofá; más allá la cabeza con los ojos muy abiertos y azules; los cabellos rubios son ríos de lava amarilla sobre la isla rojiza, brillante. El Gato de Yorkshire ronronea y desaparece; luego se materializa, se acomoda sobre la ventana y continúa soñando.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

Señor de los milagros – Carmen Carrillo


Todavía recuerdo la tarde en que me hizo el milagro. Lo traían en andas desde el templo y la gente se amontonaba para tocarlo.
– Lo que es hoy, Cirila, yo me voy de rodillas detrás de la procesión ‘pa que el Señor nos haga el milagro – me dijo Gregorio.
– ¿Y si se entera el pastor de que adoramos imágenes? – le contesté.
– ¡Qué me importa el pastor! Si nos llega un hijo, volvemos a ser católicos – replicó.
En eso escuchamos los tamborazos y salimos. Gregorio se arrodilló al paso del Cristo. Yo rogué en silencio, imaginando el momento de decirle a mi esposo que el milagro estaba hecho y que debíamos cumplir lo prometido. Tres semanas después, cuando nos vio entrar a la iglesia para dar gracias, el pastor se puso muy mal. Empezó a temblar y luego cayó preso de terribles convulsiones. Lo cargaron hasta la parroquia. Después de que el padre lo roció con abundante agua bendita, haciendo caso omiso al frío de la mañana, el pastor reaccionó.
Abrió los ojos y me miró con odio. Cuando pensé que finalmente iba a decir algo, para suerte mía llegó su mujer, que lo sacó de inmediato del lugar. Salió del templo dejando un rastro acuoso, como un caracol que esparce un rastro de baba.
Cuando los perdí de vista me volvió el alma al cuerpo. Mis amigas se acercaron para felicitarnos no sólo por la criatura, sino por volver al rebaño. Fue un día muy feliz, excepto por la amenaza de que el pastor, deseoso de defender su doctrina, se atreviera a gritarle al pueblo que la imagen no era milagrosa, que todo era un teatro. Pasé cinco días de angustia, hasta que la hermana Tere vino a casa y me contó la noticia. El pastor se había muerto. Al parecer estaba a punto de enfermar aquella mañana y el agua bendita había terminado de hacer el trabajo. Enfermó de neumonía y como se había rehusado a comer se había debilitado mucho. Al parecer estaba empeñado en ayunar para que Gregorio y yo volviéramos al buen camino.
Durante aquellos días me había repetido muchas veces que el pastor no diría nada, porque ¿cómo iba a decirle al pueblo que el milagro que llevaba yo en el vientre me lo había hecho él y no el Cristo? No es que yo le deseara la muerte, pero en esta vida nada es seguro. Me tranquilizaba más saber que pronto estaría tres metros bajo tierra. Desde ese día pienso que sí, que no me cabe duda de que Dios hace milagros.

Saltar – Alex Jamieson


Vio que el tren se acercaba y saltó a las vías. Siempre había tenido miedo de que alguien la empujara adrede o de caerse involuntariamente. O voluntariamente. Ese día se había levantado especialmente enérgica y escéptica al mismo tiempo pero con ganas de experimentar sensaciones nuevas. Le daba miedo pensar que un día tendría el temple de dar ese salto que tanto la atraía. Cuando viajaba en tren, le molestaba detenerse durante horas sólo algunas estaciones después de haber subido porque alguien había logrado lo que ella no. ¿Cómo lo habría hecho? ¿Tomando impulso y carrera? ¿Blandamente, desmoronándose por el borde? Como si nada, un saltito de nada. Ver que viene el tren y saltar. Dura un segundo y está en el foso rodeada de papeles, botellas plásticas, metal. Llega a ver también el asombro de dos pasajeros cuando deja apoyados el bolso del gimnasio y la cartera en el andén, como si fuera a volver pronto para buscarlos. Vio que el tren se acercaba.

El cubo – Sergio Gaut vel Hartman


Estoy prisionero. La habitación, un cubo perfecto, está sumida en la más profunda oscuridad. No recuerdo cómo llegué hasta este lugar y nada sé de mis captores. Lo único evidente es que el cubo no tiene paredes, ni techo ni piso; sólo hay puertas, treinta y seis puertas en cada cara del cubo. Doscientas dieciséis puertas y una llave. Una de las doscientas dieciséis puertas puede (debe) ser abierta por esa llave, pero no tengo la menor idea de cuál de ellas, y tampoco sé qué ocurrirá cuando la abra. ¿Caeré al vacío y flotaré para siempre en el espacio? ¿Iré a parar a otro cubo idéntico? ¿Desembocaré en un pasillo que lleva a la salida? Hace horas (digo "horas" por usar una unidad de tiempo convencional; no sé cuánto hace que estoy en esta habitación) que reflexiono, tomo una decisión, la descarto y vuelvo a empezar. Tal vez la llave sea una burla cruel y sirva para abrir cualquier puerta pero, al mismo tiempo, es posible que cualquier puerta sea mi perdición, una trampa mortal. Uso el cerebro para imaginar una salida alternativa y se me ocurre algo que podría resultar fructífero: no usaré la llave. Pienso que, una vez más, voy a la casa de Margarita, la mujer que me cerró la puerta en las narices. Fui cientos de veces (doscientas quince veces), a la casa de Margarita y todas esas veces besé la cerradura. O sea que esto es una metáfora, me digo. O sea que cualquiera de estas puertas es la número doscientos dieciséis. Bien: asumo el riesgo. Arrojo la llave por encima de mi hombro y acerco los nudillos a la madera, dispuesto a besar la cerradura una vez más. Cierro los ojos, pero antes de que el golpe se haga efectivo, la puerta se abre chirriando, y antes de que me atreva a abrirlos, los labios de Margarita se posan en los míos.

Generaciones - Javier López


En casa hay problemas por falta de entendimiento. Mis hijos y yo somos de generaciones diferentes. Quizás, para que se entienda bien, he de explicar el origen de cada uno de nosotros.
A mí me generaron por arte de magia. Mi padre era ilusionista, y echó a mi madre unos polvos mágicos, de los cuáles nací. Eso me contaron.
Nuestro hijo fue generado digitalmente. Por eso, desde pequeño, ha vivido aislado entre videoconsolas, pecés y teléfonos móviles. Tantos elementos de comunicación, y sin embargo con la familia no habla nunca.
Y mi hija nació por generación espontánea. Al menos eso dice mi mujer, pues ella no estaba embarazada cuando fui a Ruanda en misión humanitaria, para alimentar a unos chiquillos famélicos con viejos conejos sacados de la chistera de mi padre. Y cuando volví me encontré con el regalo metido en una cuna.
La comunicación en casa es mala. Porque, para colmo, mi mujer es coreana, y todavía no ha aprendido a decir ni una palabra en nuestra lengua. Más bien, yo diría que no la aprenderá nunca. Afortunadamente es pequeña y no ocupa mucho espacio. Pero por lo demás, todo son inconvenientes. Es incapaz de mediar en el conflicto entre nuestros hijos y yo.
Hoy nuestra falta de entendimiento parece haber llegado a un punto sin retorno. Estábamos en la mesa y le pedí a mi hijo que me acercara la sal:
—01000100 —respondió binariamente, haciendo caso omiso y sin mirarme a la cara.
—Mitosis, meiosis, gónadas —intervino mi hija, tan espontánea como siempre.
—Ming —apostilló mi mujer, sin que yo entendiera nada.
—Abracadabra —sentencié, y salí dando un portazo del comedor.
Ya no tengo dudas. En casa existe un grave problema generacional. Mi familia y yo jamás podremos entendernos.

Travesti – Héctor Ranea


Notamos que algo andaba bastante mal ni bien bajamos del tren. Yo esperaba que mi mujer volviera de comprar agua, pues teníamos sed, cuando vi a ese hombrón vestido de mujer, con peluca de muñeco de plástico desarmable, pelos por todos lados, piernas, sobacos, barba de dos días, anteojos modelo 1958 y falda transparente con visillo.
Eso no fue nada.
La máquina que expendía el agua, según comentó azorada mi mujer, comenzó a pasar un tango, cosa que en medio del Friuli era a todas luces una descomunal falta de criterio. Mientras esto me contaba, el perro lazarillo empezó a bailar el tango con su dueño, con tacos altos y todo y la moneda fue devuelta, claro, pero sin habernos dado el agua.
Si todo hubiera terminado ahí vaya y pase, pero no; era evidente que los graznidos de cuervo provenían de unos pájaros iguales a palomas desde lejos y que el guarda del tren regalaba a los niños globos inflados dándole forma de perros y salamines.
Nos fuimos del pueblo en el primer tren que partía hacia nuestro destino y nos llevamos una congoja con nosotros que sólo se resolvió cuando vimos la ciudad desde lo alto, entendiendo que habíamos sido abducidos por un globo aerostático travestido. Por cierto, teníamos mucha, mucha sed. Eso sí, nos devolvieron el importe del pasaje y llegamos antes de lo previsto.

La trampa - Nanim Rekacz


―¡Ladran! ―me gritó― ¡Corramos! ¡son los perros!

Sí, sé que son los perros, los perros de la guerra, los demoníacos mastines que devoran entrañas, preferentemente corazones. Hambrientos de amor jamás recibido, desesperados de espanto, entrenados para matar al llamado “enemigo”, ese que late y siente y ama es la presa predilecta. Han sido crueles y perversos sus instructores...

―¿Qué guerra es ésta? ―me pregunta mientras huímos, mientras las espinas nos arrancan trozos de ropa, nos arañan los rostros, nos despellejan las manos. Me pregunta mientras dejamos un rastro de sangre y de sudor pegado en las ramas, goteando en los setos.

Podría ser la guerra del cerdo, pienso, pero sé que es la guerra del humano cuya calavera va siendo devorada por los gusanos y las moscas, que deja sus señales de muerte en los estratos de la historia. La tierra ha aumentado su tamaño, pienso, mientras sigo corriendo. Capa tras capa de cadáveres han fertilizado y creado promontorios, rellenado huecos, engrosado la trama de la memoria de los que recuerdan.

Ojalá fuera la guerra del cerdo y estuviéramos perdidos, naufragados, extraviados, olvidados... Ojalá fuéramos niños otra vez...

Tengo hambre. Tenemos hambre. Tengo sed. Ella también tiene sed. Nos detenemos a la orilla de un arroyo, los ladridos de los perros se ha interrumpido.

―¿Se callaron los perros o dejamos de oírlos? ―esta vez pregunto yo. Veo su boca modular una respuesta que no percibo. Sin embargo los pájaros cantan y me pregunto en silencio si serán los pájaros que cantan hasta morir, si seremos pájaros, si podremos cantar, si podremos morir en esta tarde de perros y cerdos.

Sumerjo mi cabeza en el agua helada y un remolino sanguinolento se entremezcla con la corriente. Siento millones de agujas atravesándome, incrustándose en mi cuerpo, se meten en mis arterias y punzan mi corazón. Te pienso, te pienso desnuda y agitada, te escucho gritar y tu grito es prehistórico y es eterno, sé que estoy salvo adentro de tu útero, que somos hacedores de cataclismos, que tus senos crecen como cordilleras nuevas y tu vientre se hunde para aplastarme y me extraes todo, el dolor, los recuerdos, las nostalgias, los miedos, te absorbes mis jugos venenosos y me dejas exhausto, papel de seda, transparente...

Te miro, surcada de heridas, la ropa hecha jirones, dejando a la vista esa epidermis que he amado tanto. No puedo entregarte a la jauría, no puedo permitir que te devoren los perros, no puedo dejar que me maten para siempre y no poder nunca más morirme brevemente entre tus piernas. No quiero que siembren nuestras calaveras, mirar con mis órbitas vacías tus órbitas vacías, no quiero cuestionarme si ser o no ser, sé que quiero ser.

―No te amo ―le escupo las palabras― y nunca te amé, sólo te usé.

Ella llora sangre, es una hembra pero es una mujer. Le digo cosas horribles. La insulto. La bastardeo. La menosprecio. Con tanta convicción me expreso que hasta yo mismo me convenzo y me lo creo.

Es la única manera de evitar la mordida de los perros.

Cuando llegan, ambos estamos sentados evitándonos los ojos, callados.

Los perros se acercan, se arremolinan indecisos, nos huelen. Un mastín bestial aprieta su hocico húmedo contra mi pecho. Ha de ser el macho alfa, pienso. Me pregunto qué sentirá ella, si habré logrado que deje de amarme, al menos el tiempo suficiente para engañar a los perros. Me concentro en que no me importe, en ser indiferente, en imaginarla repulsiva y extraña, incapaz de satisfacerme, me hago autoinmune a su presencia. El perro jefe ahora la olisquea a ella, mete su trompa entre sus senos buscando el latido que delata.

No halla nada... creo que lo he conseguido. ¡Sí! Aúlla a su manada y se retiran, desaparecen en el bosque.

Me pregunto si ella habrá comprendido la trampa que nos ha salvado y volverá a amarme.

Me pregunto... si no vuelve a amarme... ¿tendrá sentido estar vivo?

Me pregunto, y la posible respuesta que no había pensado antes me aterra, si el objetivo de la guerra no era matarnos, sino que desaparezca el amor...

Mudanza - Joaquín Torres


Apenas puedo soportar ya a mis vecinos. El de la izquierda, un muchacho joven y altanero, suele cometer los excesos propios de la gente de su edad. A menudo, dejándose llevar por su vena más contestaria, blasfema a voz en grito y dedica feroces insultos a quienes cometen la torpeza de prestarle atención. El hombre y la mujer de la derecha, por su parte, pasan las jornadas enzarzados en discusiones interminables, cuestionando primero la idea de estar juntos, reconciliándose después y volviendo a reñir al poco rato. En ocasiones, cuando creo que sus mutuos reproches están a punto de colmar mi paciencia, golpeo la estrecha pared que nos separa, pero rara vez se dan por aludidos y guardan silencio. Lo peor de todo es que con el habitual jaleo las visitas nunca desean permanecer demasiado tiempo a mi lado. Afortunadamente, la situación está a punto de cambiar. Pronto la tranquilidad y el sosiego volverán a presidir mi descanso. El crudo invierno ha dañado de forma irreparable mi morada y en pocos días tendrán que trasladarme a una nueva ubicación, lejos de aquí, en el extremo opuesto del cementerio.

Almuerzo - Olga Liliana Reinoso


Olegario ha sido trasplantado a ese sepulcro ventoso por una mujer a la que nunca quiso. Él, porteño de ley, tanguero de tiempo completo, cayó en esta prisión de mentes provincianas.
Sin embargo, sus hijos son un buen motivo para paliar la soledad, que en esas honduras muerde mucho más.
Pero esa mujer lo saca de quicio.
Muchas veces tiene ganas de ahorcarla. Sobre todo cuando llega cargado del supermercado y se encuentra con que ella y los chicos ya comieron: “No te íbamos a esperar, si nunca sabemos lo que vas a hacer.”
La sangre le sube colérica a Olegario. Se le van las manos. Entonces, entra en la cocina y hace un bife a la plancha. Lo come con bronca, masticándola a ella, para que de una vez por todas desaparezca y se vaya por el inodoro, rumbo a las cloacas, hacia “el nunca más.”

Miedo - Jorge Ariel Madrazo


Era el fin. La hora cúspide de la semana más cruel de su vida.
Fulminado por el virus desconocido.
Tras horadarlo como vitriolo, la fiebre era reina y señora de sus facultades. Los temblores agitaban el cuerpito consumido, empapado en sus miasmas. Por ruego suyo lo rodeaban sus últimas amantes: Eulalia le administraba esos tecitos de arándano, Silvia le ponía las ventosas del doctor Fucus, Lucía corría con la parte más complicada: hacerle ingerir, por un embudo, la pizza a la calabresa pasada por un rayador. Ah, y el anís Chinchón, infaltable. De a cucharadas, claro.
Temblaba como un pollito, gritaba de miedo. Oprimía las mano de alguna de sus bellas cuando la Implacable se agigantaba llenando de sombras la habitación. La ronda de esqueletos danzaba en la pared, Una Forma Blanca lo espiaba desde los pies de la cama: “Basta de farra, andá abriendo la boca que debo extraerte el alma”.
Todo muy bizarro, ya se ve.
Lo más terrible no fue nada de eso. Lo terrible fue cuando el amigo, el pánfilo de la barra, interrumpió su agonía con la peor noticia imaginable:
—Perdoná, Negro, pero llegó la factura del gas.

Un abrigo - José Luis Vasconcelos

El taxi avanza con paso de bestia recién alimentada. Más atrás, un convertible rojo se aproxima. El auto de alquiler entra a una callejuela. El otro vehículo sigue en línea recta y dobla a la izquierda dos calles más adelante; luego se detiene. Alguien abre la portezuela del convertible y lanza sobre el pavimento el cuerpo desmadejado de una mujer pelirroja envuelta en un abrigo.
Cuando el taxi sale de la callejuela, gira hacia la derecha; luego continúa dos cuadras y tuerce a la izquierda. Una hembra de cabellos colorados y muy abrigada hace una señal para que se detenga.
Calles adelante el conductor observa por el espejo retrovisor. No hay nadie en el asiento trasero, excepto la prenda que cubría a su pasajera.
El ruletero que levantó a la pelirroja tiembla de terror en el psiquiátrico.
Un amante llora. Recuerda cómo enterró una y otra vez el puñal holandés en el cráneo de su pareja infiel. Sonríe tristemente porque su orgullo fue lavado con sangre.
La del cabello rojo dibuja su propia muerte frente al espejo. Después se vuelve tigre y roe sueños en el interior de una jaula húmeda y fría.
Días después llaman a la puerta de la casa del amante asesino. Un mensajero de rostro cadavérico le entrega en propia mano el abrigo atigrado, recién salido de la tintorería.
La hoja amarillenta donde leí esa vieja historia rueda ahora por la calle, busca la protección de un poste.

Tomado de: http://rojanota.blogspot.com/

No es fácil formar pareja - Miguel Dorelo

No está bien mezclar las cuestiones personales con lo literario —se dijo inclinado sobre el teclado.Se concentró en lo que estaba escribiendo. El esbozo de un informe que le habían pedido para una nueva enciclopedia temática. Ya tenía el título: “Los animales hacen cada cosa”. Y también el subtítulo “Por algo son irracionales y no como nosotros”.—Vamos que vos podés —se alentó.“La Mantis Religiosa, en época de apareamiento, emite feromonas para atraer al macho.Y comenzó a recordarla; amor a primera vista fue aquello, su dulzura del comienzo y aquellos momentos de paz y sano esparcimiento en las visitas casi a diario al Ital Park. Durante o después de la unión…Ah, el amor y sobre todo el sexo con amor, su timidez extrema en el primer encuentro entre las sábanas y su ardiente y desbordada pasión en las que siguieron. “Para entrar en el cielo no es preciso morir” cuanta verdad en la voz de Ana Belén… suele ponerse muy agresiva…las primeras y malditas peleas, por cuestiones nimias y desgastando poco a poco la relación… y generalmente termina por devorar al macho, empezando por la cabeza”.Si, si maldita hembra: son todas iguales estas hijas de puta. Maldito sea el día que la conocí.Ya no pudo seguir; eran demasiadas coincidencias.—No hay nada que hacerle —reflexionó—, siempre voy a ser un escritor amateur; no encuentro la forma de no mezclar las cosas. ¡Malditas mujeres!

http://lacuentoteca.blogspot.com/

Sueños - Milenko Zupanovic

—Despierta, querido, ¡Es sólo una pesadilla! —le decía su esposa.
—¡Oh, el mismo sueño todas las noches! —contestó Mario.
Al día siguiente fue al psiquiatra.
—Por favor, doctor, ayúdeme.
—Por supuesto —le respondió el psiquiatra—; tome estos comprimidos.
—Gracias. Tengo ese sueño, pero mi padre está bien, usted lo sabe. Soñé que lo mataba… —dijo Mario— …cuando yo era pequeño, mi padre mató a mi madre. Adiós, doctor.
Cuando terminó la terapia, fue a buscar su padre… y lo mató.
—Hijo, despierta, tienes esa pesadilla —le decía la madre a Mario.
—¡Oh, mami!, ¿Dónde está papá?
—Pronto llegará —le contestó su madre.
Mientras su madre limpiaba la casa, Mario jugaba con una pelota. En un pequeño ángulo de la vivienda el chico encontró el revólver del padre y se puso a jugar con el arma. Desafortunadamente, con ese revólver, mató a su madre.
—Mami, mami, despiértate, por favor —decía Mario. Pero su madre estaba muerta.
—Despiértate, hijo, siempre las mismas pesadillas —le estaba diciendo la madre a Mario.
—Oh, mamá, ¡Estás viva!
En ese momento su padre entró a la casa y mató a su esposa.
—Mami, mami, despierta —decía Mario.
Pero su madre estaba muerta.

Traducción del inglés: María del Pilar Jorge

Enseñanzas - Giselle Aronson & Rafael Vázquez Suárez

El maestro y el aprendiz pasean por un camino estrecho de piedra que discurre solitario entre un lago y una montaña. Ha empezado a oscurecer y los últimos rayos de luz aún liban placidamente flores y hojas. Ambos han estado todo el día escudriñando la naturaleza de los cielos estelares.
El preceptor, dispuesto a comprobar qué ha aprendido el discípulo de la reflexiva jornada, mira el claro reflejo en el agua y desafía con sus palabras:
—Zambúllete y habrás llegado a la luna.
El alumno no entiende bien. Sabe perfectamente que nadie, menos él, puede capturar un reflejo, que el cuerpo real permanece inalcanzable a millones de kilómetros. También sabe que el profesor nunca dice nada en vano, que cada una de sus palabras esconde una enseñanza.
Como el anciano insiste en su petición, al joven no se le ocurre otra cosa que escalar a tientas un chopo cercano que hunde sus raíces en la orilla y, encaramado a una gruesa rama paralela al lago, estira el brazo en dirección al agua. Ayudado por el mentor busca en el líquido elemento alguna sensación que le permita encontrar la luna misma. Extiende el dedo índice y toca, por fin, el astro.
Sin comprender del todo, el aprendiz se siente dichoso. Baja del árbol y avanza hacia el maestro, mientras le describe casi sin respiración el tacto de la luz, los cráteres, las sombras que ha percibido con total claridad. Todo, solo con palpar el reflejo frío y mojado.
—Existen infinitas maneras de llegar a algunos objetivos, es bueno que te permitas descubrirlo.
El anciano escucha atentamente con los ojos distantes, en alturas lejanas y familiares. Una rana croa cerca, las sombras han ido cubriendo todo con sus sutiles telas y una brisa refresca el aire. Comienzan a subir la cuesta que conduce al monasterio. El alumno, también con ojos distantes, pliega su bastón blanco y se apoya en el brazo de su maestro.

A las que me rechazaron - Magnus Dagon


Hasta ahora, mi vida sentimental ha sido completamente estéril. Los rechazos se han encadenado de manera completamente continuada y sin sucesión. Me he pasado la vida entera buscando, no, suplicando encontrar con verdadera desesperación a alguien que me quiera y a quien querer. Ha habido muchas chicas que me han rehuido y a las que caía bien. Ellas no deseaban hacerme daño, el más mínimo. Y ahora comprendo algo por fin, algo crucial para entender por qué el odio puede estar envenenándome por dentro a pesar de que ninguna deseó para mí ese destino.
Ellas sólo han visionado un capítulo de la historia, pero no la película al completo. No han contemplado mi caso desde mis ojos. No han visto lo que yo he visto, cómo nadie deseaba estar conmigo, darme una oportunidad. Muchas de ellas, si no todas, pensaban, y algunas me lo llegaron a decir, que acabaría encontrando a una chica para mí. Pero ninguna hace realidad esa autocomplaciente profecía. Ninguna piensa 'esa chica podría ser yo'. De ese modo se retiran, tranquilas, contribuyendo con una miguita más a alimentar el monstruoso rencor que ya soy incapaz de contener.
Y por eso, ahora digo: me habéis creado. Yo no era así. Habéis engendrado a este ser solitario y taciturno, que bulle de pensamientos tan negros que todas sin excepción os horrorizaríais, pensando que me he vuelto maligno, sucio, despiadado. Pero me gustaría que estuvierais en mi lugar. Me gustaría que vierais el fracaso pasar ante vuestros ojos, el rechazo prolongado, tan prolongado que llegarais a pensar, como llegué a pensar yo, que no debéis ser humanas, pues hay algo anómalo en vosotras si es que nadie desea compartir con vosotras su amor. Que sintierais, como siento ahora, que más que escribir estas palabras las estáis escupiendo, siseando, vertiendo como ácido corrosivo que destruye las mentes.
Sentidlo. Porque soy vuestra obra, y en vuestro rechazo está la semilla que me creó. Una semilla que fue muy bien cuidada durante todo este tiempo. Cada gesto incómodo, cada 'no' rotundo, cada respuesta nunca obtenida, la hicieron grande y fuerte. Admiradla, porque eso es lo que me habéis dado. Ninguna quiso hacerlo, pero entre todas lo conseguisteis. Enhorabuena, deberíais felicitaros. No todos los días nacen aberraciones como yo, ni en los más osados experimentos para crear hombres sin alma. Y deseo daros las gracias.
Porque ahora soy libre. Ahora no os necesito. Ese impulso ya no se alberga en mi interior. Ya no deseo a nadie a mi lado. Eso es un error, ¿o no? Sí, claro que lo es. Es supervivencia. Evolución, adaptación. Es a lo que he renunciado para poder seguir con vida. Pero ahora estoy vivo. Mutilado, por supuesto. Cercenado emocional y sexualmente. Pero vivo. Más vivo que nunca, más sincero de lo que seré jamás. No sólo con vosotras, conmigo mismo también.
Deberíais probarlo, en serio. Renegar de todo. Es algo liberador. Al fin y al cabo te has pasado la vida entera luchando contra impulsos como ese. Pero no soy idiota. No haré nada horrible, en absoluto. No voy a dar a nadie la oportunidad de pensar que soy un desequilibrado que ha cometido horrendos crímenes. El crimen lo cometieron conmigo. Soy una víctima. Y no me voy a tomar la justicia por mi mano, porque eso restaría toda credibilidad a estas palabras.
Leedlas bien, porque me habéis ayudado a escribirlas. Son tan mías como vuestras. Las habéis depositado en mí, como un regalo. Tal vez el único regalo que me habéis otorgado.
Ahora os las devuelvo. Ya no las necesito.
¿Os parecen duras? Lo comprendo. Es algo nuevo para vosotras. Pero haced un esfuerzo, por un momento. Pensad en la sensación que os están provocando. Ahora pensad en decenas de años, y asociad a esa sensación, de manera consciente, el momento en el que os hayáis sentido más solas en vuestra vida.
Bienvenidas a mi mundo.

Nueva defenestración - Héctor Ranea